sábado, octubre 15, 2011

Andrea

"... y es que no importa que digan que está trillado

hablar de amor, que maldigan

si no han probado la noche

en sus brazos de sol ..."

Alejandro Filio ("Brazos de Sol")

Ahora que el tiempo ha pasado, más de muchos años, pienso, evoco, recuerdo. El Alzheimer sigue sin sembrar totalmente su semilla en mi. Recuerdo cómo fue ese primero de mayo en la Feria de San Marcos. Recuerdo.

Recuerdo que ella iba vestida de noche: pantalón negro, sueter negro alto, cabello al viento. Labios rojísimos y sonrisa perversa. Recuerdo nuestra breve conversación y su "ya me voy". Mi número anotado en un papelito. Ella sonrió -como por protocolo- y sólo le faltó decir: "nosotros te llamamos"

Luego, doce días después (cómo olvidar ese 13 de mayo), la llamada, la delicia de su voz, el "te invito a café" y su "mejor invítame una chela". La risa -su risa como milagro. El beso, el primero, mis manos por su rostro, la vida misma encerrada en el unosetenta infernalmente hermoso.

Recuerdo. Claro que recuerdo. Las noche de bohemia: cantando, suspirando, platicando, comparándonos, cotejándonos, queriéndonos, llorándonos mutuamente solos. Recuerdo. Recuerdo amanecer los sábados e ir al desayuno -como náufragos- a cualquier restaurant, ella diciéndome "marido" y yo tratándola de "esposa" (esas cosas que la gente no entiende y todos se toman en serio), mientras los realmente interesados saben que no son ni marido ni esposa (ah! pero cómo quisieran serlo)

Ella tan divertida para saber que nuestro noviazgo duraba medio día. Yo tan solemne que entendía que ese juego no duraba más de una partida. Recuerdo. Claro que recuerdo. Recuerdo su piel delicada y dulce. Recuerdo sus labios, sus mejillas, su cabello. Recuerdo. Claro que recuerdo!

Por eso ahora que la veo en el altar, tan propia, tan ella, tan celebérrimamente protocolaria, tan propia y tan seria, me pregunto: ¿recordará cuando el mundo era una risa? ¿cuando entre sus manos y mis manos la vida era una carrera?... Sólo eso me pregunto.

Vale pues. Salud y que los matrimonios sean un éxito

Ulises, firmando de testigo del suicidio.

sábado, octubre 08, 2011

Piso Veinte

"...esta semana de mi vida no tiene precio..."

Todos los días y durante todo el día: negociar, ser paciente, rascarse la nariz y ponerse la mano en la boca para no mentar madres. Todos los días y todo el día: café o nestea, los nuevos y la risa, que si cucú y si el violento, que si el forever-alone y el Sicilia de rigor. Todos los días.

Pero entonces aparece ella. Sí. Así, como inventada de esa historia cursi de un guión de televisa. Ella y su 1.65 que cuando se pone tacones vaya cosa. Ella y su mirada seria y triste. Ella muy seria y él que piensa: "pinche vieja bipolar".

Ella que empieza a sonreír con las cejas aún muy serias. Él que le dice: "á ver, a ver, a ver... dulcifícame la mirada" Ella ríe. Son cómplices. Y empiezan a platicar de su carrera (la de los dos) y sus ganas de cambiar al mundo (las de él) y sus ganas de ser feliz (las de ella).

Ella y un jueves que aparece al final del pasillo con el sol en la espalda y eso le da la idea de un ángel. Y ya sabes, como en esas películas cursis y puñeteras, ella camina lento, con la melena al viento (o al aire acondicionado) y él se queda viéndola como si nada más existiera ese jueves. Suspira. Todos las paredes de su misoginia las han derrumbado veintitrés años de sonrisa y coherencia.

Él pregunta, claro que pregunta: y cómo haces?... Ella sonríe enigmática: "porque me pensaste..." Todo es una fantasía. Suspira aliviado. Ella no ha estado ni estará. Él la ha imaginado y le ha determinado un nombre, una mirada, un perfume y una sonrisa.

Luego, vuelve al trabajo, y quién sabe, tal vez, algún día, la encuentre caminando por el piso veinte...

sábado, mayo 28, 2011

Última Partida

"¿De qué callada manera se me adentra usted sonriendo?

Como si fuera la primavera..."

(Pablo Milanés, de un verso de Nicolás Guillén)


Para que el día que lo sepas, no lo dudes, lo leas y te encuentres...


Dicen que pasó mucho tiempo en rehabilitación. Diez años para ser exacto. Pero después de eso, cuentan los que mucho saben (y los que no sabemos también lo decimos), se recuperó del todo. Ahora el juego le producía indiferencia.


Claro que veía a los apostadores compulsivos con cierta lástima y hasta comprensión. Por eso, cada que alguno se perdía en las mesas de póker, black-jack o ruleta, sólo suspiraba comprensivo. Dicen que cuando ellos perdían todo, el fulano les invitaba un güisqui o una cerveza y les soltaba el lugar común: "ya vendrán tiempos mejores"


Así fue como entró en el piso veinte esa noche, Sólidamente solo. Seguro de que nada más le podría pasar, que todos sus fantasmas se habían evaporado y que era "él más él". Sonrío por la vista de la ciudad, por el aire acondicionado -qué bendición- y dijo: "me lo merezco". Fue paciente en la espera mientras la hostess de rigor venía por él.


Caminó por el pasillo lleno de puertas blancas y algo así de mínimo le recordó al hospital. Luego, se llegó a su lugar y no pudo menos que volver a decir: "hagamos mundo, pues!". A los diez minutos tuvo sed e hizo ese mohín que podía significar lo mismo fastidio que asco, asco que agrado, y se aventuró a buscar un poco de agua.


Fue en ese momento, ni antes ni después, para que quede muy claro, que una punzada le dio en el centro del pecho (para quien no lo haya sentido, es como cuando te dan una patada en la espinilla) y tuvo que apretar los ojos, sacudir la cabeza, respirar profundo y repetirse ocho veces (el siete es un número muy usado): "estoy bien, es sólo mi imaginación. Esto no está pasando y si cuento hasta diez todo volverá a la normalidad"


Pero no. Tampoco era así. Siguió con los ojos cerrados. Pero habría que saber que los ojos son esa maravillosa herramienta que uno decide usar cuando decide abstraerse de la realidad y los cierra, pero no pasa lo mismo con los oídos o con la nariz (claro que no podés pasar el resto de la vida sin respirar).


Así que, después del conteo a diez, volvió a respirar y esta vez, más profundamente, cada partícula del perfume se coló a las pocas neuronas que le quedaban. Tuvo que sonreír (claro! no había de otra), suspirar y buscar a la dueña de su maleficio particular.


Ella, que ni siquiera sabía que él existía, barajaba una y otra vez, tal vez sin intención, con la sonrisa en todo lo alto, sin ápice de perversidad en la mirada. Jugaba sin saber que jugaba. Así, en la distancia, él la miró desde la supuesta rehabilitación. Movió la cabeza de un lado a otro y se dijo bajito, para que ni siquiera su más crítica personalidad lo escuchara: "Espero esta vez no perder... o no tanto, al menos..."


Se dirigió hacia ella, la miró profundamente, y ella, con ese gesto inquisitivo que pretende preguntar: "y tú quién chingados eres?" le dijo: "te puedo ayudar en algo?". El tipo sonrió y sólo atinó a responder: "me puedes ayudar a curarme de mi rehabilitacion"


Tomó de la mano de ella la baraja, suspiró, perpetró otra vez ese mohín que nadie sabía si era de asco, fastidio o complacencia, se arremangó la camisa, se dispuso a jugar su última partida y le preguntó a bocajarro: ¿sabes jugar?...

Vale pues. Salud y sabed que los jugadores, como los drogadictos, los alcohólicos y los mandilones, no dejan de serlo nunca.

Ulises, sonriendo y viendo cómo el fulano empieza -otra vez- a perder la partida ante unos ojos dulces como "primavera"


domingo, febrero 13, 2011

Ella, la Primera Ella.



