jueves, mayo 06, 2010

Onírica

La vida es sueño
Calderón de la Barca

Soñar tu llegada de negro, amarillo o blanco. Soñar que vienes. Soñar que no vienes. Me da igual. Soñarte de vestido, falda o pantalón. Soñarte tanto. Soñarte por los bares testigos. Soñarte por las calles desnudas. Soñarte con desaciertos, con desatinos, con nostalgias mudas. Soñarte en el desayuno, en la comida, en el noticiero. Soñarte desde el Trópico de Cáncer hasta la libertad. Soñarte desde la Patagonia hasta el encierro.

Soñar soñando que me sueñas. Sin tiempos. Sin arañazos. Sin sonrisas. Soñarte por todos los recovecos, por los hoyos de las paredes. Soñarte sin pausas. Soñarte también sin prisas. Soñarte en todas partes, a todas horas. Soñarte mientras me está besando. Soñarte con el invierno, con la lluvia y con el sol en todo lo alto.

Soñarte al destierro, al tres por uno; soñarte como destino, soñarte con desatino. Soñarte para dibujarte. Soñarte para desdibujarte. Soñarte en ruinas y soñarte en el imperio de mi soledad. Soñarte por las calles que lloran pavimento, por los bostezos y soñarte con cada uno de los perros. Soñarte en la distancia. Soñarte sin tiempo y a espacios cortos. Soñarte por los desiertos repletos de lluvia.

Soñarte a oscuras, con poesía. Soñarte de frente a la nada. Soñarte al teléfono. Soñarte por la casa vacía. Soñarte acariciando en el sueño tu mirada. Soñarte naufragando entre las sábanas. Soñarte casi por vocación. Soñarte cada doce o quince respiros. Soñarte con esa sonrisa que me mira desde ninguna parte. Soñarte con la parranda de tus letras y con la agonía de la desidia. Soñarte por las lágrimas que convoco frente a tu fotografía. Soñarte rápido. Soñarte lento. Soñarte esperanzado y sin esperanza. Soñarte entretenido en otras pieles. Soñarte desde hace tanto tiempo.

Soñarte porque sí. Soñarte para que no te olvide. Soñarte porque no te olvido. Soñarte aún despierto. Mucho más soñarte cuando estoy dormido. Soñarte bailando de tristeza. Soñarte sin faltas de ortografía. Soñarte cansado. Soñarte viejo. Soñarte canoso. Soñarte de una sola pieza. Soñarte con desenfreno y hedor a melancolía. Soñarte en auto, a pie, en camioneta. Soñarte a la alza, a la baja, a la compra y a la venta. Soñarte de tarde aunque sea muy tarde. Soñarte madrugada y no querer que amanezca. Soñarte y maldecir el sueño.

Soñarte y bendecir el sueño. Soñarte porque me haces falta. Soñarte para que no me hagas falta. Soñarte porque te extraño. Soñarte porque te necesito. Soñarte porque soñando es la única manera de poderte besar sin pedir permiso. Aunque no existas. Aunque no haya sido cierto este sueño. Soñarte para inventarte, aunque todos se mueran de risa porque “cómo va a ser posible que un sueño se convierta en realidad.

Vale pues. Salud y que el sueño no nos sueñe.

Ulises, en el sueño que sabe a vida.  Sólo porque lo pediste.

Medio Día


"Y al mediodía, me di cuenta que tenía -aún- medio día para seguirte queriendo..."

Porque sé que no me vas a cambiar, ni lo quieres; porque sé que no te puedo cambiar, aunque quiera.  Porque este encuentro fortuito de dos miradas, tres palabras, cuatro besos y no sé cuántos cafés.  Porque son pocas las veces que te quedas callada; porque son muchas las que me dejas callado. 

Por tu sonrisa malévola, por la mirada inquisitiva, por esa manera de desarmarme sin otro pretexto que el "¿todavía me quieres?", por mi espera del mensaje en el celular.  Por la irritabilidad cuando no te sé.  Por la manía de cerrar los ojos y sonreír en automático cada que escucho tu voz a media tarde (o por las mañanas, o en la noche antes de dormir sin descansar). 

Porque me falta tiempo (siempre el pinche tiempo), para seguirte contando historias y bobadas; porque te sobra tiempo para despedirte en la puerta del auto.  Porque tu perfume se queda entre mis manos y no me atrevo a preguntarte cuál es. Por el abrazo posfechado que no logro contener.  Porque a veces quiero secuestrarte el fin de semana entero y privatizarte (mira nada más al comunista privatizador); porque todavía no me queda claro si eres zurda o diestra; por el tatuaje que sólo adivino; por las respuestas que no enuncias, que tampoco pronostico.

Porque no pasa un día sin que piense en ti; porque me has reinventado; porque no tienes temor de las etiquetas ni amor desbocado por las fiestas; porque eres dulce y sencilla; cursi y despiadada; sarcástica y linda; porque no tienes y quieres tener.  Porque sí y porque no; porque no fumas; porque odias que lo haga.  Por tus berrinches y la risa que me has nacido; por mi vodka y por tu vino; por las tantas veces que no te conozco, te adivino.

Porque es mediodía, porque no tengo mejor pretexto para decirlo, porque me doy cuenta que "no hago otra cosa que pensar en ti..." al medio día de un jueves que antes era cobarde, que hoy no tiene precio... Por ti.

Vale pues.  Salud y un abrazo.

Ulises, pensando en tooodo lo que tiene que hacer, las pocas ganas que tiene de hacerlo y las ganas que tiene de verte.

viernes, abril 23, 2010

Escribir Sobre Ti

"- Te extraño y aún no me dejas...
- Te extraño y aún no te tengo"
(leído en alguna parte)
Quiero escribir sobre ti.  Así.  Literal.  Sin eufemismos ni acercamientos, sin aproximaciones ni de manera figurada.  Tampoco creas que decir "escribiré sobre ti" es como decir "escribiré acerca de ti."  No.
Escribiré sobre ti, literalmente y con vena literaria, con la sabia paciencia y con la paciencia de la savia.  Con léxico simple como un beso y sin endecasílabos, pero sí con suspiros.  Voy a hacerte renglones de saliva para trazar a ciencia cierta, a corazón abierto, algunos cuantos cuentos que es imperioso lloverte entre el paréntesis de tus muslos. 
A ojos cerrados (única manera de escribir sobre ti) voy a fraguar enunciados de caricias, caricias anunciadas.  Me tomaré el tiempo para resbalar por tus pies y hacer párrafos concretos, que por pequeños van a caber entre los dedos.  En las piernas sobrias haré miles de borrones con mis manos para que mis labios-lápiz se deleiten en los márgenes de tus rodillas.  
Si acaso asoma un punto y aparte, mi inexperta tinta tendrá a bien ser paciente para tomar un descanso en la espiral de tu cintura y volver a iniciar, con sangría y a espacio cerrado -en ese cerrado espacio que es tu vientre- otro cantar de letras, una y mil letras cantadas, sin lógica, con invención de nuevas palabras, sólo para decirte cuánto te espero. 
En la hoja pautada de tu corazón, con esa pautas doble raya, cuadrícula milimétrica, trazaré epílogos y prólogos de finales sin inicio, de figuras y cuerpos que tendrán el cuerpo de tu cuerpo.  Sólo así sabré que no soy mal escritor. 
Y si acaso logro la perfección de tu espalda, hoja en blanco, en ese lúdico receso voy a hacer un graffiti con las letras de tu nombre que, navegando a la deriva, sin luz ni faro, ni destino ni puerto, me pertenecen. 
Verás que todo esto es cierto cuando prodigue en tu cuello los epígrafes y los acentos -con especial acento en el mordisco sobre tu lóbulo izquierdo.  Quizá necesites algo más que unos puntos suspensivos para -finalmente- asumir que vos sos sobre quien escribo.  Así, de esta manera -única por cierto- mis dedos dibujantes, lápices de colores, van a hacerte el rostro de tonalidades no imaginadas.
 Sólo cuando haya terminado ese libro de tantas y tantas materias: dibujo, poesía, música y qué sé yo qué más, podrás asegurar, podré sentenciar, podrás decir, podré decir -sí, entonces sí- que sos un libro abierto, y que necesitas ser escrito una y mil veces más.


