viernes, diciembre 28, 2012

La Canción



“Si no corres el riesgo, nada pasará
Si no abres la puerta, nadie pasará…”
[Torreblanca, “Si”]



Cansado de adquirir el asiento veintiocho, decidió que esta vez no saldría de Taxqueña y compraría cualquier otro número para el viaje. Estaba un poco harto de forzar la coincidencia y buscar con la mirada desesperadamente hacia todas partes. Así que no se hizo malasangre y todavía se dejó esperar por el taxista de confianza hasta las milochocientasdiez.  “Ni en pedo llegamos seis cincuenta a la terminal”, bromeó, picándole el orgullo a Toño, el taxista, que con pinta de dandi provinciano, sonrió y sólo respondió tras la larga fumada al cigarro: “¿apuestas?”.

                Así iniciaron la corta pero tediosa travesía por la autopista Querétaro-DF que, a esa hora, en viernes y quincena, estaba ligeramente hasta la madre.  Grande fue su sorpresa cuando Antonio, el taxista-dandi-Cuautitlán, hizo el tiempo récord de veinte minutos: “quihúbole, mi cabrón!, me merezco la propina o cómo ves?” La carcajada no se hizo esperar y acordaron que “el siguiente fin yo pongo el six, mi Toño”.

                Con el tiempo suficiente para el camión de seis cincuenta, pero con la nula esperanza de encontrar boleto para ese horario, se llegó adonde la taquilla y –elíxir de la “suerte” (sí, la suerte y el hubiera son para los pendejos, nunca mejor dicho)-tenían “el último, boleto, el treintaynueve”, le dijo el del expendio.  “Nomás falta que me encuentre a otra lentes hipster”, se dijo entre divertido y resignado por viajar en el culo del mundo, es decir, del autobús.

                Pero no, esta vez no iba junto a él ninguna fémina. A cambio, su compañero de asiento fue un señor entrado a los sesenta que, víctima de incontinencia o seguidillas hizo las ocho visitas al wc del camión con los dolores y olores de rigor. Quizá por eso su falta de sueño, quizá por eso su carencia de ánimo para descansar.  Tal vez por eso su constante reporte vía sms a su contraparte en pipopelandia que –dijo- le esperaría en la terminal.

                El camino, una vez más, inexplicablemente, no tardó las cinco horas de periférico, aeropuerto, calzada Zaragoza, chalco, etecé. A cambio, las tres horas y media de recorrido le ofrecieron la certeza que esta noche sería diferente.  Es evidente que cuando se fijan las expectativas en altos estándares, se pueden obtener grandes y agradables sorpresas o frustraciones igualmente siniestras. 

                Por eso, recordó lo aprendido durante sus más recientes conatos de relaciones fallidas: “tolerancia” (la mujer siempre llega tarde), “paciencia” (con una mujer requieres el doscientos por ciento), “comunicación” (decir exactamente lo que se quiere y no lo que se puede interpretar). Así que cuando ella, quien se suponía tendría que esperarlo en la terminal, arribó veinte minutos tarde, él explicó –en el tono más paciente, tolerante y mesurado que pudo- que no era nada cómodo esperar”

                Como quien no quiere la cosa y con la sonrisa divertida del taxista, cómplice de sus devaneos dialécticos, llegaron a la calle de los barecillos en la Cholula tantas veces visitada y tan largamente extrañada.  Y como la avenida estuviera cerrada por quién sabe qué motivos mágicos, ellos se decidieron a la caminata. Él se atrevió: tomó los dedos delgados y largos de ella, los entrelazó y así llegaron al barecillo donde, aparte de cerveza, vendían cerveza… ah! y además, cerveza.

                Con su nueva tendencia de abstemio decidió que se iba a dedicar a escudriñar a los asistentes y a escuchar al tan mentado grupo de rock que, por cierto, ni idea cómo se llamaba.  Lo primero que escuchó fue una serie de ruidos, de estridencias, de frases entrecortadas, inconexas, de gente festejando y, por si poco no fuera, un horizonte de traseros de adolescentes bebiendo caguamas y vitoreando al grupo que, finalmente, sabía se llamaba “Torreblanca”.  Los analizó, los definió: unos hipster Condechi, propuesta musical wanna be y no mucho qué ofrecer. Aunque claro, por supuesto, también puede ser que ya estoy demasiado viejo para estos asuntos del antreo y de las noches de farra, aceptó como quien no quiere la cosa.

                Fue en ese instante, ni antes ni después, que concatenó todas las “casualidades” que se venían sucediendo desde las dieciocho diez: la vertiginosa carrera de Toño por la Querétaro, el teintaynueve con el adulto mayor incontinente, la llegada tarde (ya qué importaba cuánto tiempo) de ella, su estancia en ese lugar de cerveza más cerveza más cerveza.  Todo coincidía para escuchar esa tonadita pegajosa con palabras más o menos inteligibles.

                Seguramente por eso no dudó en tomarla de la mano y acercarse lo más posible a los hipster condechi, evadiendo el horizonte de traseros adolescentes y sujetarla fuertemente mientras el vocalista no escatimaba esfuerzos para profetizar: “… cuando sea demasiado tarde te arrepentirás, si no corres el riesgo nada pasará… si lo dejas al tiempo, se marchitará…”

                Sonrió. Sonrió sinceramente. Hasta podría decirse que se le escapó un suspiro de comprensión, de aceptación, de solidaridad: “si no corres el riesgo, nada pasará”, repitió mentalmente. Luego, mientras le dedicaba una mirada a ella, auguró: debería iniciar los cuentos al revés, dijo con la sonrisa chueca, los brazos cruzados y las piernas estiradas, como si con esa pose completara la tarea para la que había sido diseñado ese día; tuvo a bien enumerar para ella las coincidencias que hicieron posible el encuentro y “la cereza del pastel”: La Canción.

(A manera de disculpa, habría que decir que quizá todas estas casualidades –o causalidades- pasen desapercibidas para alguien con amplias experiencias en lo que a vida se refiere.  Pero hay que tomar en cuenta que para aquellos seres humanos que han sido robotizados por el trabajo, cualquier alteración en sus patrones conductuales tan cuadrados y esquemáticos, la más mínima innovación significa un milagro, un portento, un designio… o algo igual de barato e insalubre. Por ello, el sólo hecho de poder descubrir una letra, un conjunto de palabras que encajaban con lo que él buscaba, tuvo un alto significado para él)

La noche era fría, demasiado –hasta para la Cholollan de los pipopes noctámbulos. Quizá por eso les ganó la gana de abrazarse y dejarse abrazar.  Tal vez fue que ella, silueta delgada y frágil buscó en él un breve refugio. Sería por eso que él, recuerdo y momentáneamente espontáneo, no dudó en buscar el talle fino de ella, el perfume que recordaba como la primera vez…

                La besó, lo besó o quizá se besaron ambos.  En muchos sentidos y de muchas maneras, ese beso, que no sabía a alcohol, que no sabía a pasado y sí tenía el dulce sabor de la esperanza recién estrenada, definió su futuro cercano, su próxima reunión. Quién sabe qué podría depararles el porvenir, después de tantos años y tantos desencuentros. 