Para Ella, la primera Ella, aunque no lo lea.


"Pero cuando puedas, vuelve,
porque acecha tu fantasma,
jugando a las escondidas
y yo estoy muy viejo ya..."
Silvio Rodrìguez (Tu Fantasma)

Por cierto, hoy te soñé. Quién sabe el modo, el cuándo y el por qué, pero aquí estabas. También sé que no piensas en mí, pero déjame decirte que eso es natural. Hace catorce años que ni una palabra me diriges. Toda una vida, no?

Te acuerdas cómo fue? Fue poco a poco porque al principio ni siquiera me gustabas: tus lentes de bibliotecaria, el peinado de ñoña y la pose de niña seria, de universitaria cien por ciento estudiosa, de "me-dedico-a-los-libros", me caían muy mal.

Luego, un día, entraste tarde a la clase de Seminario II, en el dos-dos-veintiuno, te acuerdas?, de trecetreinta a quince, entraste desplegando tu verdadera personalidad: cabello alaciado, blusa blanca, pantalón de mezclilla, cintura breve, uno setenta de estatura, delgada, excesivamente delgada, mirada terrible, labios rojos fuego, personalidad firme, pero discreta.

Recuerdo exactamente qué estaba pensando: mi ex me tenía harto y estaba adivinando por la ventana del salón cómo era la vida después de la vida, cuando el Carolina Herrera llenó el salón. Hice un gesto de fastidio, algo así como "chingado! quién se pone tanto perfume?". Y cuando te vi, simplemente me gustaste. Sin peros, sin pensar en otra cosa que tus labios (ah! y tus lentes, claro, los lentes de bibliotecaria que siempre me gustaron).

Luego vino el cortejo del que todos sabían, excepto tú. La película, ¿recuerdas? Se llamaba "Un paseo por las nubes" y me tomaste la mano con tus dedos largos y delgados, mientras yo no sabía qué hacer. Vinieron muchas conversaciones breves. Tu mirada, cómo me gustaba (aún hoy me gustaría, creo), tu sonrisa, el tono de voz grave y tu manera de pronunciar la equis que sonaba a "ts".

A veces nos veíamos en la biblioteca del anexo nueve, ¿te acuerdas? Por ti, por merecerte me volví un poco más ñoño y por verte me fui haciendo amigo de tus amigos. ¿Recuerdas el lunes treinta de octubre del noventa y cinco? Era una clase de inglés y yo tenía que sacar copias. Me preguntaste quién me había hecho cambiar tanto y sonreías (siempre me gustó tu sonrisa. Hasta el exceso. Será que fuiste la primera mujer con la que quise compartir toda una vida y verte despertar todas las mañanas con esa sonrisa de luna en cuarto menguante). Te dije que me acompañaras y lo sabrías.Y lo supiste.

No supe de dónde saqué el valor para decirte que eras vos quien me tenía todo el día pensándote. Tampoco supe cómo fue el primer beso. Pero esos diez minutos cada tercer día me hicieron feliz durante dos meses, nueve días y catorce horas.

Cada día, cada beso, cada mirada y cada roce de tus dedos lo recuerdo como si fuera ayer. También los días de sol y de abrazos. La primera vez que salimos, tu forma de caminar: desordenada, como si trataras de encontrar la razón de la vida. Recuerdo todo: tus senos breves, frágiles y dulces. La atorrante manera de decirte que te iba a pertenecer por siempre ("creo que es la única vez que estuve enamorado"), tu cadera...La Vida.

También mi inmadurez, mi seguir buscando lo siguiente, el no conformarme. Y quién hubiera dicho que, catorce años después, te soñaría vestida de la misma forma, que sentiría tu beso tierno pero sensual, que pondría la misma canción que me hace recordarte, al despertar.

Pero ya estás lejos, muy lejos. Cómo pasa el tiempo, me digo. Suspiro y sé que estás bien. Dios te bendiga por lo que trajiste a mi vida. Salud, pues.

Ulises, pensando en lo que pudo haber sido, pero no fue.



sábado, febrero 12, 2011

Sin Palabras


Para Marcela, por que te prometí la historia de forma menos "odiosa" de lo que fue.


"No puede ser que nos perdamos sin siquiera habernos encontrado"
(Julio Cortázar, en la frase que "hubiera" quedado perfecta en ese momento...
pero el hubiera, como la suerte...)

Afuera ya había empezado a girar la ruleta de la vida. La señora de los tamales tenía ya, para pagr la renta, doce vendidos y los tres sonorenses que recogen la basura sudaban el sudor de la noche anterior.

En mi celda (luego te cuento por qué le digo la celda), el frío tenía tanto frío que decidió venir a acurrucarse a mi lado. Yo sé que he dicho que soy más de frío que de calor, pero es que "Acá en el Rancho Grande", como todo es extremo, el clima no es la excepción.

Así que a las seis menos cuarto decidí que esto no iba más (y que conste que intenté TODO para proveerme calor) y me metí al baño (es esto un baño?) y entre que el vecino con el que comparto el agua le jalaba a la cadena para dejarme sin agua caliente y yo lo resistía estoicamente, platiqué un rato con la ausencia del recuerdo.

Era jueves, así que tocaba tono café: camisa amarilla, pantalón y zapato café, sin olvidar barra Bran-Frut de piña con café Andatti. Pero todo lo hice al revés: elegí el pantalón negro y la camisa roja, la Bran-Frut de fresa y no fui al Oxxo, sino al 7-Eleven, y que conste que no fue lealtad al que me da de comer, fue un equívoco en la manía.

Mientras estaba en la caja y le pedía al de la tienda (aún no conozco su nombre, pero prometo que se lo preguntaré el lunes) que pusiera el noventayochopuntouno ("Ser Humano", qué mamada!) y la tipa ésta, la que conduce, una argentina (por el tono las reconocereís) estaba dale que dale con el catorce de febrero y que el amor y no sé qué más pavadas, sonreí sin dejo de nostalgia.

Sonreí, de mí para conmigo. Si supiera lo que es el amor, mascullé, seguro que ni siquiera lo festejaría. Porque amar es el inicio de la palabra Amargura. Así que sin más, me decidí a empezar el día laboral por todas las aristas y haciendo a un lado esa parte sentimentaloide que aún me llama desde la esquina de la nostalgia y la hormona, suspiré y me reinventé.

Subí al metro sin detractores ni empujones. Avanzamos las estaciones de rigor, donde más humores, alientos, olores penetrantes me recordaron el por qué estoy aquí. También sos obrero, me dije, y ni jodas con que sos de una clase diferente, estás aquí por un fin mayor...

Para ser coherente con mi pensamiento, le cedí el paso al Cristo Obrero en la lista de canciones, del "aypot". Y así llegamos a Cuauhtémoc. Vos sabés que Cuauhtémoc es como el hormiguero, todos yendo de un lado a otro, todos corriendo y todos empujando. TODOS ("eeees correcto"). TODOS abollando al de junto, tocando hombros, piernas, nalgas, tetas -los más avezados- hasta que haces pasillo.

Y ahí, justo delante de mí, enmedio del bullicio, de los olores y las escaleras, la vi.

Claro que la vi. Era imposible no verla. Cómo explicar esa "aparición buena" con sabor a futuro. Mirada infinita, mirada sol, veleidosa, terrible, auscultante. Carajo, qué mirada. Y fui bajando uno a uno los escalones, como en esas películas cursis con cámara lenta. y soundtrack de rigor (imaginate el aypot pasando del Cristo Obrero al "yur biutiful" ) Ella por supuesto que volteó a verme, pero ni me prestó atención.

De primera, no supe si sus ojos eran oscuros o claros, sólo vi su cabello: negro como el pasado, a media espalda como la soledad. De cerca no era sólo linda, era hermosa. Así, sin escatimarle una sola letra: hermosa.