Vale pues.  Salud y que la tinta no se acabe después de la palabra FIN.
U.

miércoles, marzo 31, 2010

Fugas Perpetuas

García Márquez escribió hace mucho tiempo que el suyo era un "amor de fugas perpetuas". Cómo explicarte que esto a lo que no sé ni cómo llamar es también una eterna huida del centro del corazón. A veces he pensado citar aquello de "hay momentos en que quisiera mejor rajarme..." pero sigo.

Con el corazón en una mano, el cerebro en la otra, he terminado por tirarle el primero a los perros que lo han repartido a trozos iguales; el segundo -ya lo dijo alguien- de por sí no funcionaba, así que lo he guardado en uno de esos vitroleros antiguos, en formol.

¿Será posible que no pueda yo explicar cómo veo que podrían ser las cosas? ¿Será posible que tenga que suspirar profundo y volver a tomar aire para decirte de mil maneras que hay cosas tan reales que pueden parecer ficticias? ¿Será posible?. Quién sabe.

Lo que sí sé es que hace mucho que no te dedicaba letras. Lo que sé es que trasciendes, que te llevo bajo la piel, en cada paso, con las palabras, en silencio, en la canción de la radio, en este texto breve, brevísimo, que no termina de decirte todo lo que se siente de este lado del mundo.

Vale pues. Salud y un abrazo.

Ulises, a las dos y media de la mañana, pensándote.

lunes, febrero 01, 2010

De las esperas, las esperanzas.

"... hoy primero del segundo del año..."
Alejandro Filio ("Brazos de Sol")

Un día sí, y otro también. Con esa imperceptible locura dentro de la razón. Teniendo como único compromiso la eterna fuga, como única constante el cambio. Así. Se encontraban por los pasillos de la oficina y ni siquiera se hacían una mirada cómplice. Para todos eran dos extraños, excepto para las estrellas y las canciones que se dedicaban en el mensaje del celular o el correo electrónico, perfectamente camuflado con otros nombres. Ya sabe usted, los avances tecnológicos también son cómplices del amor clandestino.
A veces, a medianoche, ella en la cama matrimonial; él, desde el cuarto de azotea con más goteras que proyectos, se suspiraban. Eran pacientes en la espera, desesperados en la esperanza. Se habían encontrado y tal vez -aunque lo supieran- no se resignaban a saberse mutuamente victoriosos en esa batalla simple contra el destino.
Hasta que ambos, quizá por ética, vanagloria o soberbia, se dijeron, viéndose a los ojos: "te quiero". No se sabe, porque eso nunca se sabe, quién disparó primero las palabras. Pero a partir de ese día, ella -o Ella, sería Ella?-corría sin importar nada al encuentro de él en el primer café de la mañana. Él sonreía porque, dígame usted, qué más se puede hacer en estos casos sino sonreír sin decir ni media palabra.
Y él repetía a solas, "te quiero, te quiero, te quiero". Ella suspiraba quedito, con cuidado, con precaución y sin miedo, en el disparo de adrenalina que les alcanzaba para soportar un día más en su espera, un día menos de esperanza.
Así pasaron por los días, las semanas, los meses... Y tampoco sé -porque el destino es aleatorio en esos rubros- en qué terminó la historia. Quizá no terminó y encontraron un lugar para tener y retenerse. Tener la esperanza, retener la espera. Tal vez se dieron por vencidos y ella -o Ella, quién sabe- una mañana, la del primero del segundo del año, le dijo: "es mejor que busques una novia, una esposa, conmigo no va más"
Lo cierto es que él sigue sonriendo. Ella sigue sonriendo. Todavía, por los pasillos de la oficina se alcanza a percibir en el ambiente ese aroma a persecución de la Felicidad y, en el café de la mañana, los compañeros saborean el amor clandestino que ellos forjaron.
Así las cosas de la espera, de la esperanza, del amor...
Vale pues. Salud y que la espera termine, que la esperanza alcance.
U.

jueves, enero 28, 2010

Lenguaje Cifrado.

"... te puedo abrazar, ya estás aquí,
es tu bienvenida y yo soy tan feliz ..."
(Fernando Delgadillo, "Bienvenida")

Fue un acuerdo tácito. A la medianoche de cualquier marzo bisiesto se encontrarían. También en los sueños helados del estío, entre las palabras de los cuentos que no habían leído y -vaya usted a saber por qué- en el último sorbo de la copa vacía de esperanza. Se encontrarían sin buscarse, porque a esas alturas de sus respectivas vidas no había mucho qué buscar, sobre todo después la lluvia de estrellas que no habían cumplido el más mínimo deseo.
Así, sin conocerse siquiera dos días de vida iniciaron el viaje. Tomados de las manos que, hay que decirlo, jamás se habían tocado. Ella le pidió que no tuviera piedad con esos asuntos de la verdad; a cambio, él, con un escalofrío que no podía ser otra cosa que la falta de costumbre en los terrenos de la ternura, le dijo que no quería escuchar un sólo "perdóname".
Como es bien sabido, el amor -vocablo transitorio- no tiene explicaciones ni ensayos; no sabe de medias tintas ni borrones. Así que ellos se cotejaron uno al otro, compararon sus historias -las lógicas, las mágicas, las trágicas, las cómicas, si es que acaso todas no son lo mismo- y se sonrieron en la distancia.
También iniciaron ritos, protocolos, programas: ella le buscaría en el silencio, él le cuestionaría a través de terceras personas pero, sobre todas las cosas, nunca se jurarían un "por siempre", jamás se dirían "te amo" y se suspirarían mutuamente, cada quién con su cada cual, en el destierro de la soledad, al amanecer y en la neblina, cada uno en su púlpito, cada cual detrás de la puerta cerrada de su habitación.
Hay que decir que, sin quererlo ni esperarlo, también inventaron códigos, lenguajes encriptados, signos y señales que eran lo suficientemente transparentes para pasar inadvertidos. Esa era la verdadera magia que tenían entre las manos. Saberse clandestinamente destinados a pertenecerse sin poseerse, a desearse casi con frenesí; así, sin mayores aspavientos ni expectativas.
Ella era fanática de romper esquemas, él era adicto a esa forma poco ortodoxa que ella tenía para exiliarlo de la monotonía. Se pedían mutuamente besos en la nariz y caricias posfechadas; Ella en voz alta; él, no tanto. Se perdían drásticamente en el café a distancia, en la ensalada y el insomnio. A veces ella perdía la vista mientras alguien le hablaba y le gustaba pensar que él -al mismo tiempo- estaba perdiendo la mirada con la cabeza recargada en el colectivo, imaginándose mutuamente, soñando con su encuentro, diciendo en un murmullo su nombre, suspirando y volviendo a sonreír.
¿Que cómo termina la historia?... quién sabe. La última vez que les vi abordaban (cada cuál en diferente momento, no fuera la de malas) un avión hacia cualquier rincón del Universo: Buenos Aires, Florencia, La Habana, cualquier lugar! -el mundo era su casa- donde no tendrían que verse forzados a usar códigos, lenguajes cifrados, signos y señales... quizá ahí, en ese rincón del Universo, sabrían que su historia era más común de lo que habían querido creer...
Vale pues. Salud y que el insomnio sea un hábito que descubra los signos, las señales, los lenguajes.
U.

miércoles, enero 27, 2010

Antes de amanecer.