El Destino, El Tiempo, El Universo, La Vida, Las Casualidades o quizá, las decisiones de ambos determinarían el rumbo de sus risas, sus sonrisas, sus lágrimas o sus suspiros. Aunque tampoco hubo que esperar mucho tiempo: en sólo dos meses supieron que el silencio, nuevamente, era la mejor respuesta para las ganas de quitarse las ganas, para sus contradictorias formas de ser. Y sin embargo, como por una maldición –o una bendición, quién puede saberlo, siempre tendrían esa canción a la cual regresar…

               Luego, la vida siguió…

Vale pues.  Sabed que todos estamos hechos de historias.

Ulises, recordando y esperando una que sepa decir: “porFavorCompermisoBuenosDías”… y –si no es mucho pedir- que sea coherente…


sábado, diciembre 08, 2012

El Veintisiete.


 


“En realidad, nunca es bueno arrepentirse de nada… 
pero prefiero arrepentirme de lo que he hecho
que de aquello que nunca me atreví a hacer”

Para ti, que me has revivido las ganas de escribir

Con los audífonos a todo volumen y la vista fija en la ventana se prescribió la receta de enumerar la semana laboral y política.  Aerosmith le recetaba eso del “Dream on, dream on” con Tyler desgañitándose y un suspiro con mayúsculas se le escapó al saber que nada había cambiado, que nada iba a cambiar y que la gente le tiene tanto miedo a un “semicambio” que prefiere seguir abyectamente sometida por los mismos arribistas de siempre. “Y para acabarla de joder –se dijo- yo que sigo sin encontrar una mujer de la cual enamorarme”

    Eran las diecinuevequince de ese viernes diecisiete de agosto y los demás pasajeros buscaban su isla para salvarse del naufragio que era el Tasqueña-Puebla. A él, que mucha gracia no le hacía eso de viajar hasta el fondo del autobús, le había tocado el veintiocho (“es el último de ventanilla que tengo” –le dijo la niña que atendía la taquilla), se le hizo fácil, para matar el tedio, inventar historias de cada uno de los que iban abordando: así, nació el cuento de la maestra de inglés cuarenta y tantos de figura esculpida por el gym o por la cirugía (quién podría saberlo) con las tetas a punto de reventar la blusa roja y el maquillaje excesivo que le dieron pie a saber que ella viajaba ya satisfecha(la sonrisa la delataba) de vuelta con el marido pipope que la estaba esperando después de su mañana-tarde de travesuras eróticas con su alumnito veinte años menor y muchos centímetros mayor que el consorte.
 
    También aventuró la confesión del tipo entrado en años que, traje inmaculado de por medio, ocupó el asiento veintidós.  Imaginó el rostro de su mujer cuando le dijera que había descubierto su homosexualidad bien arropado por aquel compañero de trabajo.  “Cómo puedes saber que es gay?!” le dijo su personalidad más inquisitiva.  “Es claro que es puto. Nadie con una dosis de heterosexualidad pone tanto esmero en su arreglo personal”, sentenció mental y lapidariamente.
 
    Al final de todos los pasajeros-historia abordó una chica con una mochila más grande que ella misma. Los lentes de hipster, la mirada constantemente cotejando el número en el boleto con los de los asientos, le hizo fruncir el ceño: “sin memoria de corto plazo, menuda chinga para su vida” se dijo.  Fumó mentalmente y pidió a las fuerzas del universo que no fuera ella la ocupante del veintisiete.
 
    Pero ya se sabe, lo dijo el puñetero del Coelho, cuando deseas algo vehemente, el Universo entero conspira para hacerte mierda la vida (¿sí era así, verdad?). De tal suerte, la mochila se fue acercando estrepitosa e inexorablemente al veintisiete.  Él tuvo la buena intención de levantarse y ayudarla a poner el inmenso armatoste en el compartimento de equipaje, pero ya se había curado de esa pandemia de la caballerosidad y dejó que otro hiciera las veces de.
 
    Finalmente, los lentes hipster, el cabello alaciado, negro, el pantalón de mezclilla y la blusita estampada, preguntaron: éste es el veintisiete, verdad? Él, que por alguno de esos oscuros motivos había bajado el volumen cuando Pxndx en “los malaventurados no lloran”, sonrió entre lastimero, comprensivo y resignado moviendo de arriba abajo la cabeza mientras se decía mentalmente (“sin memoria de corto plazo, ciega y tonta”, ni cómo ayudarle).  Cabe decir que, amén de la megamochila, imposible de cargar por cualquier ser humano, ella portaba una bolsa “de mano”, o lo que podría entenderse por tal.  Era descomunal –e igualmente fea.
 
Él no lo supo hasta la mañana siguiente, pero “El Destino” le había presentado ahí, en ese preciso instante, la primera oportunidad de volver a enamorarse de “La Vida”.
 
    Ella dijo “buenas noches” y él, todavía con la sonrisa comprensiva, lastimera y resignada (o algo que pretendía ser eso) respondió: “buenas tardes…” Ella no supo cómo reaccionar y repuso: “bueno, es que a esta hora ya parece de noche… y con la lluvia, más!” esbozando esa sonrisa maravillosa que él recordaría el resto de su vida.
 
    En ese instante, “El Destino” le presentó la segunda oportunidad para enamorarse de “La Vida” Ella preguntó, con sincera curiosidad, cuánto tiempo duraba el recorrido. Él respondió –casi con fastidio- que si no había tanto tráfico serían dos horas o dos horas y media.  “Es que es la primera vez que voy a Puebla desde Tasqueña” –dijo ella a manera de disculpa. Él, que para esas horas no tenía humor ni intenciones de conversar, respondió un “ah!, qué bien…”
 
    Cuando el autobús salió de la terminal, él volvió a sus pensamientos, a sus inventarios de tristeza con la vista perdida en la ventanilla. En los audífonos estaba reverberando el “tenía tanto que darte, tantas cosas qué contarte…” que no pudo hacer otra cosa que recordar cuando hacía doce años, la vida no era simplemente un catálogo de éxitos y fracasos laborales, cuando no era sólo lectura y crítica marxista, cuando la vida era una frenética busca de los labios y la piel, cuando la vida era imaginación y zozobra, ternura y recuerdo, cuando era abusivamente feliz, cuando la vida era “Vida” –así, con mayúsculas.
 
    En esas estaba cuando el atorón de tráfico lo sacó de sus cavilaciones.  Era claro que el recorrido iba a durar más de lo esperado y ella, más impaciente que contenta, volvió a la carga: “¿esto pasa siempre?”. Él sonrió, ahora sin comprensión y con solidaridad: “sí, casi siempre, es viernes y todos queremos salir de aquí”- le dijo engolando la voz.
 
