sábado, octubre 02, 2010

Dos de Octubre. De Olvidos y Reencuentros.

"... cuando se hallan dos balas
sobre un campo de guerra
algo debe ocurrir..."
(Silvio Rodríguez, "La Familia, La Propiedad Privada y El Amor")


Para vos, porque si lo lees, te encontrarás.

Cuenta la leyenda que estuvieron juntos en esa reunión. Ella, muy joven y él no tanto. Ella alumna de la Facultad de Filosofía, él, clases de Revolución. Ella tenía ojos grandes y muy claros, él tenía siempre el ceño de quien va al ataque. Pero ahí estaban. Era dos de octubre (ella, ¿ olvida?).

Ella se atrevió a preguntarle por la cicatriz en la barbilla, él se movía nervioso mientras jugaba con un botón del vetusto saco porque nunca una mirada le había auscultado tanto.

Ella y su falda hippie, él y su traje sesentaydos que sabe a sesentayocho. Ni se inmutaron cuando vieron aparecer a los primeros oradores, ella comentó algo de un libro, a él le sorprendió que –a su edad- ella lo hubiera leído. Ella marcaba el paso con las ideas por delante, él no tenía más paciencia para dar. Pero ahí estaba. Dos de octubre (no lo olvido).

El año, no lo sé bien, pero ella tenía ese rubor que nunca se le iba a quitar, aunque después su rostro podría ser vapuleado por unas cuantas balas y su sonrisa incandescente estaría sepultada en el Campo Marte.

Él tampoco tenía esperanzas de salir indemne de esa quimera. Así que se tomaron fuertemente las manos, porque así mandan los cánones del compañerismo. En ella latían un millón de estrellas y en él todos los soles se habían apagado. Pero ella le dio la esperanza y la fe que este mundo podría ser mejor.

 Él empezó a tararear la Internacional y ella, con miedo, le seguía los acordes porque lo que más quería era sentirse protegida.

Cada abrazo de ella, en el sigilo ensordecedor de la plaza, le hacía sentir –a él- que acababa de encontrar al diamante que había buscado. No tenía idea de cuántos mayos, octubres o navidades les separaban. Ya para cuando las arengas, ya para cuando las consignas gritaban el movimiento urbano, ellos se fundieron en un beso. La lengua táctil de ella se entreveró en el furioso combate con los labios tabaco de él. Era dos de octubre (no lo olvides)

Se miraron a los ojos y volvieron a comerse los labios durante la bengala que recorrió el cielo. Ellos ni por enterados. Ella llevó una mano al rostro de él y le juro no olvidarla. Él, por su parte, menos hecho para esos menesteres de la ternura, le abrazó y le juró un “para siempre”.

Luego, vos sabés, los del guante blanco, los milicos, la separación, el cada quién por su lado, el sálvese quien pueda, el puto sistema asaltando los sueños y los labios de ella, tan besables, tan mordisqueables, tan adorables, tan suyos, tan de él, tan lejanos que nunca pudo besar otra vez. La mirada de él, desde entonces tan vacía, los gritos, la impotencia, las balas cruzando el aire, las tanquetas, el ruido de la metralla, la familia que se calla, el edificio donde lo escondieron… la certeza de que nunca volverían a ser. Fue dos de octubre (no lo olviden).

El tiempo es una broma de una mente macabra. Y muchos años después. Él, comido y carcomido por el sistema, con el doctorado y la cátedra universitaria, con el paso lento, los lentes de aumento, el parkinson avanzado, encuentra a una mujer de ojos claros, muy claros, de mejillas encendidas y sonrisa maligna. Ella sigue vistiendo la falda hippie, tiene –también, qué cosas- un doctorado, pero en Revoluciones y no se cansa de luchar.

Al viejo la mirada cansada, los pasos lentos, los pocos cabellos, se le encienden. Ella duda un poco, detienen ambos sus caminos, siempre en contrasentido. Ella sonríe. Él carraspea. Son Casi Felices. Él pregunta: “¿sos vos?”

Y ella desde sus más añejos recuerdos, amarrando las ganas, sólo atina a lanzar el dardo envenado del sarcasmo: 2 de octubre no se olvida, ”Doctor”…

Vale pues. Salud y que la tradición, el conformismo, "la familia, la propiedad privada, el amor" y el pedigree no os ganen la partida de la conciencia
 
Ulises, en el dos de octubre.

miércoles, septiembre 08, 2010

Para bien o para mal

"... y si me cae una aventura, la revuelco en el sofá
por no herir al recuerdo que se anida entre el colchón..."
(de alguna canción cursi )

Sé bien que te extrañará esta carta que no hace gala de remitente, y tampoco destinatario.  Sé bien qué es lo que sabes y qué es lo que tampoco sabes, sé bien que sonreirás cuando veas mis letras "muy apretadas y juntitas" como solías llamarle a esta caligrafía que quería decirte muchas cosas en poco espacio.

Sé bien que no recuerdas nada de mí, y tampoco te culpo.  No. Espera. No pretendo "tirarme para que alguien me levante", es simplemente que cuando uno empieza la vida de matrimonio, hijos, intereses hipotecarios, el "debo", "tengo", "hago", "soy" y todas esas cosas, le queda tan poco tiempo para pensar el pasado, que lo mejor es  olvidarlo...

Será pues que yo, que sigo soltero, -¿sí te había dicho?- tengo a septiembre como algo sagrado. Porque, vaya pues, que en este mes, naciste.  Y bueno, ya sabes cómo soy para las fechas (cinco de enero, once de mayo, doce de junio, veintitrés de julio, dieciocho de agosto, y tantas más), así que no te extrañe que te festeje.

Claro, esto no tiene mayor trascendencia que la que vos (Virgo) y yo pudiéramos darle.  Pero si te hago inventario de recuerdos, si hago una fiesta por tu cumpleaños es porque gracias a ti comprendí todo de la vida. Y cuando digo todo, es realmente TODO. 

Aprendí a confiar para no buscar pretextos, aprendí a limpiar una lágrima cuando es sincera, aprendí -y mira qué cosas- que los celos no son sino esa manera de decirme "quiéreme más que a nada"; aprendí que cuando se calla es cuando más se habla; aprendí el valore de una mirada, el sabor de un beso, la vida antes -y después- de un abrazo, el valor cualitativo -y también el cuantitativo- de una mirada. Aprendí que cuando alguien dice "abrázame" es porque necesita que la cuides, y también que cuando alguien cocina para ti es porque quiere ser especial... Mar: aprendí tanto de ti.

Evidentemente también aprendí la ambigüedad y el "sí, pero no", el "no eres tú, soy yo", aprendí tantas cosas de ti, Mar, que cuando alguien quiere jugar a eso del gato y el ratón, de policías y ladrones, de guerrilleros contra federales, la dejo ser, pero luego de dos bostezos, me da por terminar el juego sin mayores "diplomacias".

Todo lo que pude aprender del mundo, Mar, lo he aprendido de vos.  El beso sin premisas, el perfume sin esperanzas, la mirada sin pesquisas, dormir cuidándote la espalda.  Claro que te recuerdo, pero por supuesto que te recuerdo!.  Eres mi referente, mi mejor paradigma, mi tasa de comparación.  "mi", "mi", "mi"... bueno, vos sabés: "Cómo amar sin poseer?!"

Pero vaya, que todo esta carta insulsa, de ocho y media de la mañana, de lunes 13 de septiembre, de "no remitente-no destinatario", sólo es para desear que vivas muchos, pero muchos, muchísimos años más.  Porque has sido, quien me construyó:  PARA BIEN ... O PARA MAL.

Vale pues.  Salud y sabed La Mar es, antes de todo, después de todo, por siempre, amén

Ulises, haciéndola de "pastor" ;)

lunes, agosto 16, 2010

Miércoles

"Toma mi mano,
toma estos cinco hilos del desierto
y enlázate con ellos el amor
donde te arena el llanto"
 Eduardo Mazo (poeta argentino)

Esa mañana de miércoles, Diego se levantó menos pesimista que de costumbre.  Hacía poco tiempo que el hospital le había expulsado por falta de méritos y si acaso el collarín, que todavía le recordaba su paso por aquellas camas sin triunfos, era un vestigio, una molesta memoria de que algo faltaba para merecer la palabra "Vida" (así, con mayúsculas), las demás caras del poliedro de su cotidiano deambular parecían luminosas: un trabajo -el primero- con retos y proyectos; una familia recién cercenada pero medianamente tranquila, la seguridad del último paso a medio piso...y el recuerdo de la niña de los lentes, la universitaria "puro-diez" que no pudo ser por pura soberbia. Todo -o casi todo- marchaba sin "sobresaltos"...