Para Ella y su escepticismo
Procuro cuidar que el sueño no me venza a esta hora y en esta mesa de apuestas que no sabe de soledades ni abandonos. Decido mirar mi juego y entreverar en cada "as" y cada "dama" una letra de tu nombre, que sonrías al descubrirte en una frase, en una letra, quizá entre líneas. Como cuando te digo "ternura" y tú no haces sino guardar silencio y volver a barajar...
Es extraño decirte este tipo de cosas aquí y ahora, en la última mesa del casino, cuando ambos tenemos bien claras mis filias y tus fobias. Tal vez porque eres mi más dulce filia, quizás porque soy tu más ligera fobia. Cierro los ojos y no alcanzo a comprender cómo, por qué, cuándo ha ocurrido todo esto de empezar a jugar sin bluffear, destapando las cartas sin tener el revolver a la mano. Pero tampoco busco explicaciones. Y menos ahora. He apostado por la vida, y también te he dicho -viéndote a los ojos: "va mi resto"
Apenas si se puede creer que todo sea tan clandestino, misterioso y oculto. Es decir, en cualquier sociedad que se precie de civilizada, tú y yo seríamos sólo un par de anacoretas jugadores retándose mutuamente en este póker sin principio ni final. Pero la gente observa, espera la siguiente carta, vigilan tus expresiones y las mías. Me miras a los ojos como desde una fotografía.
Me froto fuerte los ojos, bostezo, tengo frío. Sostenerte la mirada no es empresa fácil, tampoco decirte entre dientes que quiero asaltarte los labios, morder tu sonrisa, abrazarme a tu vuelo. Será que eres mi secreto más público, menos oculto, más indispensable.
Enciendo un cigarrillo y descubro los ases, los reyes, el full como método mientras tu rostro no se mueve un ápice. "Pago por ver", te digo más confundido y nervioso que un estudiante de segundo de secundaria delante de la chica popular da la escuela y tú no disimulas la carcajada...
Y entonces no sé cómo responder a la sonrisa, será que cada día que transcurre, inyectas un poquito más de tu inspiración y locura en mis venas, debajo de la piel, en cada poro. Será que una por una tus cartas forman la flor imperial. Será que me sobran palabras, que no resisto las ganas, de besarte los labios, una y otra vez más.
Será que sonríes complacida y dices "has vuelto a perder". Será que despierto a las cinco, a las seis, a las diez, e imagino cómo sería beber tu veneno, siempre, siempre antes de amanecer...

lunes, enero 25, 2010

Teoría y Práctica

"Darse no tiene sentido más que si uno se posee"
(Albert Camus)

Para ti, aunque lo dudes...

Maravilloso. Así describió el encuentro que el azar le ofrecía en aquel instante. A la medianoche del enero más insomne del que tuviera memoria, volvió a escribir. No por su propio bien, no por terapia de recuperación, no por encargo. Escribía porque la imagen de ella, sin pedirlo, lo exigía. Suspiró profundo, como hace mucho no acostumbraba y el suspiro le alcanzó para cerrar los ojos y reptar por el recuerdo. Enumeró los días, meses, años que habían transcurrido sin emociones. Aunque es preciso decir que cuando la Felicidad toca a la puerta, es mejor haber tirado los recuerdos amargos a la basura.

Entre café y cigarro, la predijo seria, frunciendo el ceño y diciendo con voz de niña tierna: “promételo!”. También la anticipó en las tardes de lectura, mientras la copa de vino y durmiendo. No pudo menos que sonreír y algo más profundo que un beso posfechado iluminó la habitación. “Veinte” –se repitió- abriendo por completo los ojos y volviendo a sonreír. ¿Cómo era posible que tuviera que transcurrir tanto tiempo para decir algo tan simple como “has trascendido en mi vida”?.
Claro que era lo más irracional del mundo. Por supuesto que carecía de lógica. No existía un solo proceso analítico que sustentara tal barbaridad. Pero tampoco le importaba. Mientras tuviera de su lado a Serrat elocuente “es caprichoso el azar”, a Silvio justificante “quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad” o a Benedetti interrogativo de “quién hubiera creído que se hallaba sola en el aire, oculta, tu mirada”, podía dejar de lado cualquier abstracto como la libertad, la paz mundial o la lucha de clases… aunque sólo fuera por esa noche
Podía, entonces sí, dedicarse a profetizarla –al menos en teoría- a imaginarla de todas las maneras posibles: feliz jugando a ser mujer, suspirando mientras la mirada se perdía en la monotonía, leyendo las más recientes incoherencias que él escribía, sonriendo al descubrirse entre los renglones y las letras, inexplicablemente eufórica porque tenían un secreto mutuo que reinventaban cada que la luna los encontraba solos en su parcela de vida
Se preguntó cómo sería el sabor de sus labios, qué sensaciones nuevas podría descubrir si entrelazaban los dedos y su mirada, ¿cuántas preguntas podría resolver? Y aunque probablemente esa idealización de ella, Ella o ELLA, no tenía perspectiva ni futuro, no contaba con certezas ni compromisos, ¿qué más daba? ¿Acaso el amor no es eso? Una espera, una esperanza; en todo caso: la realización de lo imposible, el final del arcoíris, el olvido del olvido.
Así fue que, a esa hora del enero más insomne del que tuviera memoria, apagó el cigarrillo, le dio un sorbo largo al café, suspiró –o bostezó, quién puede saberlo?- y la teoría dio paso a la práctica. Preparó la maleta y salió a encontrarla. Sabía que existía.
Vale pues. Salud y que no tengan que transcurrir 20 días, 20 meses o 20 años para decir lo obvio.
U.

domingo, noviembre 22, 2009

Una raya más al tigre.

"... Yo no jugaba para no perder
tú hacías trampas para no ganar..."
Joaquín Sabina en "El rocanrol de los idiotas"

Algo les dijo, a ambos, que esa partida no iba a ser sencilla. Ella y él tenían sus ayeres en eso del juego. El póker era su afición. Claro, cada cuál por su lado, cada quien en su trozo de realidad. Pero, podría decirse, sabían nadar en eso del bluff, los pares, las tercias y la flor imperial. Así que no fue extraño que aquella noche, al sentarse a la misma mesa, después del saludo, ambos desenfundaran -cada cual- su mazo de cartas.

Ambos sonrieron: "entre tahúres no nos cantamos los ases" le dijo ella. Él asintió y pidieron una baraja "virgen", sin olvidar el comentario de él: "ah, pero queda alguna?" Ella suspiró, arqueando las cejas, pidiendo a "Diosa" un poco de paciencia, dos kilitos de tolerancia para no mandar a la chingada todo, ahí mismo.

Así que vino el barajar las cartas, repartirlas y brindar por el inicio de la noche, todo de un tirón. Ella -mientras el cigarro- amenazó con un par de reinas. Él, qué raro, levantó la ceja e hizo esa mueca que en cualquier otro podría parecer una sonrisa. De esa forma estuvieron profetizándose, poniéndose al alcance del otro sin dejarse alcanzar, jugando póker posfechado, cada dos noches cuarto menguante, encontrados sin buscarse al mediodía de cada quincena. Sin premisas ni promesas, con cientos de recuerdos y conscientes de olvidarlos todos.

"Tenés la mirada cansada" le soltó ella al inicio de la tercera partida, para distraerlo "es el cigarro, o el güisqui, o la cerveza, o la edad, o el tiempo o qué carajo voy a saber..." le respondió él sin dejar de ver las cartas, llenándose los pulmones de nicotina. "Quieres otro trago?" pregunto él con los ojos entornados, bostezando. Ella se limitó a mover la cabeza en clara negativa y sus ojos grandes, oscuros, escudriñaron el rostro ajado, siempre inexpresivo de él. Alguien había tenido la irresponsabilidad de presentarlos. Y ahí estaban. Aceptando el reto. Sin culpas ni disculpas.

Quién sabe cuánto tiempo habrán permanecido en esa mesa. Trago a trago, cigarrillo a cigarrillo, jugando al mismo juego, intercambiando frases sueltas, trozos de poesía, nostalgias completas, odios antiguos, sentimientos razonados que, como se sabe, son los más honestos tratados de soberbia. Y ahí seguían, sin darse por vencidos -ninguno-, descubriendo las debilidades del juego contrario -ambos-, sin saber más allá del nombre y lo que el otro -y la otra- dejaban saber.

Ella, la feminista, siempre concentrada en las cartas, en la apuesta siguiente, traía a cuestas su carga de dilemas, constructos y deconstrucciones, el arma siempre al alcance de la lengua para -si se ofrecía- cercenar el más mínimo atentado contra su dignidad feminista. Con el día a día protegiendo, asesorando, "empoderando" mujeres (aunque vaya usted a saber qué signifique empoderar), con la furia y la pasión adecuadas, justas, pero exacerbadas cuando es fundamental que el mundo sepa que las mujeres son eso: f-e-m-i-n-i-s-t-a-s !

Él, el tantas veces denominado "misógino", divagó por la partida (o partidas) por la noche (o las noches) esgrimiendo esa mueca que en cualquier otro -ya lo dijimos- pudiera ser una sonrisa, escuchando, analizando cada palabra a cuentagotas, haciendo sarcasmos de las contradicciones visibles, del martirologio femenino, feminítico, feministoide. Haciendo los chistes usuales ("Si la mujer fuera buena, Dios tendría una"; "quieren que las mujeres tengan más derechos? agranden las cocinas")... conociendo y comparando, aprendiendo y aprehendiendo, deletreando los argumentos (no fuera a terminar en un MP por 'maltrato psicológico' a una 'feminista').