    Ella se alzó de hombros, acarició el cabello negro, alaciado y buscó en su bolsa. Ahora él prestó atención en sus formas, en sus dedos largos, en la mirada detrás de los lentes hipster, en el perfume dulce que exhalaba su piel, en su nariz perfectamente delineada, en los labios finamente retocados y podría decirse mil por ciento besables.
 
    Pero no se hizo ilusiones: su voz más crítica y amargada le repitió en el cerebro: “¡tranquilo!, ya sabemos cómo terminan estos encuentros, nada de empezar a hacer plática ni pendejadas semejantes, ¿entendido?” Mientras ella, locura y asedio de buenas nuevas, revolvía en la bolsa descomunal (e igualmente fea que su mochila) hasta encontrar una bolsa de frituras. La sacó con la mayor naturalidad y al abrirla le ofreció a él: “¿gustas?”. El imperceptible pero profundamente largo paso del “usted” al “tú” le dio la pauta. Él pudo responder – de acuerdo a su manual- el tan llevado y traído: “no, yo no gusto, yo encanto…” lo cual provocaría una risa y luego la plática, el romper el hielo y todo lo demás. La tercera oportunidad de volverse a enamorar de “La Vida” se había presentado y él, a cambio respondió: “sí, gracias”. Tomó el remedo de papa que se le ofrecía y volvió a sus pensamientos.
 
    Finalmente, el autobús rompió el embotellamiento e iniciaron –ahora sí- el viaje a Puebla, ella seguía comiendo sus frituras y él sonrió sin saber por qué. Ya no estaba metido en sus pensamientos y sus canciones, la miraba de reojo mientras ella, absorta en la malísima película del camión, se llevaba una a una las tan mentadas papitas.
 
    Intempestivamente, y como si ella hubiera estado todo el tiempo pensando, preparando, anticipando las preguntas, le soltó en una ráfaga: “y vas mucho a Puebla? Tienes allá a tu esposa? Trabajas en el de-efe?”  Él, que estaba pensando en cómo le gustaban sus dedos largos, su cabello negro y la nariz perfilada, sólo pudo abrir los ojos como platos y enquistar una sonrisa (o algo parecido a ello), sonrojarse (qué bueno que es de noche y no se nota) y responder una a una sus preguntas, paciente, dulce, clara y nerviosamente…  Pero sólo eso, sin retroalimentación, sin un “¿y tú?, ¿a qué te dedicas? ¿qué haces en la vida?¿sabes volar?” No lo sabía, no lo supo hasta después, pero había dejado ir la cuarta oportunidad que “El Destino” le había puesto para enamorarse de la Vida.
 
    Estuvo a punto de aventurarse a iniciar la conversación, a empezar el intercambio de ideas, de pensamientos, de lecturas y fisuras, pero ella, después de la caseta de Chalco, recibió la llamada materna, le explicó que iba a tardar un poco más pero que ya era seguro que llegaba. Él, como quien no quiere la cosa, vio la pantalla del celular: dos niñas hermosas, con la sonrisa de ella. Niñas que probablemente serían sus hijas (o sus sobrinas, quién lo sabe), así que, mejor no, mejor quietecito en el asiento y nada de conversaciones que lleven a más cosas.
 
    Cuando llegaron a Río Frío, como se sabe, la altura sube y la temperatura baja. Ella, con sus mangas cortas de blusa, con los ojos cerrados vueltos hacia el veintiocho, daba una imagen de indescriptible ternura. Así que él, que se estaba curando de curarse de la endemia de la caballerosidad, se quitó la chamarra negra y la puso sobre ella que, al sentirse abrigada, abrió los ojos (café clarito, pudo adivinar él) y sonriendo de la manera más maravillosa de que él tuviera memoria, sólo dijo: “gracias”, para volver a quedar dormida, ahora sí, profundamente.  Él no lo supo, no lo sabría hasta la mañana siguiente, pero “El Destino” le había puesto ahí, en ese momento, en ese preciso instante, la quinta oportunidad de enamorarse de “La Vida”
 
    El resto del trayecto es –como se sabe- monótono, aburrido, sin más cosas qué contar, hasta que se entra, verdaderamente a pipopelandia. Las luces del autobús se encienden, ella por reflejo se despierta, lo mira, él sigue volteado a la ventanilla escuchando “Se me olvidó que te olvidé”, extiende su mano hasta tocar su mano y cuando él voltea, ella sonríe otra vez y dice: “gracias, no sé qué hubiera hecho si no me tapas, eres muy lindo”. Llegan a la terminal, todos empiezan a bajar, incluso ambos. Ella toma su megamochila –fea, muy fea, por cierto- y sonriendo le dice: soy Tatiana, mucho gusto. Extiende la mano, sujeta fuerte, mira a los ojos, sonríe, sonríe como si fuera la verdadera vida.  Él no lo sabe, aunque lo sospecha, que ahí está otra vez, la sexta oportunidad de enamorarse de La Vida. Mañana lo comprobará…
 
    Así que baja limpia, serena, tranquilamente a recoger su equipaje.  Toma la escalera eléctrica y se pregunta “Y si fuera ella?”. Se imagina historias, se piensa con ella, con Tatiana (ahora tiene nombre), tomando café, escuchando, viviendo.  Pero no, qué va a hacer? Qué va a ser? Se dice que si ella estuviera esperando afuera, él se atrevería, ahora sí, a decirle algo como “me gustas”, “vamos a tomar café”.  Todo esto se lo dice mientras recoge equipaje y toma la escalera eléctrica.
 
    Entonces todo sucede: todo está planeado por El Destino (o alguien igual de macabro). Ella está ahí, a la salida de la terminal, con su mochila (fea, de verdad que es fea), con el pantalón de mezclilla, la blusa estampada, los dedos largos, los lentes hipster, el cabello alaciado y negro, la nariz y los labios, con todo… y él se sigue caminando de largo, con su equipaje, con las ganas de invitarla a café, con la duda del “qué pasaría si…?” Con la certeza del qué hubiera pasado… (certeza imbécil). La  séptima oportunidad de “El Destino” para enamorarse de “La Vida” se ha presentado… y no la tomó.
 
    Desde entonces, y a pesar de saber que nunca ocurrirá, quizá por cábala, por desear que la casualidad se repita o por volver a tentar al “Destino”, él adquiere el boleto veintiocho, esperando que Tatiana, la de la mochila inmensa, la de la sonrisa indescifrable, los lentes hipster, el cabello alaciado y negro, aparezca y pregunte nuevamente: “éste es el veintisiete?” Quizá esta vez él la invitaría a café y después, después quién sabe…

Vale. Salud y sabed que el destino ofrece siete oportunidades.
Ulises, comprando el boleto veintiocho...

jueves, noviembre 15, 2012

Noviembre 13


Gracias por hacer que volviera a escribir...