Así que él, que para eso del "arriba y adelante" se pintaba solo, tuvo a bien escuchar las noticias y la música sin el humor tamaño pesadumbre, con las huestes del optimismo bien enfiladas a la oficina y cuando abordó el taxi, le dio los buenos días al "Gallo" (conductor avieso, si los hay), con una sonrisa total.  Luego la oficina: como en una de esas tareas de línea de producción, encendió la quackintosh -como él la llamaba, se sirvió el primer café del día, y le dio la bienvenida al nuevo sol, en un ritual secreto que sólo él y Dios entendían.

No es que Diego fuera muy religioso, es que sabía -bien que sabía- que Él (quien quiera que fuese) le había dado el pase para gol y así vencer a La Flaca a menos de dos minutos del pitazo final.  Por eso tenían un diálogo matutino, con la escena cursi y bucólica de los pajarillos amaneciendo a los gritos, es decir, a los cantos, con el sol asomándose, bostezo de por medio.  Desde el segundo piso de la oficina-cadalso, la vida parecía buena, casi podría decirse feliz.  Sería por eso que Diego se atrevió y le dio un largo sorbo al café.

Suspiró una, dos, tres veces.  Fue directo a la mac y revisó tranquila, pausada, certeramente, las tareas por cumplir: el rediseño del portal educativo, las cuatro juntas que le provocaron un mohín de fastidio y la orientación a usuarios, que le hacía sentirse un poco menos parásito dentro de La Organización.  Se impuso otro trago al café.

Con singular apego a la rutina (hombre predecible, habría que ver),abrió el correo y el primer escalofrío injertado en sonrisa le recorrió de arriba a abajo cuando descubrió, entre toda la publicidad, entre todos los requerimientos y recomendaciones, las seis letras del nombre, el apellido de siete y, sin saber por qué, respiró profundo, para estallar en una carcajada, una de las más sinceras -quizá- que había tenido y quien sabe, que tendría.

Diego, el de las nueve con diez de la mañana de ese miércoles, era realmente otro, tenía la mirada encendida de impaciencia, de esperanza (si es que no son la misma cosa). Así que se preparó otro café, y sonriendo, con la vista fija en ningún lado, lo bebió lentamente.  Regresó a su lugar y, con la misma calma absurda, casi desesperante, revisó uno a uno los correos, casi regodeándose en el masoquismo de postergar, para el final, el nombre seis letras.

Y como no hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla,a las nueve treinta y cuatro de ese miércoles dieciseis de agosto, descubrió que ella amaba a Benedetti, que tenía cuatro, cinco y a veces hasta seis puntos suspensivos; que necesitaba hablar -o escribir, vaya usté a saber- tanto como él; que redactaba fluido y  con dos o tres faltas de ortografía, que era unigénita -también?, no, qué cosa!, que Cortazar y el Bestiario, que Gabo le había firmado uno de sus libros, que era perfeccionista y no fumaba ni tomaba, que podía ver tres películas de cine de arte al hilo, que era una Gandhi-holic y procuraba mantenerse alejada de las librerías en quincena.

Hilvanaba sonrisa tras sonrisa, suspiro tras supiro (por cursi que parezca). ¿Cómo? -se preguntó ¿cómo es que todas esas letras etán atrapadas en un solo nombre?. Repaso una y otra y otra vez, las letras: bit a bit, byte a byte, los juegos de palabras, el sarcasmo apenas disimulado, la fascinación por el fondue de chocolate de Los Danzantes, el tanto y de tantas maneras, los besos nocturnos y desvelados, la compatibilidad que los astros jamás quisieron, en fin...

Cuando terminó de leer, supo que ese miércoles le iba a marcar un antes y un después.  Quién sabe, tal vez terminarían sin haber comenzado, quizá con el paso del tiempo, se olvidarían el uno del otro... o tal vez no. Probablemente, diez años después, él escribiría que ese miércoles fue el más original, el de la casualidad (o azar? preguntaba Ella), el del Destino (si es que eso existe), tal vez, diez años después, él, desde el recuerdo, le escribiría una carta sin remitente ni destinatario, "Para Bien o Para Mal" ...

Vale pues. Salud y que el Alzheimer no toque a las puertas del corazón.
 
U.

miércoles, agosto 04, 2010

Trapo

Caído después de perder la irreductibilidad casi testaruda que siempre le caracterizó. Así se desparrama, sobre el teclado infame, fiel amigo, compañero y cómplice creativo, tras haber definido su estado como unido a alguien en un relación, que hace dos o tres días, le resultaba imposible y era un “nunca más”.

Ceguera temporal o apendejamiento virtual, suma de las dos o tal vez ninguna. Así la toma de la mano, para recorrer brechas imaginarias (irreales diría alguna), aferrándose a una mariposa, que ni siquiera puede ni sabe volar.

Clama ilusión temporal, optimismo excedido y por un segundo, anuncia que hay confianza y creencia, querencia y entrega.

No, yo tampoco lo creo, pero así está sucediendo y así se lee, escrito, remarcado y subrayado en muros, paredes y ventanas.

El Muñequito ya no es un muñequituserectus y sin más ni más, tras ese acto, se rompió la espina dorsal de su congruencia y se desvaneció reduciéndose a un… Muñequito de Trapo.

Tranquilos todos, no es señal apocalíptica, porque todavía recuerdo, que él decía aquello de “todos los finales…”.

Condechita sonriendo de lado y pensando… “¿no que no?”.

martes, julio 27, 2010

Mariposa

Imagina que me da por ser ingenuo y por creer que todavía los finales pueden ser distintos y que incluso podrían sorprenderme. Supongamos que te creo y que decido subirme al caballitopolo, o siendo más osados, que me embarco en el yatenáutica y me da por observar la vida a través de un polarizadoarmani. Digamos que entonces, me aferro a alguna tonada empalagosa tal vez pegajosa, que me dice que los opuestos se atraen y me convence que yo sin ti y tú sin mí ya no somos dos y somos uno en realidad.

Entonces me diría que esa pose, que usualmente me parece eso, y no una forma de ser, es auténtica y que en verdad serías esa modelo de pasarela, esa mercadólogachavitabien, que está dispuesta a caminar junto a un profesor, maestro, escritor, con alguna inclinación a la izquierda, del que se han dicho cosas mucho peores.

Digamos que entonces nos arrancamos las etiquetas y serías sólo tú y sólo yo. Digamos que te tomo de la mano, te paseo como adorno en este paso sin tregua que llevo por la vida. Entonces podría subirme a un convertible o a un todo terreno, contigo como copiloto, seguro que sin importar la velocidad, o lo accidentado del camino, llegaríamos (aunque a pesar del optimismo, todavía no sé a dónde).

Por unos cuantos instantes, me podría despojar de esta necia tendencia a analizar y desechar todo aquello que me parezca superficial y banal. Podría incluso creer que lo escrito en un muro es verdadero y que presagia un futuro de final feliz.

Tal vez me convencería que las mariposas no están hechas para volar y que posada ahí, en ese lugar donde antes pensé que era absurdo colocarla, ahí está ella anunciando el amor verdadero y el inicio de este nuevo lovpareid.

Pero entonces, si todo esto pasara, ¿en qué momento, esa mariposa que se aferra a golpear en mi ventana, me convencería de que las mariposas vuelan y me traería de vuelta a la realidad?

Condechita, practicando su telepatía.

viernes, julio 23, 2010

Plastilina

Solo casi solitario, él y su lucha, él y sus recuerdos, él y sus anhelos, él y ese pesimismo pragmático que le confirmaba la teoría: Ella no existe.