Así, como quien no quiere la cosa, transcurrió el tiempo, la noche o las noches, el día o los días. Se terminaron los tragos y los cigarrillos. La música y los chistes. A esas alturas del partido -es decir- de la partida, ambos estaban prefigurando al otro, al contrario, al enemigo.

Se supieron, pero no se saborearon. Se masturbaron las neuronas al grado del orgasmo mental. Pero, como cualquiera sabe, amor no es literatura si no se escribe con piel. Y poco a poco el misógino empieza a ceder terreno, pensando que bueno, tal vez no todas sean iguales, quizá "ella sea diferente", que ya a su edad, tal vez sería "bueno" que... por qué no?. Y suspira.

Ella, por su parte, piensa -también- que quizá, bueno, por qué no?, quién sabe, probablemente no sea tan macho, ni tan misógino, ni tan ojete si, de todas formas, "un tipo que lee poesía, no puede ser tan malo". Y también suspira.

Ambos dejan las cartas sobre la mesa (bocabajo, por si las dudas). Entonces ocurre que ella y la sonrisa, se muerden los labios, él y la mueca (que en cualquier otro... ya lo dijimos), también. Se miran y vuelven a suspirarse para, después, lentamente, dar vuelta a las cartas del rival. Descubren, casi sin sorpresa, sí con una rabia color tristeza que ambos tienen póker de ases.

Se sonríen, cínica, sincera, absolutamente. Dicen salud por última vez, apuran el trago de un sólo sorbo. Por algún tipo de oscuro designio se escucha aquella canción: "de aquel amor, de música ligera..." Ambos saben que no volverán a verse ni a jugar. Ella a seguir empoderando, él a seguir analizando. Ha sido una raya más al tigre. Y nada más.

Vale pues. Salud y que las partidas sean de póker y de nada más.

Ulises, aprendiendo que la tercia siempre es mejor que los dos pares.


martes, noviembre 03, 2009

Crónica de Café.

La noche es la mitad de la vida y -definitivamente- la mejor mitad

Goethe

Hay quien dice que las grandes revoluciones, las mejores amistades y las más apasionadas historias de amor tienen algo en común: son casuales, imprevistas, insospechadas y absolutas. Quién sabe. Sólo sé que no lo planearon, simplemente lo decidieron. Esa tarde ella estaba aburrida de dormir veinticuatro horas interrumpidas por dos visitas al baño y una a la cocina. Él, desde su esquina del mundo, se puso a arreglar la política internacional, el fútbol y los misterios femeninos con su más cercano partenaire intelectual. Cada quien desde su atalaya, cada cual en su púlpito, cada uno en su llanura –o su páramo, vaya usté a saber.

Seguramente los dos bostezaron al mismo tiempo, parte por el frío de la tarde de cambio climático sensible, parte por tedio y alguno se atrevió a preguntar: “y si vamos por el café que nos debemos?” y el otro dijo simplemente, “va”. Dicen que así empiezan las revoluciones, las grandes amistades, las historias de amor inolvidables. Quién sabe. Vaya usté a saber

El caso es que se encontraron a deshoras de la tarde, con la lluvia latiendo por las aceras encharcadas y los parabrisas que no se olvidaban de llorar. Él oteó el ambiente del área de fumar (qué, ¿hay de otra?) y reconoció –casi sin pena ni duda- los ojos color verde mariguana de los que el Sabina habló alguna vez. Detrás de la neblina de tabaco, ella y la sonrisa plena, franca, sin dobles ni triples intenciones. El abrazo cálido, breve, sincero, determinó el rumbo de las cosas: dos que se re-encuentran después de mucho tiempo de ni siquiera conocerse,con la familiaridad de los sediciosos que han compartido un Golpe de Estado, una conspiración, un acto subversivo, y sobrevivieron para contarlo.

Así fue, y no de otra manera, que hilvanaron sus historias. A trompicones e interrupciones, a risas y sonrisas. La infalible carcajada cuando hablaron de temas tan simples como absurdos. La seriedad y el protocolo cuando los temas absurdos -pero no tan simples- hicieron su aparición. Cotejaron sus historias, y aunque ambos sabían que todos los finales son el mismo repetido, deslizaron sobre la mesa un acuerdo tácito: la esperanza de no decirlo.

Por su parte, el tiempo aunque no tuvo tiempo de hacer inventario de los cigarros, el café y las palabras, sí exigió el pago de su cuota de placer. Y fue el tiempo, ese perseverante miserable, el que seduo a la mesera medianoche para que les dijera, previo carraspeo y sonrisa fingida: "señores, ya vamos a cerrar".

Muchas cosas quedaron en el tintero, algunas más que las colillas que llenaron el cenicero. Salieron al frío de la noche, él, con una verdad recién aprendida, un aprendizaje verdadero; ella, jugando a vivir, viviendo como en juego; con los ojos verdes iluminando la noche, brincando entre charcos, evadiendo el protocolo.

Luego, ya sabe usté, la despedida, el lugar común del "ojalá que volvamos a vernos..." y la frase, combinada con el café, que produce insomnio: "Para ser feliz, no siempre necesitas tener la razón"... pero ésa es otra historia.


Vale pues. Salud, un café y un cigarro para continuar la conversa.

U.

jueves, junio 25, 2009

Bodas de Madera

"Que todas las noches sean Noches de Boda
Que todas las lunas, sean lunas de miel..."
(J.S. "Noches de Boda")
Para Ella. Por estos cinco años de Vida.
No es tarea sencilla escribir para describirte. Describirte para reconocerte. Re-conocerte para re-sentirte y re-tenerte. Pre-sentirte.
Describirte es admirarte por la independencia en tu día a día; valiente en el paso a paso; exitosa a pesar de tantos reveses, que cualquiera podría catalogar de fracasos. Admirarte por ese plantar cara ante la adversidad, rumiar el desespero y volver a luchar. Admirarte no sólo por tu mirada triste o feliz, no sólo por el cuerpo codicia, la cadera precipicio, las piernas malicia –herencia de Buenos Aires, Puebla o Madrid.
Describirte es confiarte que en vos confío. Sin necesidad de palabrería sórdida, elaborada; sin tener que idealizarte y ponerte en el altar de lo imposible. Así de sencillo, así de simple. Confiarte los más tristes recuerdos, sin temor a que los uses como armas. Confiarte los mayores deseos, con la confianza que no sean navajas, cuchillos, dagas. Confiarte no sólo por tu voz de niña, confiarte no sólo por la carita de no rompo un plato. Confiarte porque sé que aunque rompes toda la vajilla, también sos confiable, no sólo de a pocos, no sólo de a ratos.
Describirte es respetarte –y mira que me cuesta trabajo. Respetar tus preferencias religiosas, tus gustos musicales, tus manías, tus obsesiones, esas pequeñas cosas que a veces pienso no son preferencias sino una lista de malas decisiones. Respetarte el sueño cuando no duermes, respetarte las faltas de ortografía, respetarte el desorden que en ciernes, se conjuga con esa pueril alegría. Respetarte es aceptar que por mucho que lo intente, vos no vas a cambiar, tenés tatuada en la piel esa falta de planeación a ultranza, la herejía de hacer precocido el arroz y, por si fuera poco, cantas por toda la casa cuando todavía no despierta el sol. Describirte es respetarte, aunque sí, para qué negarte, respetarte es faltarme al respeto de una manera feroz.
Como verás, amor, no es fácil describirte, pero con qué valor y con qué cinismo podría no decirte que quiero desnudar la verdad y contarle a todo el mundo que el amor no es un concepto que caduca con los años. Que tampoco es lucha, merecimiento, dolor profundo, factura y reparación de daños. Cómo explicarle a la gente que amor no es firma sobre papel, lugares comunes, costumbres, o el tan llevado y traído “por siempre fiel”.
Esto que tenemos, y sábetelo bien, tampoco es la definición de amor: los desacuerdos que entreveramos a diario. Las deudas que nunca he pagado, nuestras ausencias intermitentes, las risas que compartimos con cheque posfechado, las planeaciones pendientes, el tanto y de tantas maneras que no ha caducado. Esto no es amor… pero cómo se le parece.
Esto que tenemos, mi niña, no es amor: la solidaridad llevada al exceso, ser tan mujer que vos sólo quieres besos, sin interés y sin intereses, sin hipótesis ni hipotecas, sin futuros ni garantías, sin doble moral, sin cursilería. Esto no es amor… pero cómo se le parece.
Esto que tenemos, la descripción, el respeto, la confianza, la admiración, la esperanza, te lo digo de una vez, no es amor. Por eso sé que tengo que cortejarte en el presente, en el hoy por hoy, consciente de que soy un inconsciente cuando me pierdo entre tus piernas abismo, cuando navego por la piel torrente y te vuelvo a decir “mi amor”. Aunque yo sé que esto, esto no es amor… pero cómo se le parece.
Felices Bodas de Madera.
Ulises

miércoles, junio 10, 2009

El poder. La prepotencia. La indolencia.