¿Recuerdas? aquella mañana no hacía tanto frío como hoy, pero también corría ese vientecillo que te despeinaba y jugaba con tu cabello sobre el rostro haciendo que parecieras más enigmática.  No sé, no tengo tanta memoria, pero creo que alguna vez te dije que me fascinaba el conjunto, la armonía del cabello-mirada-nariz y boca.

Era viernes y como siempre -o como casi siempre- evitaste al máximo el maquillaje. Por eso no pude sino suspirar en cuanto te vi a la puerta del salón, con la expresión de niña extraviada en el supermercado, con el "Samsara" y la falda del uniforme pasear por entre los pupitres; teníamos clase en el laboratorio de inglés y te propuse hacer nuestro presente continuo mientras el resto conjugaban el "past participle". ¿Recuerdas?

Quizá hayas olvidado que nos sentamos en el tercer escalón del puente en desuso, tal vez no permanezca en la memoria que me sudaban las manos y que cada dos por tres tenía que reprimir el suspiro porque hubiera parecido excesivamente cursi (mucho más de lo que siempre he sido).

Esa mañana, ¿recuerdas? platicamos del futuro, de cómo sería nuestra vida en unos años, quiénes seríamos, dónde estaríamos, y todas esas utopías que se antojan fáciles a los quince o dieciseis.

¿Recuerdas que sonreías sin disimular cuando te contaba de mis planes y proyectos?  ¿Recuerdas que no me creíste cuando te dije que no quería casarme para no repetir los errores familiares? De hecho, recuerdo perfectamente que inclinaste la cabeza a la izquierda, pasaste la diestra sobre el cabello, levantaste una ceja, sonreíste de esa manera tan insoportablemente cínica y luego de tu carcajada dijiste: "ya te veré con esposa e hijos".

Recuerdo que suspiré profundamente y tentando la suerte te dije: "a menos que seas tú, no lo creo", ¿recuerdas? Luego vino el silencio y tu mirada profunda, insondable, se quedó fija en mi por unos segundos. Traté de romper el silencio incómodo con alguno de mis comentarios ociosos y tú sonreíste, tan sólo para agregar: "si me besaras, no podrías olvidar ese beso jamás".

"No me provoques", respondí ¿recuerdas? y tú volviste al ataque: "no es provocación, es la verdad"...

Aquella mañana era viernes, ¿recuerdas? Ese beso fue el primero que realmente viví con todos los sentidos, con todas las ganas. Lo demás, lo de después, lo posterior, como todas las cosas, tiene versiones y aristas, perspectivas y subjetivaciones, finales más o menos agridulces...

Quizá lo único que permanece como un hecho inamovible es la certeza de que ese beso no se ha olvidado, veinte años después.

Vale pues.  Salud y sabed "que veinte años no es nada..."
 
Ulises


sábado, enero 21, 2012

Vuelta en la esquina correctamente equivocada

"Porque el tiempo, el implacable, el que pasó,
siempre una huella triste nos dejó."
(Pablo Milanés)



Por pura curiosidad, hábito, morbo, quién sabe, se miró al espejo, su deporte favorito. Encontró dos arrugas de adelanto y sonrió para remarcarlas. Los doce kilos más, producto de su vida dispendiosa, también vinieron a su encuentro. Ese proverbial valemadrismo le invadió y se dijo que él sabía asumir las consecuencias. Sólo entonces, esa mañana tuvo la paciencia de evocar el encuentro (re-encuentro?).

Claro, ya se sabe, a pesar de que pudo ser real, o no, lo cierto es que la historia es mucho más común de lo que se pueda pensar: Armando caminaba por esas calles de Dios una tarde de viernes sin algo qué contar y mucho qué aprender. Evitó los bares de putas ya conocidos y se dijo que era tiempo de tomar una botella de vino tranquilamente.

Así que dobló a la izquierda (siempre a la izquierda) en la calle -ésa de cuyo nombre no quiso acordarse- y sintió el vientecillo frío de la tarde-noche. Metió las manos en la gabardina, más por hacerse el interesante que por verdadero frío. Miró en derredor y nada llamó su atención. Ese día, simplemente, Armando no quería detenerse a observar la vida,quería -simplemente- sustraerse del mundo y dejar de ser él por un rato.

Caminó por la avenida llena de ambulantes y el típico "a peso a peso". Alguien le tomó del brazo para detenerle en su camino y justo cuando estaba a punto de dar el ya sabido: "no, gracias", ella le dijo: "¿ya no saludas?". Armando entrecerró los ojos a manera de pregunta y luego los abrió como platos y -como salido de lo más profundo del corázón- atinó a decir: "Hey! cómo estás?!" Claro que no la reconoció. Claro que por su mente pasaron muchos nombres -excepto el de ella. Claro que el mundo se detuvo.

Se acarició la barba y soltó una de esas mentiras que se saben piadosas pero inescrutables: "es que voy un poco apurado, tú sabes, los pendientes y esas cosas..." Evidentemente ella no le creyó y sonrío. Sólo entonces él reconoció un poco de esa magia que le había hecho la vida tantos años antes.

Por eso aventuró el nombre: "Estela, mi niña Estela, cómo va todo?" preguntó él en uno de esos lugares comunes. Ella encendió un cigarrillo, levantó los hombros, hizo el gesto de "valiendomadre" y dijo: "Sí, bien, ya sabes..."

La recorrió de arriba a abajo con la mirada. ¿Qué había pasado? Del cabello largo, alaciado y claro cada día, no quedaba nada. En su lugar, el cabello recortado, estilo militar, de tonos rojos y negros hacía presencia. Ya no vestía de faldas largas y hippiosas de las que él hacía sorna. Tampoco estaban las pulseras y los collares. Estaba cambiada. Absolutamente cambiada.

Pero sobre todo la mirada, la mirada no era la misma, podrían haber cambiado muchas cosas en ella (la percha cuenta), pero esta mirada no era esa de niña confundida por el mundo, con ganas de aprender. Esta mirada no era de expectativa. Era una mirada soberbia, amarga, dura, ruda, cruda. Una mirada que sabe lo que quiere y que no se gasta mintos en idilios. De más está decir los kilos extras (él también contaba con su dotación) que le sorprendieron por recordar a "la princesita" que cuidaba no comer cinco calorías de más.

"Te invito una cerveza" aventuró él. Ella hizo un gesto -ese gesto tan esperado- y respondió lo que él ya sabía: "no tomo, pero te acepto el café". Así que se fueron al primer Vips que encontraron. Se pusieron al corriente de las vidas, volvieron a reir: ella muy pocas veces con esos ojos más oscuros detrás del maquillaje y la nueva pose, él detrás del escalofrío y la incertidumbre.