A pesar de las premisas y los resultados negativos, haciendo a un lado paradigmas, se aventuró, por la calle de la ilusión, esquina con Reforma y la vislumbró a lo lejos, parada en un camellón, esperando el siga y posando mientras esto sucedía.

Tomó el molde, cuerpo de proporciones antojables y la frente un poco más alta que otras, y se la llevó a un café. Con el molde entre sus manos, estrechó un poco más su cintura y le acentuó los senos, le dibujó cabello largo y le agregó un gusto musical ecléctico.

Jugando el molde entre sus manos se atrevió a soñar. La tomó de la mano, y la gente los voltearía a ver, los hombres preguntando cómo le hizo y las mujeres, antojadas de ser llevadas de esa forma. Sería el adorno perfecto en reuniones, su copiloto en el deportivo de la vida, agregándole estética al sendero de lucha.

Aferrado a su mano e incluso más al sueño, la condimentó con una cierta dulzura, casi empalagosa. La salpicó de caprichos un tanto banales que antes de molestar, podrían producirle sonrisas. La adornó de aristocracia y la llamó princesa. La realeza a su lado, no le vendría mal al entrar a la charcutería o al palacio (de hierro).

El molde logró empatar perfectamente sus manos (las de él) con las de ella. Entonces (él) se atrevió a seguir soñando, le escribió más de dos renglones y el molde comenzó a escribir en respuesta, casi como dos que adornan un muro cibernético, que irónicamente parece real.
Cada vez que la lee, (él) se permite soñar y se imagina que esta vez sí, que esta vez será. Con Sabina mordiéndole la oreja, y advirtiendo que tal vez tendría la falda muy corta, que tal vez su frente estaría muy alta, lo ignoró y le agregó el último adorno: la mayúscula.

Cuentan que la llama Ella y que esta vez, esta vez sí será, aún cuando a veces, el olor a plastilina le gruñe recordándole que tal vez, sólo sea un molde.

Condechita con el emepetres de Sabina, que le dice: y sin embargo te quiero.

viernes, julio 09, 2010

La Creación

El séptimo día descansó… pero el octavo día pensó que no era suficiente. El antagonismo no podía quedar en manos de una figura de cuernos, cola y traje carmesí.  La serpiente, después de mucho arrastrarse, terminaría por perder su gracia y papel estelar. 

Los animalitos, los otros no tan animales, el mar, el cielo, las estrellas… ¡No, parece que falta algo! 

Tras analizar su “cheklist” empezó a juntar varios elementos:

Ironía… el antagónico debe ser irónico. (La ceja levantada y la sonrisa de lado para acentuarlo)

Corriente ideológica contraria a la aceptada por el sistema. Que lea, que lea todo y luego emita juicios acertados, duros e incómodos.

¿Modelo? Modelo 77, para que en su edad adulta haga ruido en un mundo neoliberal, clasista, injusto, desequilibrado, silencioso y aletargado.

Preferencia sexual: mujeres, más de 100 en su inventario

Estado civil: libre, nómada, ermitaño (incluso podrían llamarle autista sentimental)

Molde: estatura media, tez morena clara, ojos profundos, burla a la vanidad, ágil para saltar muros y cercos ajenos en plena huida de la mediocridad.

Le puso pies, le puso piernas, brazos y manos, le agregó sueños y lo condimentó con un saborcito amargo, que lo pruebas y después de un puchero, quieres probar más.

Corazón acorazado, protegido, fragilidad de hierro… o tal vez, como el hombre de hojalata, va por la vida buscando el corazón, que tras tanto barrote lo considera perdido.

Le adornó la mano con un bolígrafo como apéndice, ágil, rápido y mordaz.Le puso interés en las letras, en la economía, en la política… incapaz de subirse al caballitoPolo o al barquitonáutica.

Así lo creó, un blanco o un negro, pero jamás el hombre del traje gris. Lo podrías amar (PRECAUCIÓN: actividad poco recomendable para ellas incapaces de volar) o querrás detestarlo, pero nunca te será indiferente.

Presencia ambigua, nunca ambivalente, congruente e irreductible. Encanto y encantador, ágil para subir a las camas y para bajar a cualquiera de ella.

Así lo creo, en el octavo día, cuando todo estaba creado, pero faltaba él. Vio su obra terminada, con fallas y aciertos, sonrió de medio lado y lo llamó Muñequito… así lo nombró. 

Un abrazo desde mi oficina y el viernes que después de las 12 ya no debería ser laboral.
Condechi.

miércoles, junio 16, 2010

Buen Viaje.

"y la verdad no sé por qué
se me olvidó que te olvidé
a mi que nada se me olvida..."
(de una antigua canción)

Para ti, que tu viaje sea hermoso, enriquecedor, productivo...


Ahora, mientras preparas el equipaje y doblas cuidadosamente los sueños, mientras seleccionas la ropa y dejas fuera las pesadillas, mientras envuelves las sonrisas y pones en el fondo de la maleta las miradas, necesito decirte algo.  Claro, ya sé que podrías reclamar con la mirada enfurecida: "¡¿por qué hasta ahora?!" y el no menos agrio reproche del "¿¡cómo puedes...?!" que me provocaba risa y terminaba nuestras discusiones en un abrazo, mientras reprimía tu berrinche a besos.

Creo que alguna vez te dije, cuando leía una carta de tu puño y letra, con esa caligrafía redonda, apretada y plagada de corazones como puntos sobre las íes, que tienes el talento de conmover con tus palabras.  Todas.  Las dichas, las escritas, las que no hablas pero tus manos deletrean, las que no pronuncias pero tus ojos dictan, las que no elaboras, pero tu sonrisa grita.  Todas.

No sé si empezamos bien o empezamos mal esta historia (el "bien", el "mal", con tanto café de por medio, debieron aburrirse de ser discutidos).  Tampoco sé a ciencia cierta por qué sigo escuchando las canciones que te gustan y mucho menos sé la razón de sonreír sin motivo aparente, si tu gesto serio -de niña regañada- me viene a la memoria.  Pero tampoco es reclamo o inventario de tristezas.  Estoy seguro de haberte dicho que -contrariamente a mi preHistoria- no quería recordarte con tristeza o nostalgia.  Y así es.  Todos los días, antes de iniciar las labores pienso un poco en ti y no le cobro peaje al suspiro que me recorre, ni le corto las ganas de ser sonrisa a lo que antes era mueca.

No sé si esta historia, La Historia, fue "buena" o fue "mala".  Sé que fue intensa.  Sé que cumpliste a carta cabal la promesa de hacer que pensara en ti veinticuatro por siete. También sé que eso de pensar en ti tuvo mucho que ver con descifrarte y que muchas veces tuve que cerrar los ojos, moderar la voz y tomarme no pocas pastillas de valemadrina mientras te desvivías en adjetivos y caminabas en círculos alrededor mío.  No sé si te conozco o te predigo.  No sé, nunca supe, si eras una "femme-fatale" o una niña que necesitaba ser consentida la mayor parte del tiempo.  Quizás eras un poco de ambas. (Ahora mismo me estoy riendo de aquella vez que te dije con ambas manos frotándome la cara: "¡¿por qué nunca te completo el kilo?!").

Como verás, gerbera, yo no he olvidado nada.  No quiero. Sé que las personas no olvidamos, gerbera, lo más que alcanzamos a hacer es soslayar, archivar, guardar las experiencias. Pero todo sigue aquí, conmigo. Todo: la manera en que acariciabas el cabello y lo pasabas de izquierda a derecha cuando querías decir algo importante y que yo centrara mi atención en ti; el suspiro y la mirada severa cuando encendía "ese cigarro de más"; el perfume que dejabas cuando rompías una discusión con el "no quiero hablar contigo"; los silencios de complicidad después del beso de despedida... todo.

"Evidentemente" (no sé qué cara ni qué voz hago cuando digo eso pero sé que te ríes cuando digo "evidentemente"), las historias así de intensas terminan en el altar o en el panteón.  Y bien sé que estábamos más cerca del segundo que del primero (y no viceversa).  Tal vez por eso, gerbera, te dije que "a veces, el amor no es suficiente para mantener a dos personas juntas".  Claro que puedo adivinar tu expresión: cejas levantadas y tu mirada buscando moscas en el techo, porque esto tampoco es del todo cierto para vos. 