"... llorá, botija, pero no olvides."
Mario Benedetti.

Para Eduardo, por la conversación que, vaya cosas!, me dio la razón.

Yo lo vi, nadie me lo contó. Claro que me lo habían dicho. Claro que lo sabía por terceras y cuartas personas. Por referencias directas. Nunca lo había visto en todo su esplendor. Me dijeron que Díaz Ordaz, que las masacres, que el 10 de junio del 71, que el halconazo, que el "jueves de corpus". Todo eran historias. Sólo hasta hoy. Estaba -ya sabes- jugando al obrero siglo XXI, muy tranquilo, aporreando las teclas de la computadora cuando todo empezó.
Los pocos -o muchos- que presenciaron su llegada, comentaron casi como el reporte del clima o la enésima derrota del Tri que estaban pasando muchas patrullas, "muchas motocicletas". Yo seguí entretenido en la primera página del más reciente libro que ha caído en mis manos. Sirviéndome agua como al descuido y pensando en la cita impostergable con "Ella".
Así que me dije (y no "a mí mismo", eso no lo digo por respeto a mis muertos) que era tiempo de dejar el café y el cigarro e ir por algo de comer. Total, me despedí de todos (te acordarás) y salí de la oficina. Empecé a caminar cuando tres mujeres tomadas por el brazo me encontraron de frente. Me soltaron, de golpe, sin misterio: "no vayas para allá, está la policía".
Yo lo vi, nadie me lo contó. El terror en sus miradas, la palidez en el rostro. Las manos haciendo las veces de garras aferrándose al brazo de la de junto, como si eso les diera la tabla de salvación en ese simulacro de naufragio.
Tampoco te voy a contar que fui corriendo para salvar al mundo o para luchar junto a la clase obrera (qué va a ser un fulano con una mochila al hombro contra "más de cien efectivos policiales"). Pero sí te digo que seguí caminando, que me acordé de las garantías constitucionales y todo eso que se han pasado por el Arco del Triunfo los títeres del poder económico que "dicen que" gobiernan este país. Así que muy armado con mi argumento de la libertad de tránsito, seguí
Yo lo vi, nadie me lo contó. Más de diez, veinte, quién sabe cuántos, en camionetas, motocicletas, en automóviles sin sirena y sin matrícula. Con el rostro cubierto, con las armas desenfundadas, gritando "por allá! dale por allá, a la vuelta los agarramos!".
Yo lo vi, nadie me lo contó. La prepotencia. Esa impunidad vestida de azul. Con escudos antimotines. Sin el menor asomo de humildad. Regodeándose con el tolete (sin albur), amenazantes. Y todavía seguí caminando. Tampoco te digo que me hice el valiente. Porque la verdad, iba que me cagaba del miedo. Me acordé de tantas y tantas historias, de leyendas, mitos, quién sabe si realidades. Que si Heberto, que si los desaparecidos por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Sí. Me cae que sí. Pero tampoco era cosa de echarse para atrás en ese momento. Hubiera sido peor.
Yo lo vi, nadie me lo contó. Esa deshumanización. La desarticulación de la razón. La bestialidad de cinco, seis, siete, arremetiendo contra uno solo: a puños y patadas. Sin el menor rastro de compasión. No sé qué edad tendría él. No sé quién sería. Pero me cae de madres, Eduardo, ahorita que te lo cuento, me da rabia, pena, coraje, hasta ganas de llorar, haber sido tan comemierda. Y me quedé ahí, pasmado, hipnotizado, mirando, mirando. Como pendejo. Simplemente mirando.
Hasta que no sé por qué, si por puro pinche instinto de supervivencia, si por cobardía, me alejé pálido -yo también- con las piernas temblando -yo también- con la vista fija, la mandíbula rígida, buscando algo a qué asirme, a qué sujetarme. Yo lo vi, nadie me lo contó. Claro, era el resabio de lo que hicieron hoy en la sección 51 del SNTE, en contra de los maestros disidentes.
Yo lo vi, nadie me lo contó. Los que gobiernan -o dicen que gobiernan, enviaron a policías -hordas de ellos- a reprimir manifestantes. No es cierto, Eduardo, en este país no hay democracia, no hay garantías individuales, no hay derecho a manifestarse, nada de eso. Hay una dictadura.
No es cierto. Lo que te van a decir en la televisión (que nada han dicho a esta hora), en la radio (que tampoco han dicho nada, por cierto), y a lo mejor hasta en internet, está editado, maquillado, diluido. No es cierto, Eduardo, no hay un milímetro de libertad. Tú, yo, todos, somos parte de este patético rebaño.
Ellos son los que te piden que votes, con la mano extendida al frente, con la mano que empuña el garrote escondida. Se llaman PRI, se llaman PAN, PRD, tienen siglas y presupuesto. Ven morir a su gente de hambre y les vale madres.
Claro que podría echarte más líneas, más palabras, acerca de la brutalidad de los que "guardan el orden" en contra del mismo pueblo que los elige. Y también podría decirte muchas cosas más acerca de la deshumanización de quien, en su origen, es el pueblo, contra su misma clase, su misma raza, su misma "perrada". Pero ¿para qué? Quizá todo esto lo sepas de sobra y después de leer esto, me vuelvas a decir que "la lucha tiene que ser dentro del marco de las instituciones que nos gobiernan". Seguro es, te lo digo desde ya, que no creo poder sentarme a la misma mesa que los represores. Nunca.
Yo lo vi. Nadie me lo contó. Pero para qué te sigo contando algo que se ha hecho costumbre. Podría llenarte de epígrafes, de discursos, de poesía revolucionaria o canciones de protesta. Podría, pero ¿para qué? Si todo lo que ocurriría es que al final -ya ves, el más revolucionario se traga su coraje y sigue caminando, cagándose de miedo. Eso sí, lleno de dolor -pero de ese dolor hueco; de coraje -pero de ese coraje a lo pendejo que no se solidariza en la lucha de clases y que sigue la regla del sálvese el que pueda...
Sea pues. Que tengas linda tarde. Y que no se te ocurra disentir del poder. Podrías acabar -una de dos- golpeado por cinco, seis organgutanes o cagándote del miedo.
Ulises.

martes, abril 07, 2009

Aniversario.

Para los exiliados, porque algún día encuentren el camino de vuelta.
Aquella noche, se despidió de los pocos que habían sobrevivido. No eran más de dos, o tres. Todavía pensó, antes de beber el trago de autoexilio, si era conveniente realizar ese blanqueado de sueños a granel, vaciar el diccionario de todas las palabras que significaban rebeldía. Oteó el ambiente, por si acaso le seguían de cerca los recuerdos tortuosos, los sueños rotos, las pesadillas en high definition. Pero no, no había nadie. Sólo sus más cercanos, los más entrañables, los que quedaban después del sexenio más lúgubre.
La terminal a media luz, no era ni siquiera un sucedáneo de los aeropuertos donde solía acotar la soledad con la típica frase que dirigía a las azafatas de ocasión: "sabés volar?". Pero cada quién va tejiendo y destejiendo sus confrontaciones con la soledad y quién sabe cuántas veces se pueda derrotar a la nostalgia, convocar a la alegría. Quién sabe.
Lo cierto es que esta vez no estaba el horno para felicidades ni nostalgias, sólo para urgencias. Así que con la maleta cargada de inciertos, uniformado de dudas, con la mirada áspera, impaciente, subrepticia, deambulaba por los andenes, no fuera que sus perseguidores le hallaran las pisadas, o los pinches cuicos de siempre le fueran a delatar.
Total, que cuando el autobús tomó carretera no supo si sentirse agradecido o temeroso. Sintió que traicionaba a los que se quedaban. Pero asumió -por vez primera, quizá- que eso era necesario para sufragar las revoluciones personales, o -quizá. quién sabe- para curarse en salud.
Así fue que, hace un año y un día, desembarcó en su exilio, con un calor atorrante, como hoy, con diez kilos más de los que tiene hoy, con las ganas pequeñas de regresarse en ese mismo instante (quién iba a decir que la ganas no iban a desaparecer, todo lo contrario). Con un par de posibilidades y dos pesos, con la barba de tres días y los ojos del sueño. Desembarcó en su exilio.
Acaso no tenía la más remota idea de que allí, justamente en esa ranchería olvidada del mundo, donde ni Pedro Páramo se hubiera atrevido, en esa Comala hirviente, un año después, aprendería a aprender. Olvidaría lo otrora inolvidable y, podría sonreir, con la sonrisa chueca, a mandíbula batiente, porque sabía el camino de regreso a la libertad...