Ya se sabe: cuando dos se dejan, la vida cambia radicalmente.  Luego de las lágrimas viene la reconstrucción, la negación y, consecutivamente, vienen nuevos amores, nuevo horizontes...

De todo esto platicaron, claro que auando el reloj marcó las doce, se despidieron, se dieron el abrazo de rigor y el "me encantó haberte encontrado nuevamente" tan falso el de él, el "que bueno que estés bien", tan sincero el de ella. Se fueron  cada cual a vivir su vida, él a sus cenicientas de saldo y esquina, ella a cuidar al bebé que cuidaba su esposo.

Armando regresó a la calle, con mucho más frío -aunque era verano. Llegó a la casa, se acostó en la cama donde nadie lo esperaba y la recordó... así, como era, delgada e indefensa, cabello claro, largo y planchado cada día, pero sobre todo como había sido para él: tierna, dulce, adorable... cursi, sí, un poco, pero siempre, siempre suya...

Tuvo el tiempo y la paciencia para suspirar y desearle una feliz vida...

Luego, vos sabés, la vida siguió.

Vale pues.  Salud y sabed que es una "sabia virtud conocer el tiempo.. A tiempo amar y desatarse a tiempo..."

Ulises, imaginando.

sábado, diciembre 24, 2011

El Grinch

"... ¿y por qué no hacemos de la Navidad algo cotidiano?..."
[PALACIOS. 2011. "Preguntas incómodas"]

Claro que te van a decir grinch porque no te unirás a sus festejos hipócritas de bienaventuranzas y discursos grandilocuentes en esta noche que levantan la copa y agradecen El Nacimiento de El Maestro, pero son insensibles ante la realidad que Él intentó transformar. Claro que te van a decir grinch si no entras a sus patéticos intercambios de regalos de oficina donde, si a un compañero le toca alguien que "no le cae", busca modificar la circunstancia y asignárselo a alguien más.

Claro que te dirán grinch si les escupes con todas sus letras que eso de hablar mal a las espaldas de alguien y darles un abrazo este día, es tan pusilánime, que podría hacerte vomitar. Claro que te van a decir grinch si les hablas de su poca solidaridad, del egoísmo humano, de la carencia de valores, de que estás hasta la madre de la política del que "no transa, no avanza", de la otra del "a chingar que atrás vienen chingando".

Claro que te van a decir grinch si los mueves a reflexión, a pensamiento, a cuestionamiento sobre sus conductas cotidianas.

¡¿Cómo no te van a decir grinch si les preguntas:?! ¿y el resto del año qué haces por el mundo? ¿y el resto del año te aseguras de no difamar o mentir? En verdad, ¿Cómo no te van a decir grinch si se dedican a vender facturas "de chueco", a vender cosas "de roberto", a administrar un putero, a estafar al marido con el que se casaron por interés? ¿Cómo no te van a decir grinch si hacen la familia modelo y ella le pone el cuerno al pobre hombre que se desvive en la manutención? Claro que te van a decir grinch porque te abstienes de entrar en su egañifa de tres pesos del "hoy eres mi hermano pero mañana tanto tienes, tanto vales".

Claro que te van a decir grinch. Pero esos que te dicen hoy grinch, son los tibios, los asqueantes, son esos incapaces de levantar la voz cuando hay injusticia y prefieren voltear la cara a otro lado. Son ésos -los cobardes- que prefieren quedar bien con el jefe y no denunciar los fraudes. Son esos que cuando viajan en metro cierran los ojos haciéndose los dormidos para no cederle el lugar a la viejita. Son ésos que hacen transa y se meten a las filas. Son ésos que aceptan sobornos. Son ésos que hasta se ríen y se autofestejan como "chingones" cuando le hacen trampa al otro "porque un peso es un peso". ¿Cómo no te van a decir grinch si quieren lavar su conciencia por un día?

Claro que te van a decir grinch porque tú no tienes que esperar a un diciembre veinticuatro para saludar al extraño que pasa a tu lado y desearle buen día; porque tú no tienes que esperar a los gorritos rojos mamadores para desearle a alguien que Dios lo bendiga; porque tú no necesitas un pretexto para ser solidario y apoyar al compañero, denunciar la prepotencia, evidenciar la incongruencia.

Claro que te van a decir grinch. Y si te lo dicen por estos motivos, siéntete orgulloso, esboza una sonrisa compasiva y déjalos ir...

Vale pues. Salud, un abrazo y Feliz Navidad, Grinch!

sábado, octubre 15, 2011

Andrea

"... y es que no importa que digan que está trillado

hablar de amor, que maldigan

si no han probado la noche

en sus brazos de sol ..."

Alejandro Filio ("Brazos de Sol")

Ahora que el tiempo ha pasado, más de muchos años, pienso, evoco, recuerdo. El Alzheimer sigue sin sembrar totalmente su semilla en mi. Recuerdo cómo fue ese primero de mayo en la Feria de San Marcos. Recuerdo.

Recuerdo que ella iba vestida de noche: pantalón negro, sueter negro alto, cabello al viento. Labios rojísimos y sonrisa perversa. Recuerdo nuestra breve conversación y su "ya me voy". Mi número anotado en un papelito. Ella sonrió -como por protocolo- y sólo le faltó decir: "nosotros te llamamos"

Luego, doce días después (cómo olvidar ese 13 de mayo), la llamada, la delicia de su voz, el "te invito a café" y su "mejor invítame una chela". La risa -su risa como milagro. El beso, el primero, mis manos por su rostro, la vida misma encerrada en el unosetenta infernalmente hermoso.

Recuerdo. Claro que recuerdo. Las noche de bohemia: cantando, suspirando, platicando, comparándonos, cotejándonos, queriéndonos, llorándonos mutuamente solos. Recuerdo. Recuerdo amanecer los sábados e ir al desayuno -como náufragos- a cualquier restaurant, ella diciéndome "marido" y yo tratándola de "esposa" (esas cosas que la gente no entiende y todos se toman en serio), mientras los realmente interesados saben que no son ni marido ni esposa (ah! pero cómo quisieran serlo)

Ella tan divertida para saber que nuestro noviazgo duraba medio día. Yo tan solemne que entendía que ese juego no duraba más de una partida. Recuerdo. Claro que recuerdo. Recuerdo su piel delicada y dulce. Recuerdo sus labios, sus mejillas, su cabello. Recuerdo. Claro que recuerdo!

Por eso ahora que la veo en el altar, tan propia, tan ella, tan celebérrimamente protocolaria, tan propia y tan seria, me pregunto: ¿recordará cuando el mundo era una risa? ¿cuando entre sus manos y mis manos la vida era una carrera?... Sólo eso me pregunto.

Vale pues. Salud y que los matrimonios sean un éxito

Ulises, firmando de testigo del suicidio.

sábado, octubre 08, 2011

Piso Veinte

"...esta semana de mi vida no tiene precio..."