Por eso ahora, gerbera, mientras preparas el equipaje y escondes las lágrimas en el compartimento que no abres,  mientras ordenas -como sólo tú y Dios saben- estas palabras, quiero decirte que deseo para ti la mejor de las vidas, la más linda de las experiencias, que tengas éxito y que hagas un mundo mejor. Buen Viaje.

Vale pues.  Salud y que los aeropuertos sean terminales de esperanza.

Ulises, desde las diez y media de un miércoles con café, cigarro y nubes.

jueves, mayo 06, 2010

Onírica

La vida es sueño
Calderón de la Barca

Soñar tu llegada de negro, amarillo o blanco. Soñar que vienes. Soñar que no vienes. Me da igual. Soñarte de vestido, falda o pantalón. Soñarte tanto. Soñarte por los bares testigos. Soñarte por las calles desnudas. Soñarte con desaciertos, con desatinos, con nostalgias mudas. Soñarte en el desayuno, en la comida, en el noticiero. Soñarte desde el Trópico de Cáncer hasta la libertad. Soñarte desde la Patagonia hasta el encierro.

Soñar soñando que me sueñas. Sin tiempos. Sin arañazos. Sin sonrisas. Soñarte por todos los recovecos, por los hoyos de las paredes. Soñarte sin pausas. Soñarte también sin prisas. Soñarte en todas partes, a todas horas. Soñarte mientras me está besando. Soñarte con el invierno, con la lluvia y con el sol en todo lo alto.

Soñarte al destierro, al tres por uno; soñarte como destino, soñarte con desatino. Soñarte para dibujarte. Soñarte para desdibujarte. Soñarte en ruinas y soñarte en el imperio de mi soledad. Soñarte por las calles que lloran pavimento, por los bostezos y soñarte con cada uno de los perros. Soñarte en la distancia. Soñarte sin tiempo y a espacios cortos. Soñarte por los desiertos repletos de lluvia.

Soñarte a oscuras, con poesía. Soñarte de frente a la nada. Soñarte al teléfono. Soñarte por la casa vacía. Soñarte acariciando en el sueño tu mirada. Soñarte naufragando entre las sábanas. Soñarte casi por vocación. Soñarte cada doce o quince respiros. Soñarte con esa sonrisa que me mira desde ninguna parte. Soñarte con la parranda de tus letras y con la agonía de la desidia. Soñarte por las lágrimas que convoco frente a tu fotografía. Soñarte rápido. Soñarte lento. Soñarte esperanzado y sin esperanza. Soñarte entretenido en otras pieles. Soñarte desde hace tanto tiempo.

Soñarte porque sí. Soñarte para que no te olvide. Soñarte porque no te olvido. Soñarte aún despierto. Mucho más soñarte cuando estoy dormido. Soñarte bailando de tristeza. Soñarte sin faltas de ortografía. Soñarte cansado. Soñarte viejo. Soñarte canoso. Soñarte de una sola pieza. Soñarte con desenfreno y hedor a melancolía. Soñarte en auto, a pie, en camioneta. Soñarte a la alza, a la baja, a la compra y a la venta. Soñarte de tarde aunque sea muy tarde. Soñarte madrugada y no querer que amanezca. Soñarte y maldecir el sueño.

Soñarte y bendecir el sueño. Soñarte porque me haces falta. Soñarte para que no me hagas falta. Soñarte porque te extraño. Soñarte porque te necesito. Soñarte porque soñando es la única manera de poderte besar sin pedir permiso. Aunque no existas. Aunque no haya sido cierto este sueño. Soñarte para inventarte, aunque todos se mueran de risa porque “cómo va a ser posible que un sueño se convierta en realidad.

Vale pues. Salud y que el sueño no nos sueñe.

Ulises, en el sueño que sabe a vida.  Sólo porque lo pediste.

Medio Día


"Y al mediodía, me di cuenta que tenía -aún- medio día para seguirte queriendo..."

Porque sé que no me vas a cambiar, ni lo quieres; porque sé que no te puedo cambiar, aunque quiera.  Porque este encuentro fortuito de dos miradas, tres palabras, cuatro besos y no sé cuántos cafés.  Porque son pocas las veces que te quedas callada; porque son muchas las que me dejas callado. 

Por tu sonrisa malévola, por la mirada inquisitiva, por esa manera de desarmarme sin otro pretexto que el "¿todavía me quieres?", por mi espera del mensaje en el celular.  Por la irritabilidad cuando no te sé.  Por la manía de cerrar los ojos y sonreír en automático cada que escucho tu voz a media tarde (o por las mañanas, o en la noche antes de dormir sin descansar). 

Porque me falta tiempo (siempre el pinche tiempo), para seguirte contando historias y bobadas; porque te sobra tiempo para despedirte en la puerta del auto.  Porque tu perfume se queda entre mis manos y no me atrevo a preguntarte cuál es. Por el abrazo posfechado que no logro contener.  Porque a veces quiero secuestrarte el fin de semana entero y privatizarte (mira nada más al comunista privatizador); porque todavía no me queda claro si eres zurda o diestra; por el tatuaje que sólo adivino; por las respuestas que no enuncias, que tampoco pronostico.

Porque no pasa un día sin que piense en ti; porque me has reinventado; porque no tienes temor de las etiquetas ni amor desbocado por las fiestas; porque eres dulce y sencilla; cursi y despiadada; sarcástica y linda; porque no tienes y quieres tener.  Porque sí y porque no; porque no fumas; porque odias que lo haga.  Por tus berrinches y la risa que me has nacido; por mi vodka y por tu vino; por las tantas veces que no te conozco, te adivino.

Porque es mediodía, porque no tengo mejor pretexto para decirlo, porque me doy cuenta que "no hago otra cosa que pensar en ti..." al medio día de un jueves que antes era cobarde, que hoy no tiene precio... Por ti.

Vale pues.  Salud y un abrazo.

Ulises, pensando en tooodo lo que tiene que hacer, las pocas ganas que tiene de hacerlo y las ganas que tiene de verte.

viernes, abril 23, 2010

Escribir Sobre Ti

"- Te extraño y aún no me dejas...
- Te extraño y aún no te tengo"
(leído en alguna parte)
Quiero escribir sobre ti.  Así.  Literal.  Sin eufemismos ni acercamientos, sin aproximaciones ni de manera figurada.  Tampoco creas que decir "escribiré sobre ti" es como decir "escribiré acerca de ti."  No.
Escribiré sobre ti, literalmente y con vena literaria, con la sabia paciencia y con la paciencia de la savia.  Con léxico simple como un beso y sin endecasílabos, pero sí con suspiros.  Voy a hacerte renglones de saliva para trazar a ciencia cierta, a corazón abierto, algunos cuantos cuentos que es imperioso lloverte entre el paréntesis de tus muslos. 
A ojos cerrados (única manera de escribir sobre ti) voy a fraguar enunciados de caricias, caricias anunciadas.  Me tomaré el tiempo para resbalar por tus pies y hacer párrafos concretos, que por pequeños van a caber entre los dedos.  En las piernas sobrias haré miles de borrones con mis manos para que mis labios-lápiz se deleiten en los márgenes de tus rodillas.  
Si acaso asoma un punto y aparte, mi inexperta tinta tendrá a bien ser paciente para tomar un descanso en la espiral de tu cintura y volver a iniciar, con sangría y a espacio cerrado -en ese cerrado espacio que es tu vientre- otro cantar de letras, una y mil letras cantadas, sin lógica, con invención de nuevas palabras, sólo para decirte cuánto te espero. 
En la hoja pautada de tu corazón, con esa pautas doble raya, cuadrícula milimétrica, trazaré epílogos y prólogos de finales sin inicio, de figuras y cuerpos que tendrán el cuerpo de tu cuerpo.  Sólo así sabré que no soy mal escritor. 
Y si acaso logro la perfección de tu espalda, hoja en blanco, en ese lúdico receso voy a hacer un graffiti con las letras de tu nombre que, navegando a la deriva, sin luz ni faro, ni destino ni puerto, me pertenecen. 
Verás que todo esto es cierto cuando prodigue en tu cuello los epígrafes y los acentos -con especial acento en el mordisco sobre tu lóbulo izquierdo.  Quizá necesites algo más que unos puntos suspensivos para -finalmente- asumir que vos sos sobre quien escribo.  Así, de esta manera -única por cierto- mis dedos dibujantes, lápices de colores, van a hacerte el rostro de tonalidades no imaginadas.
 Sólo cuando haya terminado ese libro de tantas y tantas materias: dibujo, poesía, música y qué sé yo qué más, podrás asegurar, podré sentenciar, podrás decir, podré decir -sí, entonces sí- que sos un libro abierto, y que necesitas ser escrito una y mil veces más.