Ligeramente arriba del unochenta (claro que el tacón hace su labor), la nariz delicadamente perfilada, como tallada, el rostro simétrico, la barbilla firme y los ojos, los ojos más lindos que he visto. Claro que la vi. Quise aprendérmela en un instante porque no sabía si alguna vez más la volvería a ver.

Todas las mujeres son hermosas, dice el lugar común. Yo digo que no. Ninguna mujer es hermosa hasta que la ves con los ojos de la admiración. Hay mujeres guapas pero vanas, hay mujeres profundas pero poco intensas, y así sucesivamente. La del metro, la que te cuento, es esa mujer que se sabe guapa, que tiene personalidad y que no teme demostrarla. Allá los cobardes que no sepan lo que tienen enfrente y ni siquiera se atrevan a preguntarle el nombre.

Eso pensaba mientras seguía con la mirada recorriendo labios, nariz, cabello mejillas (sucesiva e indefinidamente). No sé si se sentiría incómoda, no supe si le molestaba que quisiera aprendrérmela en un instante, tampoco me interesó. Cuando nuestros ojos se encontraron, por un momento, me dejó ver una ternura no explorada que podría ser pretexto o razón o justificación para saberla...

Pero llegó el metro, y el vagón. Y entramos juntos (o casi). Y el perfume de su cabello me inundó. cerré los ojos mientras el deleite de empujones era un arsenal y, también, claro que me prometí que si coincidíamos en Universidad (donde tengo que bajar), le preguntaría por lo menos si sabía volar.

De frente a mí, no abjuró de su vanidad, la perpetró. De frente a ella, intenté una sonrisa, y ella levantó un ceja en clara señal de que ése no era el método. Nunca me dio la espalda. Seguía con la mirada fija en la ventanilla del metro. Bostezó dos veces y, cuando cerraba los ojos, todo su rostro estaba en una paz tan hermosa, que algo en mí dijo que necesitaba besarla.

El tiempo no escatima esfuerzos, perseverante como es, nos llevó a Universidad y coincidimos en la puerta. Nuevamente su perfume, la cabellera, los labios, la nariz, su perfil, el suspiro y yo escuchando en el i-pod eso de que "... cuando te vi sabía que era cierto este temor de hallarme descubierto...".

Descendimos del metro juntos. Todos corriendo y todos con la proximidad de la soledad. Ella y yo caminamos despacio, como extrañados ante este mundo. La prisa es para los que no saben valorar la vida, me repetí. Metió las manos en los bolsillos de su abrigo, sonrió ligeramente e inició la caminata escaleras abajo...

Y mientras la veía caminar lenta, cadenciosa, elegante, inalcanzablemente, me quedé ahí, atrapado entre la muchedumbre fastidiada por el trabajo, por el ya casi son las ocho, por los olores a proletariado, por la soberbia de lo cotidiano.

Carajo! Y yo respirando aceleradamente, con una punzada en no sé dónde, que hace no sé cuánto no sentía, con las manos sudorosas como cuando voy a hacer "la presentación al cliente" y, esta vez, a contracorriente de lo que la gente dice de mí, me quedé sin palabras...

Luego, la ruleta de la vida, volvió a girar...

Vale pues . Salud y que la cobardía no le gane espacios a las palabras

Ulises

miércoles, enero 05, 2011

Epifanía. La Otra.

Epifanía. (Del lat. epiphanīa, y este del gr. ἐπιφάνεια, manifestación). 1. f. Manifestación, aparición. 2. f. Festividad que celebra la Iglesia anualmente el día 6 de enero. ORTOGR. Escr. con may. inicial.

A decir verdad, ese día iba a transcurrir sin pena ni gloria. Quizá con más gloria que pena porque -por fin- logró cumplir a cabalidad cada tarea: desde levantarse cincocuarentaycinco, bañarse en los diez minutos contra reloj, preparar su comida menos ligera que un fast-food y toda esa parafernalia del obrero actual.

Justo antes de salir, la niña de la radio (qué diferencia de tono y discurso), se atoró en el estribillo de que "hoy llegan los Reyes, ¿cómo te has portado este año?" y él contuvo la pregunta: "¿bien?, ¿mal?, ¿quién lo sabe?" Ya no era hora de filosofías, así que se echó encima la chamarra (quién sabe a qué hora salga hoy del trabajo) y los once minutos -tenemos que hacer este tramo en diez- de caminata hasta el camioncito 4.50 para luego recoger el boleto del metro, le supieron a Love Generation, sería que su amarilla acompañante le había seleccionado la rolita para empezar el día.

Sonrío con el primer mensaje, sonrío a solas entre el mar de obreros que "van a lo que van", nada de sonrisas. Se perdió entre el gentío al subir las escaleras, aspiró el aroma de la rubiecita del piercing en la nariz y prefirió cederle el lugar a una mujer mayor (nomás por estigma contra las rubias, pensó). Luego el recorrido por su nueva patria chica ("no me siento extranjero en ningún lugar..." decía el Serrat), le golpeó en el rostro.

"Que modernous", se seguía diciendo, cuando para subir al camión el chofer apenas si tocaba el dinero. Aquí todo se paga con tarjeta: el metro, el camión, la gasolina... -le dijo alguien. Y él tan amigo del plástico... Así fue como comenzó su Epifanía: con un suspiro, con otro mensaje en el celular, con algún barrunto poppero en los oídos.

Entre las bases de datos, las pruebas con el cliente, los equisemele de rigor (el pan nuestro de cada día), se fueron desgajando las horas. Luego, un mensajito en el correo "institucional" le hizo esbozar una sonrisa y el típico pretexto de "le escribo más al ratito", le expropió un suspiro.

Al casi mediodía, como en un Día de Reyes anticipado, en una Epifanía pre-fechada, llegó la bolsita con regalos y él no pudo sonreír por completo (ya sabe usted: aquí se trabaja de sol a sol) y la sonrisa no es muy bien vista cuando el trabajo es para antier. Durante su media hora de comida diaria pepetró, atacó "el otro pan nuestro de cada día" (nunca más literal), como quien va a la cita con el dentista: sin muchas ganas y casi con resignación.

"La gente no cambia, se ablanda", dijo algún personajillo de serie gringa. Él sonrió al pensar que no era que se ablandara, sino que esto también era un poco como su "clínica de recuperación de la soberbia", algo parecido a una "Oceánica para soberbios", así que volvió a atacar a los pendientes: tac, tac, tac... mientras un dejo de conciencia social le picaba en el talón izquierdo...

Justo cuando vislumbraba el horizonte del descanso, "la operación se tornó mas crítica" y el "te puedo pedir que te quedes?" que suena a "tienes que quedarte", le hizo sonreír. Volvió a su lugar, pensó que, bueno, total, nadie me espera para partir la rosca (cuál rosca? se preguntó para -entonces sí, reír de buena gana).

Finalmente, cuando la operación volvió a ser sólo crítica (y no "más" crítica), cuando las aguas volvieron a su cauce y obtuvo su estrellita en la frente, recorrió la hora y media de regreso a casa, pensando que -después de todo- este día, que empezó siendo sin pena ni gloria, terminaba con más gloria que pena (no olvides, lector, la estrellita en la frente, los regalitos, el mensajito y esas cosas imperceptiblemente hermosas que se colaron entre los párrafos).

Así que, cuando el seis de enero empezaba, decidió que era tiempo de dejar de escribir con mayúscula inicial el nombre de su más dulce pesadilla; exilió de su exilio reinventado la sórdida esperanza de que algún día, por un motivo más sórdido aún, La Manifestación, La Aparición le dijera bajito al oído: "no me esperes más, ya estoy aquí"... pero eso sí, con las primeras horas de ese seis de enero, se dijo que en su actual vida, en su Iglesia, tendría que existir, por qué no, una festividad qué celebrar. Así que muy tranquilo, terminó de fumar el cigarro y se fue a dormir...


Vale pues. Salud y que La Epifanía sea más que un regalo, menos que una compra.

El U., diciéndole al del espejo: "mañana no te vas a levantar, cabrón!"


domingo, diciembre 26, 2010

Si un día...