Todos los días y durante todo el día: negociar, ser paciente, rascarse la nariz y ponerse la mano en la boca para no mentar madres. Todos los días y todo el día: café o nestea, los nuevos y la risa, que si cucú y si el violento, que si el forever-alone y el Sicilia de rigor. Todos los días.

Pero entonces aparece ella. Sí. Así, como inventada de esa historia cursi de un guión de televisa. Ella y su 1.65 que cuando se pone tacones vaya cosa. Ella y su mirada seria y triste. Ella muy seria y él que piensa: "pinche vieja bipolar".

Ella que empieza a sonreír con las cejas aún muy serias. Él que le dice: "á ver, a ver, a ver... dulcifícame la mirada" Ella ríe. Son cómplices. Y empiezan a platicar de su carrera (la de los dos) y sus ganas de cambiar al mundo (las de él) y sus ganas de ser feliz (las de ella).

Ella y un jueves que aparece al final del pasillo con el sol en la espalda y eso le da la idea de un ángel. Y ya sabes, como en esas películas cursis y puñeteras, ella camina lento, con la melena al viento (o al aire acondicionado) y él se queda viéndola como si nada más existiera ese jueves. Suspira. Todos las paredes de su misoginia las han derrumbado veintitrés años de sonrisa y coherencia.

Él pregunta, claro que pregunta: y cómo haces?... Ella sonríe enigmática: "porque me pensaste..." Todo es una fantasía. Suspira aliviado. Ella no ha estado ni estará. Él la ha imaginado y le ha determinado un nombre, una mirada, un perfume y una sonrisa.

Luego, vuelve al trabajo, y quién sabe, tal vez, algún día, la encuentre caminando por el piso veinte...

sábado, mayo 28, 2011

Última Partida

"¿De qué callada manera se me adentra usted sonriendo?

Como si fuera la primavera..."

(Pablo Milanés, de un verso de Nicolás Guillén)


Para que el día que lo sepas, no lo dudes, lo leas y te encuentres...


Dicen que pasó mucho tiempo en rehabilitación. Diez años para ser exacto. Pero después de eso, cuentan los que mucho saben (y los que no sabemos también lo decimos), se recuperó del todo. Ahora el juego le producía indiferencia.


Claro que veía a los apostadores compulsivos con cierta lástima y hasta comprensión. Por eso, cada que alguno se perdía en las mesas de póker, black-jack o ruleta, sólo suspiraba comprensivo. Dicen que cuando ellos perdían todo, el fulano les invitaba un güisqui o una cerveza y les soltaba el lugar común: "ya vendrán tiempos mejores"


Así fue como entró en el piso veinte esa noche, Sólidamente solo. Seguro de que nada más le podría pasar, que todos sus fantasmas se habían evaporado y que era "él más él". Sonrío por la vista de la ciudad, por el aire acondicionado -qué bendición- y dijo: "me lo merezco". Fue paciente en la espera mientras la hostess de rigor venía por él.


Caminó por el pasillo lleno de puertas blancas y algo así de mínimo le recordó al hospital. Luego, se llegó a su lugar y no pudo menos que volver a decir: "hagamos mundo, pues!". A los diez minutos tuvo sed e hizo ese mohín que podía significar lo mismo fastidio que asco, asco que agrado, y se aventuró a buscar un poco de agua.


Fue en ese momento, ni antes ni después, para que quede muy claro, que una punzada le dio en el centro del pecho (para quien no lo haya sentido, es como cuando te dan una patada en la espinilla) y tuvo que apretar los ojos, sacudir la cabeza, respirar profundo y repetirse ocho veces (el siete es un número muy usado): "estoy bien, es sólo mi imaginación. Esto no está pasando y si cuento hasta diez todo volverá a la normalidad"


Pero no. Tampoco era así. Siguió con los ojos cerrados. Pero habría que saber que los ojos son esa maravillosa herramienta que uno decide usar cuando decide abstraerse de la realidad y los cierra, pero no pasa lo mismo con los oídos o con la nariz (claro que no podés pasar el resto de la vida sin respirar).


Así que, después del conteo a diez, volvió a respirar y esta vez, más profundamente, cada partícula del perfume se coló a las pocas neuronas que le quedaban. Tuvo que sonreír (claro! no había de otra), suspirar y buscar a la dueña de su maleficio particular.


Ella, que ni siquiera sabía que él existía, barajaba una y otra vez, tal vez sin intención, con la sonrisa en todo lo alto, sin ápice de perversidad en la mirada. Jugaba sin saber que jugaba. Así, en la distancia, él la miró desde la supuesta rehabilitación. Movió la cabeza de un lado a otro y se dijo bajito, para que ni siquiera su más crítica personalidad lo escuchara: "Espero esta vez no perder... o no tanto, al menos..."


Se dirigió hacia ella, la miró profundamente, y ella, con ese gesto inquisitivo que pretende preguntar: "y tú quién chingados eres?" le dijo: "te puedo ayudar en algo?". El tipo sonrió y sólo atinó a responder: "me puedes ayudar a curarme de mi rehabilitacion"


Tomó de la mano de ella la baraja, suspiró, perpetró otra vez ese mohín que nadie sabía si era de asco, fastidio o complacencia, se arremangó la camisa, se dispuso a jugar su última partida y le preguntó a bocajarro: ¿sabes jugar?...

Vale pues. Salud y sabed que los jugadores, como los drogadictos, los alcohólicos y los mandilones, no dejan de serlo nunca.

Ulises, sonriendo y viendo cómo el fulano empieza -otra vez- a perder la partida ante unos ojos dulces como "primavera"


domingo, febrero 13, 2011

Ella, la Primera Ella.



Para Ella, la primera Ella, aunque no lo lea.


"Pero cuando puedas, vuelve,
porque acecha tu fantasma,
jugando a las escondidas
y yo estoy muy viejo ya..."
Silvio Rodrìguez (Tu Fantasma)

Por cierto, hoy te soñé. Quién sabe el modo, el cuándo y el por qué, pero aquí estabas. También sé que no piensas en mí, pero déjame decirte que eso es natural. Hace catorce años que ni una palabra me diriges. Toda una vida, no?

Te acuerdas cómo fue? Fue poco a poco porque al principio ni siquiera me gustabas: tus lentes de bibliotecaria, el peinado de ñoña y la pose de niña seria, de universitaria cien por ciento estudiosa, de "me-dedico-a-los-libros", me caían muy mal.

Luego, un día, entraste tarde a la clase de Seminario II, en el dos-dos-veintiuno, te acuerdas?, de trecetreinta a quince, entraste desplegando tu verdadera personalidad: cabello alaciado, blusa blanca, pantalón de mezclilla, cintura breve, uno setenta de estatura, delgada, excesivamente delgada, mirada terrible, labios rojos fuego, personalidad firme, pero discreta.