Vale pues.  Salud y que la tinta no se acabe después de la palabra FIN.
U.

miércoles, marzo 31, 2010

Fugas Perpetuas

García Márquez escribió hace mucho tiempo que el suyo era un "amor de fugas perpetuas". Cómo explicarte que esto a lo que no sé ni cómo llamar es también una eterna huida del centro del corazón. A veces he pensado citar aquello de "hay momentos en que quisiera mejor rajarme..." pero sigo.

Con el corazón en una mano, el cerebro en la otra, he terminado por tirarle el primero a los perros que lo han repartido a trozos iguales; el segundo -ya lo dijo alguien- de por sí no funcionaba, así que lo he guardado en uno de esos vitroleros antiguos, en formol.

¿Será posible que no pueda yo explicar cómo veo que podrían ser las cosas? ¿Será posible que tenga que suspirar profundo y volver a tomar aire para decirte de mil maneras que hay cosas tan reales que pueden parecer ficticias? ¿Será posible?. Quién sabe.

Lo que sí sé es que hace mucho que no te dedicaba letras. Lo que sé es que trasciendes, que te llevo bajo la piel, en cada paso, con las palabras, en silencio, en la canción de la radio, en este texto breve, brevísimo, que no termina de decirte todo lo que se siente de este lado del mundo.

Vale pues. Salud y un abrazo.

Ulises, a las dos y media de la mañana, pensándote.

lunes, febrero 01, 2010

De las esperas, las esperanzas.

"... hoy primero del segundo del año..."
Alejandro Filio ("Brazos de Sol")

Un día sí, y otro también. Con esa imperceptible locura dentro de la razón. Teniendo como único compromiso la eterna fuga, como única constante el cambio. Así. Se encontraban por los pasillos de la oficina y ni siquiera se hacían una mirada cómplice. Para todos eran dos extraños, excepto para las estrellas y las canciones que se dedicaban en el mensaje del celular o el correo electrónico, perfectamente camuflado con otros nombres. Ya sabe usted, los avances tecnológicos también son cómplices del amor clandestino.
A veces, a medianoche, ella en la cama matrimonial; él, desde el cuarto de azotea con más goteras que proyectos, se suspiraban. Eran pacientes en la espera, desesperados en la esperanza. Se habían encontrado y tal vez -aunque lo supieran- no se resignaban a saberse mutuamente victoriosos en esa batalla simple contra el destino.
Hasta que ambos, quizá por ética, vanagloria o soberbia, se dijeron, viéndose a los ojos: "te quiero". No se sabe, porque eso nunca se sabe, quién disparó primero las palabras. Pero a partir de ese día, ella -o Ella, sería Ella?-corría sin importar nada al encuentro de él en el primer café de la mañana. Él sonreía porque, dígame usted, qué más se puede hacer en estos casos sino sonreír sin decir ni media palabra.
Y él repetía a solas, "te quiero, te quiero, te quiero". Ella suspiraba quedito, con cuidado, con precaución y sin miedo, en el disparo de adrenalina que les alcanzaba para soportar un día más en su espera, un día menos de esperanza.
Así pasaron por los días, las semanas, los meses... Y tampoco sé -porque el destino es aleatorio en esos rubros- en qué terminó la historia. Quizá no terminó y encontraron un lugar para tener y retenerse. Tener la esperanza, retener la espera. Tal vez se dieron por vencidos y ella -o Ella, quién sabe- una mañana, la del primero del segundo del año, le dijo: "es mejor que busques una novia, una esposa, conmigo no va más"
Lo cierto es que él sigue sonriendo. Ella sigue sonriendo. Todavía, por los pasillos de la oficina se alcanza a percibir en el ambiente ese aroma a persecución de la Felicidad y, en el café de la mañana, los compañeros saborean el amor clandestino que ellos forjaron.
Así las cosas de la espera, de la esperanza, del amor...
Vale pues. Salud y que la espera termine, que la esperanza alcance.
U.

jueves, enero 28, 2010

Lenguaje Cifrado.

"... te puedo abrazar, ya estás aquí,
es tu bienvenida y yo soy tan feliz ..."
(Fernando Delgadillo, "Bienvenida")

Fue un acuerdo tácito. A la medianoche de cualquier marzo bisiesto se encontrarían. También en los sueños helados del estío, entre las palabras de los cuentos que no habían leído y -vaya usted a saber por qué- en el último sorbo de la copa vacía de esperanza. Se encontrarían sin buscarse, porque a esas alturas de sus respectivas vidas no había mucho qué buscar, sobre todo después la lluvia de estrellas que no habían cumplido el más mínimo deseo.
Así, sin conocerse siquiera dos días de vida iniciaron el viaje. Tomados de las manos que, hay que decirlo, jamás se habían tocado. Ella le pidió que no tuviera piedad con esos asuntos de la verdad; a cambio, él, con un escalofrío que no podía ser otra cosa que la falta de costumbre en los terrenos de la ternura, le dijo que no quería escuchar un sólo "perdóname".
Como es bien sabido, el amor -vocablo transitorio- no tiene explicaciones ni ensayos; no sabe de medias tintas ni borrones. Así que ellos se cotejaron uno al otro, compararon sus historias -las lógicas, las mágicas, las trágicas, las cómicas, si es que acaso todas no son lo mismo- y se sonrieron en la distancia.
También iniciaron ritos, protocolos, programas: ella le buscaría en el silencio, él le cuestionaría a través de terceras personas pero, sobre todas las cosas, nunca se jurarían un "por siempre", jamás se dirían "te amo" y se suspirarían mutuamente, cada quién con su cada cual, en el destierro de la soledad, al amanecer y en la neblina, cada uno en su púlpito, cada cual detrás de la puerta cerrada de su habitación.
Hay que decir que, sin quererlo ni esperarlo, también inventaron códigos, lenguajes encriptados, signos y señales que eran lo suficientemente transparentes para pasar inadvertidos. Esa era la verdadera magia que tenían entre las manos. Saberse clandestinamente destinados a pertenecerse sin poseerse, a desearse casi con frenesí; así, sin mayores aspavientos ni expectativas.
Ella era fanática de romper esquemas, él era adicto a esa forma poco ortodoxa que ella tenía para exiliarlo de la monotonía. Se pedían mutuamente besos en la nariz y caricias posfechadas; Ella en voz alta; él, no tanto. Se perdían drásticamente en el café a distancia, en la ensalada y el insomnio. A veces ella perdía la vista mientras alguien le hablaba y le gustaba pensar que él -al mismo tiempo- estaba perdiendo la mirada con la cabeza recargada en el colectivo, imaginándose mutuamente, soñando con su encuentro, diciendo en un murmullo su nombre, suspirando y volviendo a sonreír.
¿Que cómo termina la historia?... quién sabe. La última vez que les vi abordaban (cada cuál en diferente momento, no fuera la de malas) un avión hacia cualquier rincón del Universo: Buenos Aires, Florencia, La Habana, cualquier lugar! -el mundo era su casa- donde no tendrían que verse forzados a usar códigos, lenguajes cifrados, signos y señales... quizá ahí, en ese rincón del Universo, sabrían que su historia era más común de lo que habían querido creer...
Vale pues. Salud y que el insomnio sea un hábito que descubra los signos, las señales, los lenguajes.
U.

miércoles, enero 27, 2010

Antes de amanecer.