Vale pues. Salud y que los exilios siempre tengan algo qué enseñar

El U.

domingo, agosto 24, 2008

En un oxxo.

"Si siendo bueno, no logro ser diferente
seré malísima gente, de mi se van a acordar..."
Cacho Duvanced ("Cuando me muera")
Otra muerte pasa rápido
Serena, silenciosa, estúpida
(todas las muertes son estúpidas)

La mujer suspira, el borracho dice no más
La muerte los vigila.
La anciana no lo sabe, pero también está al acecho.
Muerte. No Vida. Fin. Ahí está.

Los pantanos se cimbran, el cielo es estrellado.
La noche es perfecta. Él sale a comprar una coca-cola
Una mujer grita enardecida el orgasmo.
La vida está a la vuelta de la esquina. La Muerte también

Los infieles, las groupies, los “yonkis”, las putas.
Todos están. La Muerte también.
Hay rocío de madrugada. Y muerte. También
Él entra al minisuper. La Muerte tras de él.

Pide su coca, va saliendo. La Muerte con él.
Y entra un tipo de menos uno sesenta
Con una "escuadra" en la mano.
Apunta directo a su frente
-"La Muerte"- piensa él.

Y sonríe. ¿qué tiene qué perder?
“Tira”, le grita, la mirada se clava en la mirada
La Muerte sonríe
La Muerte es esclava de las decisiones.

Todo es en un segundo.
Las groupies, las rubias, las casadas
Todas.
Las solteras, las pasadas, la presente.
Todas.
Golpe a golpe, como en “the fight club”
Todo está ahí

La mujer que gritaba su orgasmo.
El rocío de la madrugada
La mujer sin estrenar.
La nena sin graduar.

Todo es simple. Ve a La Muerte.
Le cierra el ojo.
Nada más
Dos horas después, el levantamiento del cadáver.

La vida sigue.
La mujer grita otro orgasmo
Las groupies buscan otro ídolo
Los gays buscan otro candidato
La vida sigue.


Ulises, a 23 de agosto, saliendo del oxxo, con el sobrio sabor de muerte.




sábado, agosto 23, 2008

A ti

“… si alguna vez fui sabio en amores
Lo aprendí de tus labios cantores…”
(J.M. Serrat “Lucía”)

“Para Pilar, por lo que fue, por lo que es, por lo que será”

Cómo empezar a escribirte, tan lejana y tan a mi lado. Cómo decirte todas las buenas cosas que me has inventado. Cómo escribirte sin tener el atento del suspiro. Ahora, a este exilio al que me he dedicado, cómo poder definir lo que hay de bueno por vos, si por doquiera te miro.


¡¿Quién hace apuestas por el caballo más flaco y desnutrido?! ¡¿Quién levanta al borracho de nadie en medio de la calle solitaria, aburrida?! ¿¡Quién podría hacer la magia de un moribundo retornar a la vida?! Vaya pues, siquiera, y en tiempos olímpicos, ¿quién podría decir que el traspatio de los gringo gana diez medallas de oro? Y mira que vos lo hiciste sin ambición y con expectativa.

Me acuerdo bien de ese día, no te creas que lo olvidé. Jamás olvido (para bien o para mal). Sé quiénes me estuvieron y quiénes me dejaron. A cada cual le tendrá su bien o su mal reservado, quién lo sabe y qué importa. Pero vos con esa facha de ama de casa que quiere probar algo más, con tus malas intenciones y tus buenas propuestas, ¿quién no se iba a enamorar de ti? Si desde aquella pasada mujer, enero dos mil - veintidós mayor que yo- ninguna me había despertado tanto la concupiscencia.

Todavía me acuerdo cuando te platicaba de “Ella” y su mala forma de vivir el amor y tú sonreías y decías que nada de eso era cierto. Y yo juraba y perjuraba que sí, que no lo había inventado. Me dijiste que la vida es aquí, ahora, justo en ese instante eterno que es el clímax. Sólo hasta mucho tiempo después lo descubrí en tu piel, en tu voz, en la mirada que, bendito Dios, en nada se parece a “Ella”. ¿Te acordás cuando nos reíamos de Ella y sus migajas de amor tiradas como al azar? Sólo hasta ti comprendí qué vos eras lo que buscaba.

¿Quién me lo iba a decir? Todas las apuestas en contra (incluyendo la mía), todas las tardes sin nubes, todas las mañanas sin sol, todas las noches sin luna, todas las casas vacías, todo tan nada, y , la vida entera para caer tan hondo, ¿a quién le iba a importar? Redimirme, sin siquiera para romper a carcajear.

Pero ¿quién me diría? Que después de tantos y tantos intentos tuyos, de tantos y tantos miedos míos, renegaciones mías, iras mías. De tanto y tanto buscarla -a la Ella- y buscarte (porque vos lo sos). De tanto confundirle el nombre (a la pobrecita) con el tuyo (tan rico), de tantas borracheras que terminaban en llanto con su nombre, y tu paciencia que se derrengaba en sabiduría, siguieras insistiendo en que sí, que “el amor no es posible, es seguro”? Quién me iba a decir que tú y sólo tú has sabido levantarme de mí, a pesar de mí; que has sabido creer en lo que nadie creyó, que has hecho esto que nadie hizo, quién, quién, ¿quién me lo iba a decir?

Tú que no cobras y sigues siendo libre, tú que no profesas y sigues siendo una profesional hablando de Dios; tú que no prometes, pero me cumples; tú que eres sencilla como la vida, compleja como tu contradicción; tú que sos la única que quiero, la que más deseo, la que necesito a la que le soy fiel, leal, por quien vivo y por quien miro pero tampoco a diario veo.

Tú, ¿quién te tenía tan presa? Tú que juegas ajedrez, que practicas el sarcasmo, tú que no he publicado, quien todos me dicen que no es, pero sho sé que es, que escucha conmigo a Sabina, que baila, que ironiza y adivina. Tú, que me esperas y te ríes de las que no son vos. ¿Quién si no vos? Cómo no decir que TE AMO? A ti, este escrito, a ti, por lo que me reste. A ti. Para vos. A quien amo, Mi Mujer.

Vale pues. Salud y que la vida sea El Amor. La Felicidad. Así, sin problemas, con diálogo, sin orgullos, con miradas, sin dobles intenciones.

Ulises, que ya se lo debía a “Ella”, a la de la paella y el flan napolitano”, a “La vida” que endulzó la vida.



sábado, agosto 16, 2008

Aniversario


“..porque el amor cuando no muere mata
Porque amores que matan NUNCA mueren…”


Creyó que se le había terminado la inspiración. Como si fuera cierto que la inspiración se contiene en una botella, se bebió todas hasta la última gota; y cuando al final no quedaba nada, con lo poco que tenía de sobriedad, cerró el cuaderno negro, tiró el bolígrafo de tinta blanca y se dijo: “ni una vez más”

Creyó que eso sería todo: se afeitó las ganas de salir a buscarla, le dio dos tiros de gracia a la nostalgia (no fuera que reviviera cualquier día) y tiró a la basura los cachitos de las fotografías dedicadas que rompió. Borró cada archivo y cada canción que le inyectara un poco de pasado. Así fue.

Creyó que mudarse de ciudad, respirar nuevos aires, oler otros perfumes, amanecer en otra cama que no fuera la que le suspiraba, iba a ser suficiente. En el colmo del cinismo, vio otros atardeceres, suspiró por otros besos y, en pocas palabras, se reinventó. Así fue.

Creyó que dedicar mañanas y tardes, noches y madrugadas a sus nuevos propósitos, cantar canciones alegres y no nombrarla era suficiente. Se enamoró y desenamoró de quince mujeres más. Alguna vez, pasando por la ciudad de sus tragedias, sonó, como por casualidad, aquella canción que era un tácito acuerdo de no olvidarse. Apagó, de un sólo golpe el estéreo y se puso a tararear el himno a la alegría. Así fue.