Recuerdo exactamente qué estaba pensando: mi ex me tenía harto y estaba adivinando por la ventana del salón cómo era la vida después de la vida, cuando el Carolina Herrera llenó el salón. Hice un gesto de fastidio, algo así como "chingado! quién se pone tanto perfume?". Y cuando te vi, simplemente me gustaste. Sin peros, sin pensar en otra cosa que tus labios (ah! y tus lentes, claro, los lentes de bibliotecaria que siempre me gustaron).

Luego vino el cortejo del que todos sabían, excepto tú. La película, ¿recuerdas? Se llamaba "Un paseo por las nubes" y me tomaste la mano con tus dedos largos y delgados, mientras yo no sabía qué hacer. Vinieron muchas conversaciones breves. Tu mirada, cómo me gustaba (aún hoy me gustaría, creo), tu sonrisa, el tono de voz grave y tu manera de pronunciar la equis que sonaba a "ts".

A veces nos veíamos en la biblioteca del anexo nueve, ¿te acuerdas? Por ti, por merecerte me volví un poco más ñoño y por verte me fui haciendo amigo de tus amigos. ¿Recuerdas el lunes treinta de octubre del noventa y cinco? Era una clase de inglés y yo tenía que sacar copias. Me preguntaste quién me había hecho cambiar tanto y sonreías (siempre me gustó tu sonrisa. Hasta el exceso. Será que fuiste la primera mujer con la que quise compartir toda una vida y verte despertar todas las mañanas con esa sonrisa de luna en cuarto menguante). Te dije que me acompañaras y lo sabrías.Y lo supiste.

No supe de dónde saqué el valor para decirte que eras vos quien me tenía todo el día pensándote. Tampoco supe cómo fue el primer beso. Pero esos diez minutos cada tercer día me hicieron feliz durante dos meses, nueve días y catorce horas.

Cada día, cada beso, cada mirada y cada roce de tus dedos lo recuerdo como si fuera ayer. También los días de sol y de abrazos. La primera vez que salimos, tu forma de caminar: desordenada, como si trataras de encontrar la razón de la vida. Recuerdo todo: tus senos breves, frágiles y dulces. La atorrante manera de decirte que te iba a pertenecer por siempre ("creo que es la única vez que estuve enamorado"), tu cadera...La Vida.

También mi inmadurez, mi seguir buscando lo siguiente, el no conformarme. Y quién hubiera dicho que, catorce años después, te soñaría vestida de la misma forma, que sentiría tu beso tierno pero sensual, que pondría la misma canción que me hace recordarte, al despertar.

Pero ya estás lejos, muy lejos. Cómo pasa el tiempo, me digo. Suspiro y sé que estás bien. Dios te bendiga por lo que trajiste a mi vida. Salud, pues.

Ulises, pensando en lo que pudo haber sido, pero no fue.



sábado, febrero 12, 2011

Sin Palabras


Para Marcela, por que te prometí la historia de forma menos "odiosa" de lo que fue.


"No puede ser que nos perdamos sin siquiera habernos encontrado"
(Julio Cortázar, en la frase que "hubiera" quedado perfecta en ese momento...
pero el hubiera, como la suerte...)

Afuera ya había empezado a girar la ruleta de la vida. La señora de los tamales tenía ya, para pagr la renta, doce vendidos y los tres sonorenses que recogen la basura sudaban el sudor de la noche anterior.

En mi celda (luego te cuento por qué le digo la celda), el frío tenía tanto frío que decidió venir a acurrucarse a mi lado. Yo sé que he dicho que soy más de frío que de calor, pero es que "Acá en el Rancho Grande", como todo es extremo, el clima no es la excepción.

Así que a las seis menos cuarto decidí que esto no iba más (y que conste que intenté TODO para proveerme calor) y me metí al baño (es esto un baño?) y entre que el vecino con el que comparto el agua le jalaba a la cadena para dejarme sin agua caliente y yo lo resistía estoicamente, platiqué un rato con la ausencia del recuerdo.

Era jueves, así que tocaba tono café: camisa amarilla, pantalón y zapato café, sin olvidar barra Bran-Frut de piña con café Andatti. Pero todo lo hice al revés: elegí el pantalón negro y la camisa roja, la Bran-Frut de fresa y no fui al Oxxo, sino al 7-Eleven, y que conste que no fue lealtad al que me da de comer, fue un equívoco en la manía.

Mientras estaba en la caja y le pedía al de la tienda (aún no conozco su nombre, pero prometo que se lo preguntaré el lunes) que pusiera el noventayochopuntouno ("Ser Humano", qué mamada!) y la tipa ésta, la que conduce, una argentina (por el tono las reconocereís) estaba dale que dale con el catorce de febrero y que el amor y no sé qué más pavadas, sonreí sin dejo de nostalgia.

Sonreí, de mí para conmigo. Si supiera lo que es el amor, mascullé, seguro que ni siquiera lo festejaría. Porque amar es el inicio de la palabra Amargura. Así que sin más, me decidí a empezar el día laboral por todas las aristas y haciendo a un lado esa parte sentimentaloide que aún me llama desde la esquina de la nostalgia y la hormona, suspiré y me reinventé.

Subí al metro sin detractores ni empujones. Avanzamos las estaciones de rigor, donde más humores, alientos, olores penetrantes me recordaron el por qué estoy aquí. También sos obrero, me dije, y ni jodas con que sos de una clase diferente, estás aquí por un fin mayor...

Para ser coherente con mi pensamiento, le cedí el paso al Cristo Obrero en la lista de canciones, del "aypot". Y así llegamos a Cuauhtémoc. Vos sabés que Cuauhtémoc es como el hormiguero, todos yendo de un lado a otro, todos corriendo y todos empujando. TODOS ("eeees correcto"). TODOS abollando al de junto, tocando hombros, piernas, nalgas, tetas -los más avezados- hasta que haces pasillo.

Y ahí, justo delante de mí, enmedio del bullicio, de los olores y las escaleras, la vi.

Claro que la vi. Era imposible no verla. Cómo explicar esa "aparición buena" con sabor a futuro. Mirada infinita, mirada sol, veleidosa, terrible, auscultante. Carajo, qué mirada. Y fui bajando uno a uno los escalones, como en esas películas cursis con cámara lenta. y soundtrack de rigor (imaginate el aypot pasando del Cristo Obrero al "yur biutiful" ) Ella por supuesto que volteó a verme, pero ni me prestó atención.

De primera, no supe si sus ojos eran oscuros o claros, sólo vi su cabello: negro como el pasado, a media espalda como la soledad. De cerca no era sólo linda, era hermosa. Así, sin escatimarle una sola letra: hermosa.

Ligeramente arriba del unochenta (claro que el tacón hace su labor), la nariz delicadamente perfilada, como tallada, el rostro simétrico, la barbilla firme y los ojos, los ojos más lindos que he visto. Claro que la vi. Quise aprendérmela en un instante porque no sabía si alguna vez más la volvería a ver.