Para Ella y su escepticismo
Procuro cuidar que el sueño no me venza a esta hora y en esta mesa de apuestas que no sabe de soledades ni abandonos. Decido mirar mi juego y entreverar en cada "as" y cada "dama" una letra de tu nombre, que sonrías al descubrirte en una frase, en una letra, quizá entre líneas. Como cuando te digo "ternura" y tú no haces sino guardar silencio y volver a barajar...
Es extraño decirte este tipo de cosas aquí y ahora, en la última mesa del casino, cuando ambos tenemos bien claras mis filias y tus fobias. Tal vez porque eres mi más dulce filia, quizás porque soy tu más ligera fobia. Cierro los ojos y no alcanzo a comprender cómo, por qué, cuándo ha ocurrido todo esto de empezar a jugar sin bluffear, destapando las cartas sin tener el revolver a la mano. Pero tampoco busco explicaciones. Y menos ahora. He apostado por la vida, y también te he dicho -viéndote a los ojos: "va mi resto"
Apenas si se puede creer que todo sea tan clandestino, misterioso y oculto. Es decir, en cualquier sociedad que se precie de civilizada, tú y yo seríamos sólo un par de anacoretas jugadores retándose mutuamente en este póker sin principio ni final. Pero la gente observa, espera la siguiente carta, vigilan tus expresiones y las mías. Me miras a los ojos como desde una fotografía.
Me froto fuerte los ojos, bostezo, tengo frío. Sostenerte la mirada no es empresa fácil, tampoco decirte entre dientes que quiero asaltarte los labios, morder tu sonrisa, abrazarme a tu vuelo. Será que eres mi secreto más público, menos oculto, más indispensable.
Enciendo un cigarrillo y descubro los ases, los reyes, el full como método mientras tu rostro no se mueve un ápice. "Pago por ver", te digo más confundido y nervioso que un estudiante de segundo de secundaria delante de la chica popular da la escuela y tú no disimulas la carcajada...
Y entonces no sé cómo responder a la sonrisa, será que cada día que transcurre, inyectas un poquito más de tu inspiración y locura en mis venas, debajo de la piel, en cada poro. Será que una por una tus cartas forman la flor imperial. Será que me sobran palabras, que no resisto las ganas, de besarte los labios, una y otra vez más.
Será que sonríes complacida y dices "has vuelto a perder". Será que despierto a las cinco, a las seis, a las diez, e imagino cómo sería beber tu veneno, siempre, siempre antes de amanecer...

lunes, enero 25, 2010

Teoría y Práctica

"Darse no tiene sentido más que si uno se posee"
(Albert Camus)

Para ti, aunque lo dudes...

Maravilloso. Así describió el encuentro que el azar le ofrecía en aquel instante. A la medianoche del enero más insomne del que tuviera memoria, volvió a escribir. No por su propio bien, no por terapia de recuperación, no por encargo. Escribía porque la imagen de ella, sin pedirlo, lo exigía. Suspiró profundo, como hace mucho no acostumbraba y el suspiro le alcanzó para cerrar los ojos y reptar por el recuerdo. Enumeró los días, meses, años que habían transcurrido sin emociones. Aunque es preciso decir que cuando la Felicidad toca a la puerta, es mejor haber tirado los recuerdos amargos a la basura.

Entre café y cigarro, la predijo seria, frunciendo el ceño y diciendo con voz de niña tierna: “promételo!”. También la anticipó en las tardes de lectura, mientras la copa de vino y durmiendo. No pudo menos que sonreír y algo más profundo que un beso posfechado iluminó la habitación. “Veinte” –se repitió- abriendo por completo los ojos y volviendo a sonreír. ¿Cómo era posible que tuviera que transcurrir tanto tiempo para decir algo tan simple como “has trascendido en mi vida”?.
Claro que era lo más irracional del mundo. Por supuesto que carecía de lógica. No existía un solo proceso analítico que sustentara tal barbaridad. Pero tampoco le importaba. Mientras tuviera de su lado a Serrat elocuente “es caprichoso el azar”, a Silvio justificante “quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad” o a Benedetti interrogativo de “quién hubiera creído que se hallaba sola en el aire, oculta, tu mirada”, podía dejar de lado cualquier abstracto como la libertad, la paz mundial o la lucha de clases… aunque sólo fuera por esa noche
Podía, entonces sí, dedicarse a profetizarla –al menos en teoría- a imaginarla de todas las maneras posibles: feliz jugando a ser mujer, suspirando mientras la mirada se perdía en la monotonía, leyendo las más recientes incoherencias que él escribía, sonriendo al descubrirse entre los renglones y las letras, inexplicablemente eufórica porque tenían un secreto mutuo que reinventaban cada que la luna los encontraba solos en su parcela de vida
Se preguntó cómo sería el sabor de sus labios, qué sensaciones nuevas podría descubrir si entrelazaban los dedos y su mirada, ¿cuántas preguntas podría resolver? Y aunque probablemente esa idealización de ella, Ella o ELLA, no tenía perspectiva ni futuro, no contaba con certezas ni compromisos, ¿qué más daba? ¿Acaso el amor no es eso? Una espera, una esperanza; en todo caso: la realización de lo imposible, el final del arcoíris, el olvido del olvido.
Así fue que, a esa hora del enero más insomne del que tuviera memoria, apagó el cigarrillo, le dio un sorbo largo al café, suspiró –o bostezó, quién puede saberlo?- y la teoría dio paso a la práctica. Preparó la maleta y salió a encontrarla. Sabía que existía.
Vale pues. Salud y que no tengan que transcurrir 20 días, 20 meses o 20 años para decir lo obvio.
U.

domingo, noviembre 22, 2009

Una raya más al tigre.

"... Yo no jugaba para no perder
tú hacías trampas para no ganar..."
Joaquín Sabina en "El rocanrol de los idiotas"

Algo les dijo, a ambos, que esa partida no iba a ser sencilla. Ella y él tenían sus ayeres en eso del juego. El póker era su afición. Claro, cada cuál por su lado, cada quien en su trozo de realidad. Pero, podría decirse, sabían nadar en eso del bluff, los pares, las tercias y la flor imperial. Así que no fue extraño que aquella noche, al sentarse a la misma mesa, después del saludo, ambos desenfundaran -cada cual- su mazo de cartas.

Ambos sonrieron: "entre tahúres no nos cantamos los ases" le dijo ella. Él asintió y pidieron una baraja "virgen", sin olvidar el comentario de él: "ah, pero queda alguna?" Ella suspiró, arqueando las cejas, pidiendo a "Diosa" un poco de paciencia, dos kilitos de tolerancia para no mandar a la chingada todo, ahí mismo.

Así que vino el barajar las cartas, repartirlas y brindar por el inicio de la noche, todo de un tirón. Ella -mientras el cigarro- amenazó con un par de reinas. Él, qué raro, levantó la ceja e hizo esa mueca que en cualquier otro podría parecer una sonrisa. De esa forma estuvieron profetizándose, poniéndose al alcance del otro sin dejarse alcanzar, jugando póker posfechado, cada dos noches cuarto menguante, encontrados sin buscarse al mediodía de cada quincena. Sin premisas ni promesas, con cientos de recuerdos y conscientes de olvidarlos todos.

"Tenés la mirada cansada" le soltó ella al inicio de la tercera partida, para distraerlo "es el cigarro, o el güisqui, o la cerveza, o la edad, o el tiempo o qué carajo voy a saber..." le respondió él sin dejar de ver las cartas, llenándose los pulmones de nicotina. "Quieres otro trago?" pregunto él con los ojos entornados, bostezando. Ella se limitó a mover la cabeza en clara negativa y sus ojos grandes, oscuros, escudriñaron el rostro ajado, siempre inexpresivo de él. Alguien había tenido la irresponsabilidad de presentarlos. Y ahí estaban. Aceptando el reto. Sin culpas ni disculpas.

Quién sabe cuánto tiempo habrán permanecido en esa mesa. Trago a trago, cigarrillo a cigarrillo, jugando al mismo juego, intercambiando frases sueltas, trozos de poesía, nostalgias completas, odios antiguos, sentimientos razonados que, como se sabe, son los más honestos tratados de soberbia. Y ahí seguían, sin darse por vencidos -ninguno-, descubriendo las debilidades del juego contrario -ambos-, sin saber más allá del nombre y lo que el otro -y la otra- dejaban saber.