Si un día, dentro de ocho meses, te pones a pensar, recuerda: Es de noche, no lo olvides. Ese aire frío y seco, además de la miserable soledad te están esperando. Tantas otras veces te esperaron que tampoco es cosa de ponerse triste. Quizá lo que te pone a pensar porqué has matado a tu vaca y decides irte a probar otras suertes es la cobardía . Pero eso pediste. Pediste con tantas ganas, que tu Dios te lo concedió.

Si un día, dentro de cinco, seis u ocho meses, te pones a pensar en el ayer, recuerda: es un quince de diciembre, es frío y lúgubre. Aún y cuando hay luces nada te ilumina. Todo es tristeza y soledad. Empiezas a caminar para matar las ganas de regresarte a lo seguro.¿Qué es seguro? -te preguntas. No tienes mujer, ni hijos, ni casa, ni nada. Siempre has querido esto: el exilio perpetuo. Es una suerte de expectativa atuogenerada y autocumplida.

Si un día, dentro de dos, o tres u ocho meses, te pones a pensar, recuerda: vas a irte tan lejos que no vas a poder arrepentirte a la semana, a los dos meses, a los cuatro. Luego, tras una hora de espera en un aeropuerto, alguien llegará a recogerte, a brindarte un sentido de propiedad y "deaquísoy". Pero ya habrás dejado atrás los recuerdos, los resabios las nostalgias. Con la maleta verde prestada, con el suspiro y la extrañanza bien guardadas, sonreirás y tendrás que dar la vuelta a la página. No podrás arrepentirte.


Si un día, dentro de dos o tres u ocho meses, te ves "más solo que la mierda" -diría tu ídolo Oliverio- que no te extrañe. Eso pediste: libertad y trabajo para saldar tus deudas. Y luego de un tiempo, de muchas balas esquivadas y de largas jornadas de cigarro, podrás decir: "y ahora qué?"


Si un día, dentro de ocho meses, extrañas y añoras, nostalgias y melancolizas, no me vengas con mariconadas de arrepentimiento, porque ahora, en esta terminal de autobús, hoy, 15 de diciembre, todavía te podés quedar....


Vale pues. Salud y recibid el futuro como una buena empresa, no como una mala noticia.


Ulises.

sábado, diciembre 25, 2010

Exilio

"Harto ya de estar harto ya me cansé
de preguntarle al mundo por qué y por qué
la Rosa de los Vientos me ha de ayudar
y desde ahora vais a verme Vagabundear..."
(Joan Manuel Serrat, Vagabundear)

Para Ella, porque si no nos hubiera ganado el tiempo... pero el hubiera y la suerte son para los pendejos.

¿Y si no nos hubiera ganado el tiempo? -pensó mientras daba una fumada al cigarro. ¿Y si ese doce de junio ella no hubiera sido la primera en hablar? -murmuró mientras veía las luces de la terminal. Quién sabe, tal vez estaríamos juntos y esas pendejadas del perro, la nena y la camioneta estarían concretadas. Sonrío amargamente.

Para su mala fortuna, rememoró cómo había sido su vida desde que su "No-Ella" había anunciado matrimonio-familia-hijo-y-todo: un día en una mesa, otra noche en otra cama, escribiendo a rabiar, analizando y sonriendo entre lascivo, magnánimo y sarcástico. Había tenido -nunca retenido- a mujeres que él quería, pero no a la que le quería. Había cantado todas las canciones que no le habían dedicado y había destrozado más de cinco quimeras. Sus teorías, nunca comprobadas, ocupaban todo una bodega entre sus letras. A veces creía que lo que se le venía a la mente merecía ser escrito, pero luego lo olvidaba. Claro, que cuando otro -más renombrado- decía lo mismo, él sonreía y no atinaba más que a descubrir un plagio de Dios.


La maleta verde, a préstamo y me la cuidas bien, le hizo volver a la realidad. Estaba a punto de matar a su vaca y todavía la cobardía le hizo un guiño: "y si no me voy?" se preguntó. Pero de inmediato eliminó la idea al pensar en sus acreedores, en las esperanzas y en sí mismo, en cómo se fallaría si decidiera no irse.


Para este exilio no habían fastuosas ceremonias ni grandes fiestas. Quizá sí, una menguada y de final feliz con una de cuyo nombre quién sabe si recordaría. Estaba en la terminal (vaya nombre para un lugar donde nada termina) y esperaba, contaba los minutos para salir a su nuevo destino.


Todavía tuvo tiempo de que lo atravesara un suspiro. Quién sabe si volvería, quién sabe que le esperaba. Sonrío. Eso era lo que le impulsaba al movimiento: el después, la aventura. Se repitió -bajito, por si acaso- las palabras de su Maestro: "... Muchos me dirán aventurero, y lo soy, solo que de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades..."


Eran las quince treinta. Procedió a la despedida como quien ataca el plato fuerte de una comida. Sin dudas y sin magnanimidades sólo dijo: "vengo en un rato..." Abordó el camión. Luego, la vida en Pebla que se quedó sin U -como dijo un sabio- siguió tan normal como siempre.


Vale pues. Salud y exilio para aprender a catar la verdad de la vida.
U,

sábado, octubre 02, 2010

Dos de Octubre. De Olvidos y Reencuentros.

"... cuando se hallan dos balas
sobre un campo de guerra
algo debe ocurrir..."
(Silvio Rodríguez, "La Familia, La Propiedad Privada y El Amor")


Para vos, porque si lo lees, te encontrarás.

Cuenta la leyenda que estuvieron juntos en esa reunión. Ella, muy joven y él no tanto. Ella alumna de la Facultad de Filosofía, él, clases de Revolución. Ella tenía ojos grandes y muy claros, él tenía siempre el ceño de quien va al ataque. Pero ahí estaban. Era dos de octubre (ella, ¿ olvida?).

Ella se atrevió a preguntarle por la cicatriz en la barbilla, él se movía nervioso mientras jugaba con un botón del vetusto saco porque nunca una mirada le había auscultado tanto.

Ella y su falda hippie, él y su traje sesentaydos que sabe a sesentayocho. Ni se inmutaron cuando vieron aparecer a los primeros oradores, ella comentó algo de un libro, a él le sorprendió que –a su edad- ella lo hubiera leído. Ella marcaba el paso con las ideas por delante, él no tenía más paciencia para dar. Pero ahí estaba. Dos de octubre (no lo olvido).

El año, no lo sé bien, pero ella tenía ese rubor que nunca se le iba a quitar, aunque después su rostro podría ser vapuleado por unas cuantas balas y su sonrisa incandescente estaría sepultada en el Campo Marte.

Él tampoco tenía esperanzas de salir indemne de esa quimera. Así que se tomaron fuertemente las manos, porque así mandan los cánones del compañerismo. En ella latían un millón de estrellas y en él todos los soles se habían apagado. Pero ella le dio la esperanza y la fe que este mundo podría ser mejor.

 Él empezó a tararear la Internacional y ella, con miedo, le seguía los acordes porque lo que más quería era sentirse protegida.

Cada abrazo de ella, en el sigilo ensordecedor de la plaza, le hacía sentir –a él- que acababa de encontrar al diamante que había buscado. No tenía idea de cuántos mayos, octubres o navidades les separaban. Ya para cuando las arengas, ya para cuando las consignas gritaban el movimiento urbano, ellos se fundieron en un beso. La lengua táctil de ella se entreveró en el furioso combate con los labios tabaco de él. Era dos de octubre (no lo olvides)

Se miraron a los ojos y volvieron a comerse los labios durante la bengala que recorrió el cielo. Ellos ni por enterados. Ella llevó una mano al rostro de él y le juro no olvidarla. Él, por su parte, menos hecho para esos menesteres de la ternura, le abrazó y le juró un “para siempre”.