Creyó que besar otros labios, abrazar otros ideales, sentir otras manos era suficiente. Bebió café en otros mundos, se perdió en noches insalvables donde se hablaba de todo y de nada, mientras él defendía la soltería como el más grande mérito de un hombre. En su nueva vida, organizada hasta la saciedad, todo era un minuto a minuto, desde el desayuno hasta dormirse a la misma hora. En esa monotonía se sentía feliz, tranquilo, pacíficamente a salvo, como si hubiera regresado del naufragio más grande de la vida, como si ahora todo tuviera que ser pasivamente hermoso, sin sobresaltos, sin pasiones, sin emociones, con rutina que sabía a tranquilidad. Así fue.

Creyó que escondiéndose entre libros y política, entre economía y programación, entre la misoginia y el debate, iba a poder huir de su pasado, tortuosamente maravilloso, malditamente hermoso, si hay que decirlo

Pero los fantasmas corren rápido y pasado no es olvido. Así lo sorprendió el canto de las aves la mañana del dieciséis de agosto. Con la resaca en todas partes pasó saliva pesadamente. A ojos cerrados tentó el buró para encontrar la cajetilla y encendió el primero del día mientras localizaba el control remoto del estéreo que le dio el “buenos días” con Sabina y su voz rasposa del “no, no puedo enamorarme de ti”. Al voltear vio a la mujer de la noche anterior, durmiendo tranquila, sin querer despertar y acurrucándose a su lado. Se levantó sin hacer ruido cuando ya Serrat le taladraba las encías con “aquellas pequeñas cosas” y entonces abrió los ojos. Se miró al espejo. Diez kilos más, encontró la tercera cana que, esta vez, le metió un gancho al hígado. Descubrió nuevas arrugas, la barba crecida, la mirada más triste que nunca y sólo entonces atinó a preguntar: “¡¿qué chingados me pasa?!”

Los fantasmas corren rápido. Pasado no es olvido. “Hay muertos que no hacen ruido, llorona, y es más grande su penar”. Repitió los tres enunciados como si tuviera un viejo karma qué pagar e instantáneamente le dijo a la mujer (de cuyo nombre no se acordaba, por más que lo intentó) “adiós”. Sólo entonces supo que todo lo que había hecho hasta la fecha no servía para nada.

Ni los atardeceres, ni la vida organizada, ni la política ni el discurso comunista, ni la misoginia ni el despotismo, ni las otras pieles ni las otras luces, ni el canto de las aves ni las noches insalvables, ni la música alegre, ni los amigos, nada de eso servía. Era dieciséis de agosto, “fecha para recordar”, se dijo. Así fue que regresó a ser el que había sido, a extrañarla a Ella que, seguramente, estaba mejor que con él.

Creyó todo eso durante esos ocho años, pero creer es no saber. Los fantasmas corren rápido. Pasado no es olvido. Tiró dos que tres lágrimas en ese día, vivió para el recuerdo y nada más importó. Regresó a la música triste, a la nostalgia –que había revivido con todo y sus dos tiros de gracia, abrió el cuaderno negro, salió a buscar un lapicero de tinta blanca para escribir, simple, tranquila, sencillamente. Te Recuerdo. Así fue.

miércoles, diciembre 05, 2007

Carta a los Reyes Magos.

Para Janet, porque te la debía… perdón por la tardanza

Apreciables Señores:

Es muy probable que les extrañen estas letras escritas casi a la carrera, sin mucho orden ni coherencia, pero –sobre todo esto- es posible que les sorprenda que a estas alturas del partido les dirija siquiera un texto breve, brevísimo; máxime si es por todos conocido que las monarquías fenecieron casi todas y las que sobreviven son patéticamente representadas por ancianos estúpidos que todavía piensan que con un “¿por qué no te callas?” silenciarán la voz de un pueblo.
Bueno, bueno… pero me estoy saliendo del tema. Les decía: no puse el tan llevado y traído “Queridos Reyes Magos” porque, a decir verdad, no puedo querer algo que no conozco (y jamasmente los vi) lo de Reyes, bueno, para qué les cuento de mis problemas con la autoridad; y eso de Magos, ni qué decir que para “magos” uno que conozco y que ni así pudo hacer que alguna cambiara de parecer.
Así y todo, les escribo porque “pa qué es más que la verdá” diría mi abuela, sólo ustedes podrían hacer algo semejante (y vaya que entonces sí recuperarían su credibilidad, al menos conmigo) Miren ustedes, en mi descargo puedo decir que he sido honesto (al menos conmigo), que no he hecho fraudes electorales (como algún chaparrito, pelón de lentes que conozco) y tampoco le entro al Prozac, que no tengo hijos transas, que no le hago a la pederastia y, menos que menos, me junto con gentuza que le hace al “wannabe”
Así las cosas, creo que tengo derecho a hacer mi pliego petitorio que, sin ser de “botellitas de cognac” ni “presidencias espurias” ni “contratos millonarios” sí está medio cabrón. Miren ustedes:
Quiero que me traigan, si es posible, si les da su rechingada gana, si les sobra y no les falta, una mujer (¿otra? podrían ustedes preguntar), me refiero a una mujer que sea de a “devis” mujer. .Soltera, sin hijos ni divorcios ni pasados tortuosos que la hagan llorar si escucha una canción; una mujer de más de unocincuenta y menos de unochenta; una mujer que no sepa todo ni que pretenda hacerse la que sabe todo, pero que sepa de lo que habla, que lo fundamente en vida, libros y lo cuente como anécdota. Una mujer que escuche, que hable, que no sólo se vea “bonita” y que no piense que “calladita se ve más bonita”, que no piense que la Felicidad está en otra persona, que sea feliz porque le guste lo que hace, que se apasione por lo que hace; una mujer que quiera aprender, pero que también me quiera enseñar. Una mujer que sea tierna sin ser cursi, fuerte sin ser dura, firme sin ser prepotente. Una mujer que no sea interesada (¡aaah! ¿verdad que no es tan fácil?) y que disfrute de un café, de un simple atardecer, de un regalo inocuo y una mirada a mediodía; una que sea femenina sin ser feminista, que sea sensual y sexy y, si se puede, que le guste leer y hablar de política. Pero –y esto es lo más complicado- una mujer que sea sincera, honesta, directa, sin ambigüedades, sin medias verdades, sin matices. Simple, de mirada profunda y carcajada como cascada.
Yo sé, yo sé… está más que cabrón, poco probable, casi imposible. Pero ¿qué no se supone que ustedes son los meros meros magazos de magazos? Así y todo, tengo mis reservas para con sus prodigios y no me preocupo ni me ocupo de buscarla y –mucho menos- esperarla. Así que tal vez –y sólo tal vez- este sea un texto que sirva como catarsis y le levante una sonrisa a mi adorada niña Janet, para que sepa que mi carta ya fue escrita, que la petición está hecha y que, si no llegara, tampoco es algo para tirarse de un primer piso del Vips.
Vale pues. Salud y un zapatito para la carta junto al árbol que -sería buena idea- ir poniendo… por si las moscas.
Ulises, recordando aquello de “bienaventurado el que nada espera, porque nunca será defraudado.”

miércoles, octubre 31, 2007

Insomnio

“y aunque sé que no era la más guapa del mundo
Juro que era más guapa que cualquiera…”
(Joaquín Sabina, “Más Guapa que Cualquiera”)

Para la "miss de Kinder " más bonita que se haya visto

Siempre supo que ella sería una buena idea. Desde aquel semáforo en rojo que fue el trabajo, donde la encontró, tuvo la certeza de que la búsqueda había terminado. Al fin algo parecido a una sonrisa se dibujaba en las tardes de café y ensayo político –que tenía más de político que de ensayo. Por fin el motivo exacto para suspirar sin tener que acudir al pretexto fisiológico del “no es suspiro, es tomar aire”, cobraba sentido. La mirada encendida, los poros gritando “es el tiempo”, abrieron compuertas, descompusieron olvidos, exiliaron amarguras; todo se conjugó para que aquella mañana tuviera el valor para ir y plantársele de frente a decir: “hola qué tal…”

Y así, con un encuentro “casual”, cruzaron miradas en la cafetería de la escuela. Ambos sonrieron: ella y la sonrisa trident, él y su mascarada de dientes chuecos. Tomó valor de quién sabe dónde y le recitó aquello de: “soy perfectamente capaz de soportar…”, ella sonrió. “También he visto la película” le dijo. El diálogo fue largo –mucho más que este escrito- y después, ya se sabe, los detalles que a él ya no le gustaban, las pequeñas e insignificantes cosas que ya él no hacía: una barra “bran-frut” por la mañana para ella; la visita de ella al cubículo de él; las miradas maliciosas y traviesas de los de intendencia porque “cada vez llega más temprano profe” y “ay miss, ese profe es muy enojón” y las sonrisas cómplices de los amaneceres en que se iban conociendo.