Ella, la feminista, siempre concentrada en las cartas, en la apuesta siguiente, traía a cuestas su carga de dilemas, constructos y deconstrucciones, el arma siempre al alcance de la lengua para -si se ofrecía- cercenar el más mínimo atentado contra su dignidad feminista. Con el día a día protegiendo, asesorando, "empoderando" mujeres (aunque vaya usted a saber qué signifique empoderar), con la furia y la pasión adecuadas, justas, pero exacerbadas cuando es fundamental que el mundo sepa que las mujeres son eso: f-e-m-i-n-i-s-t-a-s !

Él, el tantas veces denominado "misógino", divagó por la partida (o partidas) por la noche (o las noches) esgrimiendo esa mueca que en cualquier otro -ya lo dijimos- pudiera ser una sonrisa, escuchando, analizando cada palabra a cuentagotas, haciendo sarcasmos de las contradicciones visibles, del martirologio femenino, feminítico, feministoide. Haciendo los chistes usuales ("Si la mujer fuera buena, Dios tendría una"; "quieren que las mujeres tengan más derechos? agranden las cocinas")... conociendo y comparando, aprendiendo y aprehendiendo, deletreando los argumentos (no fuera a terminar en un MP por 'maltrato psicológico' a una 'feminista').

Así, como quien no quiere la cosa, transcurrió el tiempo, la noche o las noches, el día o los días. Se terminaron los tragos y los cigarrillos. La música y los chistes. A esas alturas del partido -es decir- de la partida, ambos estaban prefigurando al otro, al contrario, al enemigo.

Se supieron, pero no se saborearon. Se masturbaron las neuronas al grado del orgasmo mental. Pero, como cualquiera sabe, amor no es literatura si no se escribe con piel. Y poco a poco el misógino empieza a ceder terreno, pensando que bueno, tal vez no todas sean iguales, quizá "ella sea diferente", que ya a su edad, tal vez sería "bueno" que... por qué no?. Y suspira.

Ella, por su parte, piensa -también- que quizá, bueno, por qué no?, quién sabe, probablemente no sea tan macho, ni tan misógino, ni tan ojete si, de todas formas, "un tipo que lee poesía, no puede ser tan malo". Y también suspira.

Ambos dejan las cartas sobre la mesa (bocabajo, por si las dudas). Entonces ocurre que ella y la sonrisa, se muerden los labios, él y la mueca (que en cualquier otro... ya lo dijimos), también. Se miran y vuelven a suspirarse para, después, lentamente, dar vuelta a las cartas del rival. Descubren, casi sin sorpresa, sí con una rabia color tristeza que ambos tienen póker de ases.

Se sonríen, cínica, sincera, absolutamente. Dicen salud por última vez, apuran el trago de un sólo sorbo. Por algún tipo de oscuro designio se escucha aquella canción: "de aquel amor, de música ligera..." Ambos saben que no volverán a verse ni a jugar. Ella a seguir empoderando, él a seguir analizando. Ha sido una raya más al tigre. Y nada más.

Vale pues. Salud y que las partidas sean de póker y de nada más.

Ulises, aprendiendo que la tercia siempre es mejor que los dos pares.


martes, noviembre 03, 2009

Crónica de Café.

La noche es la mitad de la vida y -definitivamente- la mejor mitad

Goethe

Hay quien dice que las grandes revoluciones, las mejores amistades y las más apasionadas historias de amor tienen algo en común: son casuales, imprevistas, insospechadas y absolutas. Quién sabe. Sólo sé que no lo planearon, simplemente lo decidieron. Esa tarde ella estaba aburrida de dormir veinticuatro horas interrumpidas por dos visitas al baño y una a la cocina. Él, desde su esquina del mundo, se puso a arreglar la política internacional, el fútbol y los misterios femeninos con su más cercano partenaire intelectual. Cada quien desde su atalaya, cada cual en su púlpito, cada uno en su llanura –o su páramo, vaya usté a saber.

Seguramente los dos bostezaron al mismo tiempo, parte por el frío de la tarde de cambio climático sensible, parte por tedio y alguno se atrevió a preguntar: “y si vamos por el café que nos debemos?” y el otro dijo simplemente, “va”. Dicen que así empiezan las revoluciones, las grandes amistades, las historias de amor inolvidables. Quién sabe. Vaya usté a saber

El caso es que se encontraron a deshoras de la tarde, con la lluvia latiendo por las aceras encharcadas y los parabrisas que no se olvidaban de llorar. Él oteó el ambiente del área de fumar (qué, ¿hay de otra?) y reconoció –casi sin pena ni duda- los ojos color verde mariguana de los que el Sabina habló alguna vez. Detrás de la neblina de tabaco, ella y la sonrisa plena, franca, sin dobles ni triples intenciones. El abrazo cálido, breve, sincero, determinó el rumbo de las cosas: dos que se re-encuentran después de mucho tiempo de ni siquiera conocerse,con la familiaridad de los sediciosos que han compartido un Golpe de Estado, una conspiración, un acto subversivo, y sobrevivieron para contarlo.

Así fue, y no de otra manera, que hilvanaron sus historias. A trompicones e interrupciones, a risas y sonrisas. La infalible carcajada cuando hablaron de temas tan simples como absurdos. La seriedad y el protocolo cuando los temas absurdos -pero no tan simples- hicieron su aparición. Cotejaron sus historias, y aunque ambos sabían que todos los finales son el mismo repetido, deslizaron sobre la mesa un acuerdo tácito: la esperanza de no decirlo.

Por su parte, el tiempo aunque no tuvo tiempo de hacer inventario de los cigarros, el café y las palabras, sí exigió el pago de su cuota de placer. Y fue el tiempo, ese perseverante miserable, el que seduo a la mesera medianoche para que les dijera, previo carraspeo y sonrisa fingida: "señores, ya vamos a cerrar".

Muchas cosas quedaron en el tintero, algunas más que las colillas que llenaron el cenicero. Salieron al frío de la noche, él, con una verdad recién aprendida, un aprendizaje verdadero; ella, jugando a vivir, viviendo como en juego; con los ojos verdes iluminando la noche, brincando entre charcos, evadiendo el protocolo.

Luego, ya sabe usté, la despedida, el lugar común del "ojalá que volvamos a vernos..." y la frase, combinada con el café, que produce insomnio: "Para ser feliz, no siempre necesitas tener la razón"... pero ésa es otra historia.


Vale pues. Salud, un café y un cigarro para continuar la conversa.

U.