Luego, vos sabés, los del guante blanco, los milicos, la separación, el cada quién por su lado, el sálvese quien pueda, el puto sistema asaltando los sueños y los labios de ella, tan besables, tan mordisqueables, tan adorables, tan suyos, tan de él, tan lejanos que nunca pudo besar otra vez. La mirada de él, desde entonces tan vacía, los gritos, la impotencia, las balas cruzando el aire, las tanquetas, el ruido de la metralla, la familia que se calla, el edificio donde lo escondieron… la certeza de que nunca volverían a ser. Fue dos de octubre (no lo olviden).

El tiempo es una broma de una mente macabra. Y muchos años después. Él, comido y carcomido por el sistema, con el doctorado y la cátedra universitaria, con el paso lento, los lentes de aumento, el parkinson avanzado, encuentra a una mujer de ojos claros, muy claros, de mejillas encendidas y sonrisa maligna. Ella sigue vistiendo la falda hippie, tiene –también, qué cosas- un doctorado, pero en Revoluciones y no se cansa de luchar.

Al viejo la mirada cansada, los pasos lentos, los pocos cabellos, se le encienden. Ella duda un poco, detienen ambos sus caminos, siempre en contrasentido. Ella sonríe. Él carraspea. Son Casi Felices. Él pregunta: “¿sos vos?”

Y ella desde sus más añejos recuerdos, amarrando las ganas, sólo atina a lanzar el dardo envenado del sarcasmo: 2 de octubre no se olvida, ”Doctor”…

Vale pues. Salud y que la tradición, el conformismo, "la familia, la propiedad privada, el amor" y el pedigree no os ganen la partida de la conciencia
 
Ulises, en el dos de octubre.

miércoles, septiembre 08, 2010

Para bien o para mal

"... y si me cae una aventura, la revuelco en el sofá
por no herir al recuerdo que se anida entre el colchón..."
(de alguna canción cursi )

Sé bien que te extrañará esta carta que no hace gala de remitente, y tampoco destinatario.  Sé bien qué es lo que sabes y qué es lo que tampoco sabes, sé bien que sonreirás cuando veas mis letras "muy apretadas y juntitas" como solías llamarle a esta caligrafía que quería decirte muchas cosas en poco espacio.

Sé bien que no recuerdas nada de mí, y tampoco te culpo.  No. Espera. No pretendo "tirarme para que alguien me levante", es simplemente que cuando uno empieza la vida de matrimonio, hijos, intereses hipotecarios, el "debo", "tengo", "hago", "soy" y todas esas cosas, le queda tan poco tiempo para pensar el pasado, que lo mejor es  olvidarlo...

Será pues que yo, que sigo soltero, -¿sí te había dicho?- tengo a septiembre como algo sagrado. Porque, vaya pues, que en este mes, naciste.  Y bueno, ya sabes cómo soy para las fechas (cinco de enero, once de mayo, doce de junio, veintitrés de julio, dieciocho de agosto, y tantas más), así que no te extrañe que te festeje.

Claro, esto no tiene mayor trascendencia que la que vos (Virgo) y yo pudiéramos darle.  Pero si te hago inventario de recuerdos, si hago una fiesta por tu cumpleaños es porque gracias a ti comprendí todo de la vida. Y cuando digo todo, es realmente TODO. 

Aprendí a confiar para no buscar pretextos, aprendí a limpiar una lágrima cuando es sincera, aprendí -y mira qué cosas- que los celos no son sino esa manera de decirme "quiéreme más que a nada"; aprendí que cuando se calla es cuando más se habla; aprendí el valore de una mirada, el sabor de un beso, la vida antes -y después- de un abrazo, el valor cualitativo -y también el cuantitativo- de una mirada. Aprendí que cuando alguien dice "abrázame" es porque necesita que la cuides, y también que cuando alguien cocina para ti es porque quiere ser especial... Mar: aprendí tanto de ti.

Evidentemente también aprendí la ambigüedad y el "sí, pero no", el "no eres tú, soy yo", aprendí tantas cosas de ti, Mar, que cuando alguien quiere jugar a eso del gato y el ratón, de policías y ladrones, de guerrilleros contra federales, la dejo ser, pero luego de dos bostezos, me da por terminar el juego sin mayores "diplomacias".

Todo lo que pude aprender del mundo, Mar, lo he aprendido de vos.  El beso sin premisas, el perfume sin esperanzas, la mirada sin pesquisas, dormir cuidándote la espalda.  Claro que te recuerdo, pero por supuesto que te recuerdo!.  Eres mi referente, mi mejor paradigma, mi tasa de comparación.  "mi", "mi", "mi"... bueno, vos sabés: "Cómo amar sin poseer?!"

Pero vaya, que todo esta carta insulsa, de ocho y media de la mañana, de lunes 13 de septiembre, de "no remitente-no destinatario", sólo es para desear que vivas muchos, pero muchos, muchísimos años más.  Porque has sido, quien me construyó:  PARA BIEN ... O PARA MAL.

Vale pues.  Salud y sabed La Mar es, antes de todo, después de todo, por siempre, amén

Ulises, haciéndola de "pastor" ;)

lunes, agosto 16, 2010

Miércoles

"Toma mi mano,
toma estos cinco hilos del desierto
y enlázate con ellos el amor
donde te arena el llanto"
 Eduardo Mazo (poeta argentino)

Esa mañana de miércoles, Diego se levantó menos pesimista que de costumbre.  Hacía poco tiempo que el hospital le había expulsado por falta de méritos y si acaso el collarín, que todavía le recordaba su paso por aquellas camas sin triunfos, era un vestigio, una molesta memoria de que algo faltaba para merecer la palabra "Vida" (así, con mayúsculas), las demás caras del poliedro de su cotidiano deambular parecían luminosas: un trabajo -el primero- con retos y proyectos; una familia recién cercenada pero medianamente tranquila, la seguridad del último paso a medio piso...y el recuerdo de la niña de los lentes, la universitaria "puro-diez" que no pudo ser por pura soberbia. Todo -o casi todo- marchaba sin "sobresaltos"...

Así que él, que para eso del "arriba y adelante" se pintaba solo, tuvo a bien escuchar las noticias y la música sin el humor tamaño pesadumbre, con las huestes del optimismo bien enfiladas a la oficina y cuando abordó el taxi, le dio los buenos días al "Gallo" (conductor avieso, si los hay), con una sonrisa total.  Luego la oficina: como en una de esas tareas de línea de producción, encendió la quackintosh -como él la llamaba, se sirvió el primer café del día, y le dio la bienvenida al nuevo sol, en un ritual secreto que sólo él y Dios entendían.

No es que Diego fuera muy religioso, es que sabía -bien que sabía- que Él (quien quiera que fuese) le había dado el pase para gol y así vencer a La Flaca a menos de dos minutos del pitazo final.  Por eso tenían un diálogo matutino, con la escena cursi y bucólica de los pajarillos amaneciendo a los gritos, es decir, a los cantos, con el sol asomándose, bostezo de por medio.  Desde el segundo piso de la oficina-cadalso, la vida parecía buena, casi podría decirse feliz.  Sería por eso que Diego se atrevió y le dio un largo sorbo al café.

Suspiró una, dos, tres veces.  Fue directo a la mac y revisó tranquila, pausada, certeramente, las tareas por cumplir: el rediseño del portal educativo, las cuatro juntas que le provocaron un mohín de fastidio y la orientación a usuarios, que le hacía sentirse un poco menos parásito dentro de La Organización.  Se impuso otro trago al café.

Con singular apego a la rutina (hombre predecible, habría que ver),abrió el correo y el primer escalofrío injertado en sonrisa le recorrió de arriba a abajo cuando descubrió, entre toda la publicidad, entre todos los requerimientos y recomendaciones, las seis letras del nombre, el apellido de siete y, sin saber por qué, respiró profundo, para estallar en una carcajada, una de las más sinceras -quizá- que había tenido y quien sabe, que tendría.