Luego, para seguir el libreto de las relaciones al pie de la letra, la invitación como al descuido: “¿vamos al cine?”, a continuación la cena, si no es mucho pedir. Y la semana siguiente, y la otra y la otra, y otra más. Teatro y “los monólogos de la vagina”, fines de semana en el café y el antro (“con lo que me gustan los antros”, decía él); y también el gimnasio –donde ella era instructora de spinning; el hábito de fumar arrojado al bote de la basura; la mirada de ella, su cabello negro –“largo como madrugada, oscuro como mi pre-vida”- le escribió él.

La Primera Noche. Descubrir el cuerpo sin premisas y con pesquisas, con versos y besos, a la vista del tacto, al tacto de la vista. La semioscuridad y ellos dos, nadie más. Los pasados sin futuro; el presente en un torrente de buenos presagios. La sonrisa de ambos y los besos en voz baja antes de dormir.

Finalmente el despertador, que anuncia las cinco y media, hora del baño. Ella no está, nunca ha estado, tal vez nunca estará. Todo fue un sueño. Pero "qué hubiera pasado, qué hubiera pasado…" se queda pensando él. Luego, a la ducha. Y sonríe y rompe a carcajadas porque esta noche tuvo un sueño, uno de esos sueños de los que uno no quisiera despertar…

Vale pues. Salud y que “la vida sea sueño”, como dijo aquel.

Ulises, sonriendo al cuarto para las diez, con los ojos tapizados de “el sueño.”

viernes, octubre 19, 2007

Aquí me quedo.

"... contigo el mundo no tiene final..."
("Algo Más", La Quinta Estación)

Para Alberto, Cynthia... para todos los matrimonios felices.
"Aquí me quedo." Así lo dije y te lo sostengo. Ahora que hay tantas apuestas contra esto que es tan nuestro. Ahora que ni una esperanza, que muchos teatros y muchos perdones y algunas venganzas, puedo decirte: "aquí me quedo" Y esa frase le puede reventar a más de dos, a muchos pájaros de mal agüero, pero ¿qué saben ellos?
¿Saben de tu paciencia inveterada? ¿o de tus caricias con lagunas de miradas?, ¿de tus labios sobre la vida, del acecho de la razón a través de mis contradicciones? ¿Qué saben? Hoy. Aquí. Sólo quiero decirte que aquí me quedo. Cuántas veces te busqué en otros nombres, en todo el mosaico de colores de los ojos. En quién sabe cuántas veces. Y todo para saber que ahí estabas, tan linda como una mañana, como una moneda de oro, una canción recién cantada, ahí estabas, aquí estás.
Y yo, que buscaba a alguien radicalmente diferente a vos, yo que juraba nunca cometer el sano delito del "por siempre, amor"; ya me ves: aquí y necesito decirte esto. "Aquí me quedo" porque son tan simples tus cualidades, porque tienes la comprensión, porque posees la humildad, porque ríes con mis malos chistes, porque me adjudicas crímenes perfectos de estadía y locura. Porque, como ya te digo, sólo sos vos la fuente de ternura.
Ahora sonrío por el antes... Ay Dios! "el antes" ya ha sido y me sirve para saberte tan mía, tan linda, tan propia, tan universal, que no sé a quién agradecerle: al Destino, a tus amores previos, a Dios. Tantas veces nos desencontramos del amor, quién creyera que íbamos a creer, quién iba a suponer que no nos íbamos a hacer malas pasadas, dime, mi niña-esposa, ¿quién iba a creer que íbamos a ganar todo en una jugada?
Así que "aquí me quedo" Ahora... a construir el día a día, con mis desórdenes, con tus manías; con tus enojos y mis alegrías. Ahora, mi niña-esposa, a luchar al dos por dos, por esta maravillosa cosa que llaman simplemente AMOR.
Vale pues. Salud y "que todas las noches sean noches de boda, que todas las lunas sean lunas de miel"
Ulises, tomando agua mineral, porque el alcohol de las bodas hace daño.

viernes, octubre 12, 2007

Una carta para usted.

"...Los he querido mucho,
sólo que no he sabido expresar mi cariño,
soy extremadamente rígido en mis acciones
y creo que a veces no me entendieron..."

Carta del Dr. Ernesto Guevara a sus padres.

Para Susana, Miguel y Cristian.

Dicen que estás muerto. Cuentan que te asesinaron a mansalva. Dicen que algunos lloraron y que otros definitivamente sonrieron satisfechos; pero que los más, estaban paralizados por el estupor. Dicen que te capturó la CIA y sus mandriles puñeteros del cono sur. Me dijeron que te convertiste en mito, que tu leyenda ha surcado el mundo entero, que la foto de Alberto, sí, Korda, a quien no le dieron ni un peso por la tal foto, le dio la vuelta al mundo y que tu imagen es la más reproducida en la historia de la humanidad, mucho más que la de un tal Jesús (amigo tuyo, también comunista).

Dicen tantas cosas... cuentan que los jóvenes del sesentayocho eran discípulos tuyos, que se inmolaron "a lo pendejoy ya ves, ¿para qué?" así dicen. Cuentan que te peleaste con Fidel y con Raúl, que te quedaste solo por decir siempre lo que pensabas, eso cuentan. Que Fidel te abandonó, que les dijiste a los rusos que su comunismo era pavada, que en la ONU tomaste el micrófono y les dijiste dos frescas a los gringos... eso dicen.

Cuentan que los jóvenes que naciste te siguen de maneras patéticas: alcoholizándose (¿autocrítica?), fumando mota, bailando como imbéciles "ska", siendo anarquistas, pintando graffittis y destruyendo todo, sin perspectiva... eso cuentan. También dicen que muchos escribieron biografías y adquirieron renombre con ellas, que Paco Ignacio, que O'Donell, que Kalfon y hasta el pendejo del "güero" Castañeda hicieron lo suyo. Dicen que el pobre diablo del Vargas Llosa hizo gala de su imbecilidad (¿qué se podía esperar de él?)y dijo que sólo habías sido un aventurero, eso dicen.

Dicen tantas cosas, cuentan tanto, bueno! te platico que hasta la gusanera de Miami, sí, esos renegados malagradecidos hicieron un "documental" (¡ja!) donde te ponían como mercenario y hasta terrorista. Cuentan tanto... y yo sigo preguntándome: ¿realmente estás muerto? Porque si lo estuvieras, porque si realmente tu convicción se hubiera sepultado contigo, ¿a qué tanto denuesto? ¿por qué tanto y tan acre esfuerzo por hablar de ti? ¿No será que muchos quisieran tener tu perseverancia y tu honestidad? ¿No será que muchos hombres -o que pretenden serlo- te admiran en silencio porque se venden, se emputecen por unos cuantos pesos? ¿No será que las mujeres quisieran un hombre la décima parte de íntegro que vos?

¿Y no será, finalmente, que a cuarenta años que te fuiste, resulta que tenías razón? ¿y que el hombre necesita una refundación? ¿no será que te extienden vituperios y maldiciones posfechadas porque sienten esa impotencia disfrazada de clasemediero, obrero wannabe burgués que les corroe las entrañas? Quién sabe.. yo nomás te cuento lo que me dicen, lo que alcanzo a pepenar en las pláticas de café.

Por si las dudas, Comandante, donde estés, te agradezco el ejemplo, te comento que me cuesta, pero que procuro la honestidad (aunque eso, vos sabés, sea a cambio de la "paz y la estabilidad" a la manera burguesa de verlo), que procuro la disciplina, que no me miento y no miento (más que en defensa propia). Por si las dudas, Comandante, aunque bien sé que lo sabes, te cuento lo que cuentan... lo que dicen, lo que hablan...

Hasta la Victoria Siempre

Ulises.