jueves, junio 25, 2009

Bodas de Madera

"Que todas las noches sean Noches de Boda
Que todas las lunas, sean lunas de miel..."
(J.S. "Noches de Boda")
Para Ella. Por estos cinco años de Vida.
No es tarea sencilla escribir para describirte. Describirte para reconocerte. Re-conocerte para re-sentirte y re-tenerte. Pre-sentirte.
Describirte es admirarte por la independencia en tu día a día; valiente en el paso a paso; exitosa a pesar de tantos reveses, que cualquiera podría catalogar de fracasos. Admirarte por ese plantar cara ante la adversidad, rumiar el desespero y volver a luchar. Admirarte no sólo por tu mirada triste o feliz, no sólo por el cuerpo codicia, la cadera precipicio, las piernas malicia –herencia de Buenos Aires, Puebla o Madrid.
Describirte es confiarte que en vos confío. Sin necesidad de palabrería sórdida, elaborada; sin tener que idealizarte y ponerte en el altar de lo imposible. Así de sencillo, así de simple. Confiarte los más tristes recuerdos, sin temor a que los uses como armas. Confiarte los mayores deseos, con la confianza que no sean navajas, cuchillos, dagas. Confiarte no sólo por tu voz de niña, confiarte no sólo por la carita de no rompo un plato. Confiarte porque sé que aunque rompes toda la vajilla, también sos confiable, no sólo de a pocos, no sólo de a ratos.
Describirte es respetarte –y mira que me cuesta trabajo. Respetar tus preferencias religiosas, tus gustos musicales, tus manías, tus obsesiones, esas pequeñas cosas que a veces pienso no son preferencias sino una lista de malas decisiones. Respetarte el sueño cuando no duermes, respetarte las faltas de ortografía, respetarte el desorden que en ciernes, se conjuga con esa pueril alegría. Respetarte es aceptar que por mucho que lo intente, vos no vas a cambiar, tenés tatuada en la piel esa falta de planeación a ultranza, la herejía de hacer precocido el arroz y, por si fuera poco, cantas por toda la casa cuando todavía no despierta el sol. Describirte es respetarte, aunque sí, para qué negarte, respetarte es faltarme al respeto de una manera feroz.
Como verás, amor, no es fácil describirte, pero con qué valor y con qué cinismo podría no decirte que quiero desnudar la verdad y contarle a todo el mundo que el amor no es un concepto que caduca con los años. Que tampoco es lucha, merecimiento, dolor profundo, factura y reparación de daños. Cómo explicarle a la gente que amor no es firma sobre papel, lugares comunes, costumbres, o el tan llevado y traído “por siempre fiel”.
Esto que tenemos, y sábetelo bien, tampoco es la definición de amor: los desacuerdos que entreveramos a diario. Las deudas que nunca he pagado, nuestras ausencias intermitentes, las risas que compartimos con cheque posfechado, las planeaciones pendientes, el tanto y de tantas maneras que no ha caducado. Esto no es amor… pero cómo se le parece.
Esto que tenemos, mi niña, no es amor: la solidaridad llevada al exceso, ser tan mujer que vos sólo quieres besos, sin interés y sin intereses, sin hipótesis ni hipotecas, sin futuros ni garantías, sin doble moral, sin cursilería. Esto no es amor… pero cómo se le parece.
Esto que tenemos, la descripción, el respeto, la confianza, la admiración, la esperanza, te lo digo de una vez, no es amor. Por eso sé que tengo que cortejarte en el presente, en el hoy por hoy, consciente de que soy un inconsciente cuando me pierdo entre tus piernas abismo, cuando navego por la piel torrente y te vuelvo a decir “mi amor”. Aunque yo sé que esto, esto no es amor… pero cómo se le parece.
Felices Bodas de Madera.
Ulises

miércoles, junio 10, 2009

El poder. La prepotencia. La indolencia.

"... llorá, botija, pero no olvides."
Mario Benedetti.

Para Eduardo, por la conversación que, vaya cosas!, me dio la razón.

Yo lo vi, nadie me lo contó. Claro que me lo habían dicho. Claro que lo sabía por terceras y cuartas personas. Por referencias directas. Nunca lo había visto en todo su esplendor. Me dijeron que Díaz Ordaz, que las masacres, que el 10 de junio del 71, que el halconazo, que el "jueves de corpus". Todo eran historias. Sólo hasta hoy. Estaba -ya sabes- jugando al obrero siglo XXI, muy tranquilo, aporreando las teclas de la computadora cuando todo empezó.
Los pocos -o muchos- que presenciaron su llegada, comentaron casi como el reporte del clima o la enésima derrota del Tri que estaban pasando muchas patrullas, "muchas motocicletas". Yo seguí entretenido en la primera página del más reciente libro que ha caído en mis manos. Sirviéndome agua como al descuido y pensando en la cita impostergable con "Ella".
Así que me dije (y no "a mí mismo", eso no lo digo por respeto a mis muertos) que era tiempo de dejar el café y el cigarro e ir por algo de comer. Total, me despedí de todos (te acordarás) y salí de la oficina. Empecé a caminar cuando tres mujeres tomadas por el brazo me encontraron de frente. Me soltaron, de golpe, sin misterio: "no vayas para allá, está la policía".
Yo lo vi, nadie me lo contó. El terror en sus miradas, la palidez en el rostro. Las manos haciendo las veces de garras aferrándose al brazo de la de junto, como si eso les diera la tabla de salvación en ese simulacro de naufragio.
Tampoco te voy a contar que fui corriendo para salvar al mundo o para luchar junto a la clase obrera (qué va a ser un fulano con una mochila al hombro contra "más de cien efectivos policiales"). Pero sí te digo que seguí caminando, que me acordé de las garantías constitucionales y todo eso que se han pasado por el Arco del Triunfo los títeres del poder económico que "dicen que" gobiernan este país. Así que muy armado con mi argumento de la libertad de tránsito, seguí
Yo lo vi, nadie me lo contó. Más de diez, veinte, quién sabe cuántos, en camionetas, motocicletas, en automóviles sin sirena y sin matrícula. Con el rostro cubierto, con las armas desenfundadas, gritando "por allá! dale por allá, a la vuelta los agarramos!".
Yo lo vi, nadie me lo contó. La prepotencia. Esa impunidad vestida de azul. Con escudos antimotines. Sin el menor asomo de humildad. Regodeándose con el tolete (sin albur), amenazantes. Y todavía seguí caminando. Tampoco te digo que me hice el valiente. Porque la verdad, iba que me cagaba del miedo. Me acordé de tantas y tantas historias, de leyendas, mitos, quién sabe si realidades. Que si Heberto, que si los desaparecidos por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Sí. Me cae que sí. Pero tampoco era cosa de echarse para atrás en ese momento. Hubiera sido peor.
Yo lo vi, nadie me lo contó. Esa deshumanización. La desarticulación de la razón. La bestialidad de cinco, seis, siete, arremetiendo contra uno solo: a puños y patadas. Sin el menor rastro de compasión. No sé qué edad tendría él. No sé quién sería. Pero me cae de madres, Eduardo, ahorita que te lo cuento, me da rabia, pena, coraje, hasta ganas de llorar, haber sido tan comemierda. Y me quedé ahí, pasmado, hipnotizado, mirando, mirando. Como pendejo. Simplemente mirando.
Hasta que no sé por qué, si por puro pinche instinto de supervivencia, si por cobardía, me alejé pálido -yo también- con las piernas temblando -yo también- con la vista fija, la mandíbula rígida, buscando algo a qué asirme, a qué sujetarme. Yo lo vi, nadie me lo contó. Claro, era el resabio de lo que hicieron hoy en la sección 51 del SNTE, en contra de los maestros disidentes.
Yo lo vi, nadie me lo contó. Los que gobiernan -o dicen que gobiernan, enviaron a policías -hordas de ellos- a reprimir manifestantes. No es cierto, Eduardo, en este país no hay democracia, no hay garantías individuales, no hay derecho a manifestarse, nada de eso. Hay una dictadura.
No es cierto. Lo que te van a decir en la televisión (que nada han dicho a esta hora), en la radio (que tampoco han dicho nada, por cierto), y a lo mejor hasta en internet, está editado, maquillado, diluido. No es cierto, Eduardo, no hay un milímetro de libertad. Tú, yo, todos, somos parte de este patético rebaño.
Ellos son los que te piden que votes, con la mano extendida al frente, con la mano que empuña el garrote escondida. Se llaman PRI, se llaman PAN, PRD, tienen siglas y presupuesto. Ven morir a su gente de hambre y les vale madres.
Claro que podría echarte más líneas, más palabras, acerca de la brutalidad de los que "guardan el orden" en contra del mismo pueblo que los elige. Y también podría decirte muchas cosas más acerca de la deshumanización de quien, en su origen, es el pueblo, contra su misma clase, su misma raza, su misma "perrada". Pero ¿para qué? Quizá todo esto lo sepas de sobra y después de leer esto, me vuelvas a decir que "la lucha tiene que ser dentro del marco de las instituciones que nos gobiernan". Seguro es, te lo digo desde ya, que no creo poder sentarme a la misma mesa que los represores. Nunca.
Yo lo vi. Nadie me lo contó. Pero para qué te sigo contando algo que se ha hecho costumbre. Podría llenarte de epígrafes, de discursos, de poesía revolucionaria o canciones de protesta. Podría, pero ¿para qué? Si todo lo que ocurriría es que al final -ya ves, el más revolucionario se traga su coraje y sigue caminando, cagándose de miedo. Eso sí, lleno de dolor -pero de ese dolor hueco; de coraje -pero de ese coraje a lo pendejo que no se solidariza en la lucha de clases y que sigue la regla del sálvese el que pueda...
Sea pues. Que tengas linda tarde. Y que no se te ocurra disentir del poder. Podrías acabar -una de dos- golpeado por cinco, seis organgutanes o cagándote del miedo.
Ulises.