Diego, el de las nueve con diez de la mañana de ese miércoles, era realmente otro, tenía la mirada encendida de impaciencia, de esperanza (si es que no son la misma cosa). Así que se preparó otro café, y sonriendo, con la vista fija en ningún lado, lo bebió lentamente.  Regresó a su lugar y, con la misma calma absurda, casi desesperante, revisó uno a uno los correos, casi regodeándose en el masoquismo de postergar, para el final, el nombre seis letras.

Y como no hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla,a las nueve treinta y cuatro de ese miércoles dieciseis de agosto, descubrió que ella amaba a Benedetti, que tenía cuatro, cinco y a veces hasta seis puntos suspensivos; que necesitaba hablar -o escribir, vaya usté a saber- tanto como él; que redactaba fluido y  con dos o tres faltas de ortografía, que era unigénita -también?, no, qué cosa!, que Cortazar y el Bestiario, que Gabo le había firmado uno de sus libros, que era perfeccionista y no fumaba ni tomaba, que podía ver tres películas de cine de arte al hilo, que era una Gandhi-holic y procuraba mantenerse alejada de las librerías en quincena.

Hilvanaba sonrisa tras sonrisa, suspiro tras supiro (por cursi que parezca). ¿Cómo? -se preguntó ¿cómo es que todas esas letras etán atrapadas en un solo nombre?. Repaso una y otra y otra vez, las letras: bit a bit, byte a byte, los juegos de palabras, el sarcasmo apenas disimulado, la fascinación por el fondue de chocolate de Los Danzantes, el tanto y de tantas maneras, los besos nocturnos y desvelados, la compatibilidad que los astros jamás quisieron, en fin...

Cuando terminó de leer, supo que ese miércoles le iba a marcar un antes y un después.  Quién sabe, tal vez terminarían sin haber comenzado, quizá con el paso del tiempo, se olvidarían el uno del otro... o tal vez no. Probablemente, diez años después, él escribiría que ese miércoles fue el más original, el de la casualidad (o azar? preguntaba Ella), el del Destino (si es que eso existe), tal vez, diez años después, él, desde el recuerdo, le escribiría una carta sin remitente ni destinatario, "Para Bien o Para Mal" ...

Vale pues. Salud y que el Alzheimer no toque a las puertas del corazón.
 
U.

miércoles, agosto 04, 2010

Trapo

Caído después de perder la irreductibilidad casi testaruda que siempre le caracterizó. Así se desparrama, sobre el teclado infame, fiel amigo, compañero y cómplice creativo, tras haber definido su estado como unido a alguien en un relación, que hace dos o tres días, le resultaba imposible y era un “nunca más”.

Ceguera temporal o apendejamiento virtual, suma de las dos o tal vez ninguna. Así la toma de la mano, para recorrer brechas imaginarias (irreales diría alguna), aferrándose a una mariposa, que ni siquiera puede ni sabe volar.

Clama ilusión temporal, optimismo excedido y por un segundo, anuncia que hay confianza y creencia, querencia y entrega.

No, yo tampoco lo creo, pero así está sucediendo y así se lee, escrito, remarcado y subrayado en muros, paredes y ventanas.

El Muñequito ya no es un muñequituserectus y sin más ni más, tras ese acto, se rompió la espina dorsal de su congruencia y se desvaneció reduciéndose a un… Muñequito de Trapo.

Tranquilos todos, no es señal apocalíptica, porque todavía recuerdo, que él decía aquello de “todos los finales…”.

Condechita sonriendo de lado y pensando… “¿no que no?”.

martes, julio 27, 2010

Mariposa

Imagina que me da por ser ingenuo y por creer que todavía los finales pueden ser distintos y que incluso podrían sorprenderme. Supongamos que te creo y que decido subirme al caballitopolo, o siendo más osados, que me embarco en el yatenáutica y me da por observar la vida a través de un polarizadoarmani. Digamos que entonces, me aferro a alguna tonada empalagosa tal vez pegajosa, que me dice que los opuestos se atraen y me convence que yo sin ti y tú sin mí ya no somos dos y somos uno en realidad.

Entonces me diría que esa pose, que usualmente me parece eso, y no una forma de ser, es auténtica y que en verdad serías esa modelo de pasarela, esa mercadólogachavitabien, que está dispuesta a caminar junto a un profesor, maestro, escritor, con alguna inclinación a la izquierda, del que se han dicho cosas mucho peores.

Digamos que entonces nos arrancamos las etiquetas y serías sólo tú y sólo yo. Digamos que te tomo de la mano, te paseo como adorno en este paso sin tregua que llevo por la vida. Entonces podría subirme a un convertible o a un todo terreno, contigo como copiloto, seguro que sin importar la velocidad, o lo accidentado del camino, llegaríamos (aunque a pesar del optimismo, todavía no sé a dónde).

Por unos cuantos instantes, me podría despojar de esta necia tendencia a analizar y desechar todo aquello que me parezca superficial y banal. Podría incluso creer que lo escrito en un muro es verdadero y que presagia un futuro de final feliz.

Tal vez me convencería que las mariposas no están hechas para volar y que posada ahí, en ese lugar donde antes pensé que era absurdo colocarla, ahí está ella anunciando el amor verdadero y el inicio de este nuevo lovpareid.

Pero entonces, si todo esto pasara, ¿en qué momento, esa mariposa que se aferra a golpear en mi ventana, me convencería de que las mariposas vuelan y me traería de vuelta a la realidad?

Condechita, practicando su telepatía.

viernes, julio 23, 2010

Plastilina

Solo casi solitario, él y su lucha, él y sus recuerdos, él y sus anhelos, él y ese pesimismo pragmático que le confirmaba la teoría: Ella no existe.

A pesar de las premisas y los resultados negativos, haciendo a un lado paradigmas, se aventuró, por la calle de la ilusión, esquina con Reforma y la vislumbró a lo lejos, parada en un camellón, esperando el siga y posando mientras esto sucedía.

Tomó el molde, cuerpo de proporciones antojables y la frente un poco más alta que otras, y se la llevó a un café. Con el molde entre sus manos, estrechó un poco más su cintura y le acentuó los senos, le dibujó cabello largo y le agregó un gusto musical ecléctico.

Jugando el molde entre sus manos se atrevió a soñar. La tomó de la mano, y la gente los voltearía a ver, los hombres preguntando cómo le hizo y las mujeres, antojadas de ser llevadas de esa forma. Sería el adorno perfecto en reuniones, su copiloto en el deportivo de la vida, agregándole estética al sendero de lucha.

Aferrado a su mano e incluso más al sueño, la condimentó con una cierta dulzura, casi empalagosa. La salpicó de caprichos un tanto banales que antes de molestar, podrían producirle sonrisas. La adornó de aristocracia y la llamó princesa. La realeza a su lado, no le vendría mal al entrar a la charcutería o al palacio (de hierro).

El molde logró empatar perfectamente sus manos (las de él) con las de ella. Entonces (él) se atrevió a seguir soñando, le escribió más de dos renglones y el molde comenzó a escribir en respuesta, casi como dos que adornan un muro cibernético, que irónicamente parece real.
Cada vez que la lee, (él) se permite soñar y se imagina que esta vez sí, que esta vez será. Con Sabina mordiéndole la oreja, y advirtiendo que tal vez tendría la falda muy corta, que tal vez su frente estaría muy alta, lo ignoró y le agregó el último adorno: la mayúscula.

Cuentan que la llama Ella y que esta vez, esta vez sí será, aún cuando a veces, el olor a plastilina le gruñe recordándole que tal vez, sólo sea un molde.

Condechita con el emepetres de Sabina, que le dice: y sin embargo te quiero.

viernes, julio 09, 2010

La Creación

El séptimo día descansó… pero el octavo día pensó que no era suficiente. El antagonismo no podía quedar en manos de una figura de cuernos, cola y traje carmesí.  La serpiente, después de mucho arrastrarse, terminaría por perder su gracia y papel estelar. 

Los animalitos, los otros no tan animales, el mar, el cielo, las estrellas… ¡No, parece que falta algo! 

Tras analizar su “cheklist” empezó a juntar varios elementos:

Ironía… el antagónico debe ser irónico. (La ceja levantada y la sonrisa de lado para acentuarlo)

Corriente ideológica contraria a la aceptada por el sistema. Que lea, que lea todo y luego emita juicios acertados, duros e incómodos.

¿Modelo? Modelo 77, para que en su edad adulta haga ruido en un mundo neoliberal, clasista, injusto, desequilibrado, silencioso y aletargado.

Preferencia sexual: mujeres, más de 100 en su inventario

Estado civil: libre, nómada, ermitaño (incluso podrían llamarle autista sentimental)

Molde: estatura media, tez morena clara, ojos profundos, burla a la vanidad, ágil para saltar muros y cercos ajenos en plena huida de la mediocridad.

Le puso pies, le puso piernas, brazos y manos, le agregó sueños y lo condimentó con un saborcito amargo, que lo pruebas y después de un puchero, quieres probar más.

Corazón acorazado, protegido, fragilidad de hierro… o tal vez, como el hombre de hojalata, va por la vida buscando el corazón, que tras tanto barrote lo considera perdido.

Le adornó la mano con un bolígrafo como apéndice, ágil, rápido y mordaz.Le puso interés en las letras, en la economía, en la política… incapaz de subirse al caballitoPolo o al barquitonáutica.

Así lo creó, un blanco o un negro, pero jamás el hombre del traje gris. Lo podrías amar (PRECAUCIÓN: actividad poco recomendable para ellas incapaces de volar) o querrás detestarlo, pero nunca te será indiferente.

Presencia ambigua, nunca ambivalente, congruente e irreductible. Encanto y encantador, ágil para subir a las camas y para bajar a cualquiera de ella.

Así lo creo, en el octavo día, cuando todo estaba creado, pero faltaba él. Vio su obra terminada, con fallas y aciertos, sonrió de medio lado y lo llamó Muñequito… así lo nombró. 

Un abrazo desde mi oficina y el viernes que después de las 12 ya no debería ser laboral.
Condechi.

miércoles, junio 16, 2010

Buen Viaje.

"y la verdad no sé por qué
se me olvidó que te olvidé
a mi que nada se me olvida..."
(de una antigua canción)

Para ti, que tu viaje sea hermoso, enriquecedor, productivo...


Ahora, mientras preparas el equipaje y doblas cuidadosamente los sueños, mientras seleccionas la ropa y dejas fuera las pesadillas, mientras envuelves las sonrisas y pones en el fondo de la maleta las miradas, necesito decirte algo.  Claro, ya sé que podrías reclamar con la mirada enfurecida: "¡¿por qué hasta ahora?!" y el no menos agrio reproche del "¿¡cómo puedes...?!" que me provocaba risa y terminaba nuestras discusiones en un abrazo, mientras reprimía tu berrinche a besos.

Creo que alguna vez te dije, cuando leía una carta de tu puño y letra, con esa caligrafía redonda, apretada y plagada de corazones como puntos sobre las íes, que tienes el talento de conmover con tus palabras.  Todas.  Las dichas, las escritas, las que no hablas pero tus manos deletrean, las que no pronuncias pero tus ojos dictan, las que no elaboras, pero tu sonrisa grita.  Todas.

No sé si empezamos bien o empezamos mal esta historia (el "bien", el "mal", con tanto café de por medio, debieron aburrirse de ser discutidos).  Tampoco sé a ciencia cierta por qué sigo escuchando las canciones que te gustan y mucho menos sé la razón de sonreír sin motivo aparente, si tu gesto serio -de niña regañada- me viene a la memoria.  Pero tampoco es reclamo o inventario de tristezas.  Estoy seguro de haberte dicho que -contrariamente a mi preHistoria- no quería recordarte con tristeza o nostalgia.  Y así es.  Todos los días, antes de iniciar las labores pienso un poco en ti y no le cobro peaje al suspiro que me recorre, ni le corto las ganas de ser sonrisa a lo que antes era mueca.

No sé si esta historia, La Historia, fue "buena" o fue "mala".  Sé que fue intensa.  Sé que cumpliste a carta cabal la promesa de hacer que pensara en ti veinticuatro por siete. También sé que eso de pensar en ti tuvo mucho que ver con descifrarte y que muchas veces tuve que cerrar los ojos, moderar la voz y tomarme no pocas pastillas de valemadrina mientras te desvivías en adjetivos y caminabas en círculos alrededor mío.  No sé si te conozco o te predigo.  No sé, nunca supe, si eras una "femme-fatale" o una niña que necesitaba ser consentida la mayor parte del tiempo.  Quizás eras un poco de ambas. (Ahora mismo me estoy riendo de aquella vez que te dije con ambas manos frotándome la cara: "¡¿por qué nunca te completo el kilo?!").

Como verás, gerbera, yo no he olvidado nada.  No quiero. Sé que las personas no olvidamos, gerbera, lo más que alcanzamos a hacer es soslayar, archivar, guardar las experiencias. Pero todo sigue aquí, conmigo. Todo: la manera en que acariciabas el cabello y lo pasabas de izquierda a derecha cuando querías decir algo importante y que yo centrara mi atención en ti; el suspiro y la mirada severa cuando encendía "ese cigarro de más"; el perfume que dejabas cuando rompías una discusión con el "no quiero hablar contigo"; los silencios de complicidad después del beso de despedida... todo.

"Evidentemente" (no sé qué cara ni qué voz hago cuando digo eso pero sé que te ríes cuando digo "evidentemente"), las historias así de intensas terminan en el altar o en el panteón.  Y bien sé que estábamos más cerca del segundo que del primero (y no viceversa).  Tal vez por eso, gerbera, te dije que "a veces, el amor no es suficiente para mantener a dos personas juntas".  Claro que puedo adivinar tu expresión: cejas levantadas y tu mirada buscando moscas en el techo, porque esto tampoco es del todo cierto para vos. 

Por eso ahora, gerbera, mientras preparas el equipaje y escondes las lágrimas en el compartimento que no abres,  mientras ordenas -como sólo tú y Dios saben- estas palabras, quiero decirte que deseo para ti la mejor de las vidas, la más linda de las experiencias, que tengas éxito y que hagas un mundo mejor. Buen Viaje.

Vale pues.  Salud y que los aeropuertos sean terminales de esperanza.

Ulises, desde las diez y media de un miércoles con café, cigarro y nubes.

jueves, mayo 06, 2010

Onírica

La vida es sueño
Calderón de la Barca

Soñar tu llegada de negro, amarillo o blanco. Soñar que vienes. Soñar que no vienes. Me da igual. Soñarte de vestido, falda o pantalón. Soñarte tanto. Soñarte por los bares testigos. Soñarte por las calles desnudas. Soñarte con desaciertos, con desatinos, con nostalgias mudas. Soñarte en el desayuno, en la comida, en el noticiero. Soñarte desde el Trópico de Cáncer hasta la libertad. Soñarte desde la Patagonia hasta el encierro.

Soñar soñando que me sueñas. Sin tiempos. Sin arañazos. Sin sonrisas. Soñarte por todos los recovecos, por los hoyos de las paredes. Soñarte sin pausas. Soñarte también sin prisas. Soñarte en todas partes, a todas horas. Soñarte mientras me está besando. Soñarte con el invierno, con la lluvia y con el sol en todo lo alto.

Soñarte al destierro, al tres por uno; soñarte como destino, soñarte con desatino. Soñarte para dibujarte. Soñarte para desdibujarte. Soñarte en ruinas y soñarte en el imperio de mi soledad. Soñarte por las calles que lloran pavimento, por los bostezos y soñarte con cada uno de los perros. Soñarte en la distancia. Soñarte sin tiempo y a espacios cortos. Soñarte por los desiertos repletos de lluvia.

Soñarte a oscuras, con poesía. Soñarte de frente a la nada. Soñarte al teléfono. Soñarte por la casa vacía. Soñarte acariciando en el sueño tu mirada. Soñarte naufragando entre las sábanas. Soñarte casi por vocación. Soñarte cada doce o quince respiros. Soñarte con esa sonrisa que me mira desde ninguna parte. Soñarte con la parranda de tus letras y con la agonía de la desidia. Soñarte por las lágrimas que convoco frente a tu fotografía. Soñarte rápido. Soñarte lento. Soñarte esperanzado y sin esperanza. Soñarte entretenido en otras pieles. Soñarte desde hace tanto tiempo.

Soñarte porque sí. Soñarte para que no te olvide. Soñarte porque no te olvido. Soñarte aún despierto. Mucho más soñarte cuando estoy dormido. Soñarte bailando de tristeza. Soñarte sin faltas de ortografía. Soñarte cansado. Soñarte viejo. Soñarte canoso. Soñarte de una sola pieza. Soñarte con desenfreno y hedor a melancolía. Soñarte en auto, a pie, en camioneta. Soñarte a la alza, a la baja, a la compra y a la venta. Soñarte de tarde aunque sea muy tarde. Soñarte madrugada y no querer que amanezca. Soñarte y maldecir el sueño.

Soñarte y bendecir el sueño. Soñarte porque me haces falta. Soñarte para que no me hagas falta. Soñarte porque te extraño. Soñarte porque te necesito. Soñarte porque soñando es la única manera de poderte besar sin pedir permiso. Aunque no existas. Aunque no haya sido cierto este sueño. Soñarte para inventarte, aunque todos se mueran de risa porque “cómo va a ser posible que un sueño se convierta en realidad.

Vale pues. Salud y que el sueño no nos sueñe.

Ulises, en el sueño que sabe a vida.  Sólo porque lo pediste.

Medio Día


"Y al mediodía, me di cuenta que tenía -aún- medio día para seguirte queriendo..."

Porque sé que no me vas a cambiar, ni lo quieres; porque sé que no te puedo cambiar, aunque quiera.  Porque este encuentro fortuito de dos miradas, tres palabras, cuatro besos y no sé cuántos cafés.  Porque son pocas las veces que te quedas callada; porque son muchas las que me dejas callado. 

Por tu sonrisa malévola, por la mirada inquisitiva, por esa manera de desarmarme sin otro pretexto que el "¿todavía me quieres?", por mi espera del mensaje en el celular.  Por la irritabilidad cuando no te sé.  Por la manía de cerrar los ojos y sonreír en automático cada que escucho tu voz a media tarde (o por las mañanas, o en la noche antes de dormir sin descansar). 

Porque me falta tiempo (siempre el pinche tiempo), para seguirte contando historias y bobadas; porque te sobra tiempo para despedirte en la puerta del auto.  Porque tu perfume se queda entre mis manos y no me atrevo a preguntarte cuál es. Por el abrazo posfechado que no logro contener.  Porque a veces quiero secuestrarte el fin de semana entero y privatizarte (mira nada más al comunista privatizador); porque todavía no me queda claro si eres zurda o diestra; por el tatuaje que sólo adivino; por las respuestas que no enuncias, que tampoco pronostico.

Porque no pasa un día sin que piense en ti; porque me has reinventado; porque no tienes temor de las etiquetas ni amor desbocado por las fiestas; porque eres dulce y sencilla; cursi y despiadada; sarcástica y linda; porque no tienes y quieres tener.  Porque sí y porque no; porque no fumas; porque odias que lo haga.  Por tus berrinches y la risa que me has nacido; por mi vodka y por tu vino; por las tantas veces que no te conozco, te adivino.

Porque es mediodía, porque no tengo mejor pretexto para decirlo, porque me doy cuenta que "no hago otra cosa que pensar en ti..." al medio día de un jueves que antes era cobarde, que hoy no tiene precio... Por ti.

Vale pues.  Salud y un abrazo.

Ulises, pensando en tooodo lo que tiene que hacer, las pocas ganas que tiene de hacerlo y las ganas que tiene de verte.

viernes, abril 23, 2010

Escribir Sobre Ti

"- Te extraño y aún no me dejas...
- Te extraño y aún no te tengo"
(leído en alguna parte)
Quiero escribir sobre ti.  Así.  Literal.  Sin eufemismos ni acercamientos, sin aproximaciones ni de manera figurada.  Tampoco creas que decir "escribiré sobre ti" es como decir "escribiré acerca de ti."  No.
Escribiré sobre ti, literalmente y con vena literaria, con la sabia paciencia y con la paciencia de la savia.  Con léxico simple como un beso y sin endecasílabos, pero sí con suspiros.  Voy a hacerte renglones de saliva para trazar a ciencia cierta, a corazón abierto, algunos cuantos cuentos que es imperioso lloverte entre el paréntesis de tus muslos. 
A ojos cerrados (única manera de escribir sobre ti) voy a fraguar enunciados de caricias, caricias anunciadas.  Me tomaré el tiempo para resbalar por tus pies y hacer párrafos concretos, que por pequeños van a caber entre los dedos.  En las piernas sobrias haré miles de borrones con mis manos para que mis labios-lápiz se deleiten en los márgenes de tus rodillas.  
Si acaso asoma un punto y aparte, mi inexperta tinta tendrá a bien ser paciente para tomar un descanso en la espiral de tu cintura y volver a iniciar, con sangría y a espacio cerrado -en ese cerrado espacio que es tu vientre- otro cantar de letras, una y mil letras cantadas, sin lógica, con invención de nuevas palabras, sólo para decirte cuánto te espero. 
En la hoja pautada de tu corazón, con esa pautas doble raya, cuadrícula milimétrica, trazaré epílogos y prólogos de finales sin inicio, de figuras y cuerpos que tendrán el cuerpo de tu cuerpo.  Sólo así sabré que no soy mal escritor. 
Y si acaso logro la perfección de tu espalda, hoja en blanco, en ese lúdico receso voy a hacer un graffiti con las letras de tu nombre que, navegando a la deriva, sin luz ni faro, ni destino ni puerto, me pertenecen. 
Verás que todo esto es cierto cuando prodigue en tu cuello los epígrafes y los acentos -con especial acento en el mordisco sobre tu lóbulo izquierdo.  Quizá necesites algo más que unos puntos suspensivos para -finalmente- asumir que vos sos sobre quien escribo.  Así, de esta manera -única por cierto- mis dedos dibujantes, lápices de colores, van a hacerte el rostro de tonalidades no imaginadas.
 Sólo cuando haya terminado ese libro de tantas y tantas materias: dibujo, poesía, música y qué sé yo qué más, podrás asegurar, podré sentenciar, podrás decir, podré decir -sí, entonces sí- que sos un libro abierto, y que necesitas ser escrito una y mil veces más.


Vale pues.  Salud y que la tinta no se acabe después de la palabra FIN.
U.

miércoles, marzo 31, 2010

Fugas Perpetuas

García Márquez escribió hace mucho tiempo que el suyo era un "amor de fugas perpetuas". Cómo explicarte que esto a lo que no sé ni cómo llamar es también una eterna huida del centro del corazón. A veces he pensado citar aquello de "hay momentos en que quisiera mejor rajarme..." pero sigo.

Con el corazón en una mano, el cerebro en la otra, he terminado por tirarle el primero a los perros que lo han repartido a trozos iguales; el segundo -ya lo dijo alguien- de por sí no funcionaba, así que lo he guardado en uno de esos vitroleros antiguos, en formol.

¿Será posible que no pueda yo explicar cómo veo que podrían ser las cosas? ¿Será posible que tenga que suspirar profundo y volver a tomar aire para decirte de mil maneras que hay cosas tan reales que pueden parecer ficticias? ¿Será posible?. Quién sabe.

Lo que sí sé es que hace mucho que no te dedicaba letras. Lo que sé es que trasciendes, que te llevo bajo la piel, en cada paso, con las palabras, en silencio, en la canción de la radio, en este texto breve, brevísimo, que no termina de decirte todo lo que se siente de este lado del mundo.

Vale pues. Salud y un abrazo.

Ulises, a las dos y media de la mañana, pensándote.