Todas las mujeres son hermosas, dice el lugar común. Yo digo que no. Ninguna mujer es hermosa hasta que la ves con los ojos de la admiración. Hay mujeres guapas pero vanas, hay mujeres profundas pero poco intensas, y así sucesivamente. La del metro, la que te cuento, es esa mujer que se sabe guapa, que tiene personalidad y que no teme demostrarla. Allá los cobardes que no sepan lo que tienen enfrente y ni siquiera se atrevan a preguntarle el nombre.

Eso pensaba mientras seguía con la mirada recorriendo labios, nariz, cabello mejillas (sucesiva e indefinidamente). No sé si se sentiría incómoda, no supe si le molestaba que quisiera aprendrérmela en un instante, tampoco me interesó. Cuando nuestros ojos se encontraron, por un momento, me dejó ver una ternura no explorada que podría ser pretexto o razón o justificación para saberla...

Pero llegó el metro, y el vagón. Y entramos juntos (o casi). Y el perfume de su cabello me inundó. cerré los ojos mientras el deleite de empujones era un arsenal y, también, claro que me prometí que si coincidíamos en Universidad (donde tengo que bajar), le preguntaría por lo menos si sabía volar.

De frente a mí, no abjuró de su vanidad, la perpetró. De frente a ella, intenté una sonrisa, y ella levantó un ceja en clara señal de que ése no era el método. Nunca me dio la espalda. Seguía con la mirada fija en la ventanilla del metro. Bostezó dos veces y, cuando cerraba los ojos, todo su rostro estaba en una paz tan hermosa, que algo en mí dijo que necesitaba besarla.

El tiempo no escatima esfuerzos, perseverante como es, nos llevó a Universidad y coincidimos en la puerta. Nuevamente su perfume, la cabellera, los labios, la nariz, su perfil, el suspiro y yo escuchando en el i-pod eso de que "... cuando te vi sabía que era cierto este temor de hallarme descubierto...".

Descendimos del metro juntos. Todos corriendo y todos con la proximidad de la soledad. Ella y yo caminamos despacio, como extrañados ante este mundo. La prisa es para los que no saben valorar la vida, me repetí. Metió las manos en los bolsillos de su abrigo, sonrió ligeramente e inició la caminata escaleras abajo...

Y mientras la veía caminar lenta, cadenciosa, elegante, inalcanzablemente, me quedé ahí, atrapado entre la muchedumbre fastidiada por el trabajo, por el ya casi son las ocho, por los olores a proletariado, por la soberbia de lo cotidiano.

Carajo! Y yo respirando aceleradamente, con una punzada en no sé dónde, que hace no sé cuánto no sentía, con las manos sudorosas como cuando voy a hacer "la presentación al cliente" y, esta vez, a contracorriente de lo que la gente dice de mí, me quedé sin palabras...

Luego, la ruleta de la vida, volvió a girar...

Vale pues . Salud y que la cobardía no le gane espacios a las palabras

Ulises

miércoles, enero 05, 2011

Epifanía. La Otra.

Epifanía. (Del lat. epiphanīa, y este del gr. ἐπιφάνεια, manifestación). 1. f. Manifestación, aparición. 2. f. Festividad que celebra la Iglesia anualmente el día 6 de enero. ORTOGR. Escr. con may. inicial.

A decir verdad, ese día iba a transcurrir sin pena ni gloria. Quizá con más gloria que pena porque -por fin- logró cumplir a cabalidad cada tarea: desde levantarse cincocuarentaycinco, bañarse en los diez minutos contra reloj, preparar su comida menos ligera que un fast-food y toda esa parafernalia del obrero actual.

Justo antes de salir, la niña de la radio (qué diferencia de tono y discurso), se atoró en el estribillo de que "hoy llegan los Reyes, ¿cómo te has portado este año?" y él contuvo la pregunta: "¿bien?, ¿mal?, ¿quién lo sabe?" Ya no era hora de filosofías, así que se echó encima la chamarra (quién sabe a qué hora salga hoy del trabajo) y los once minutos -tenemos que hacer este tramo en diez- de caminata hasta el camioncito 4.50 para luego recoger el boleto del metro, le supieron a Love Generation, sería que su amarilla acompañante le había seleccionado la rolita para empezar el día.

Sonrío con el primer mensaje, sonrío a solas entre el mar de obreros que "van a lo que van", nada de sonrisas. Se perdió entre el gentío al subir las escaleras, aspiró el aroma de la rubiecita del piercing en la nariz y prefirió cederle el lugar a una mujer mayor (nomás por estigma contra las rubias, pensó). Luego el recorrido por su nueva patria chica ("no me siento extranjero en ningún lugar..." decía el Serrat), le golpeó en el rostro.

"Que modernous", se seguía diciendo, cuando para subir al camión el chofer apenas si tocaba el dinero. Aquí todo se paga con tarjeta: el metro, el camión, la gasolina... -le dijo alguien. Y él tan amigo del plástico... Así fue como comenzó su Epifanía: con un suspiro, con otro mensaje en el celular, con algún barrunto poppero en los oídos.

Entre las bases de datos, las pruebas con el cliente, los equisemele de rigor (el pan nuestro de cada día), se fueron desgajando las horas. Luego, un mensajito en el correo "institucional" le hizo esbozar una sonrisa y el típico pretexto de "le escribo más al ratito", le expropió un suspiro.

Al casi mediodía, como en un Día de Reyes anticipado, en una Epifanía pre-fechada, llegó la bolsita con regalos y él no pudo sonreír por completo (ya sabe usted: aquí se trabaja de sol a sol) y la sonrisa no es muy bien vista cuando el trabajo es para antier. Durante su media hora de comida diaria pepetró, atacó "el otro pan nuestro de cada día" (nunca más literal), como quien va a la cita con el dentista: sin muchas ganas y casi con resignación.

"La gente no cambia, se ablanda", dijo algún personajillo de serie gringa. Él sonrió al pensar que no era que se ablandara, sino que esto también era un poco como su "clínica de recuperación de la soberbia", algo parecido a una "Oceánica para soberbios", así que volvió a atacar a los pendientes: tac, tac, tac... mientras un dejo de conciencia social le picaba en el talón izquierdo...

Justo cuando vislumbraba el horizonte del descanso, "la operación se tornó mas crítica" y el "te puedo pedir que te quedes?" que suena a "tienes que quedarte", le hizo sonreír. Volvió a su lugar, pensó que, bueno, total, nadie me espera para partir la rosca (cuál rosca? se preguntó para -entonces sí, reír de buena gana).

Finalmente, cuando la operación volvió a ser sólo crítica (y no "más" crítica), cuando las aguas volvieron a su cauce y obtuvo su estrellita en la frente, recorrió la hora y media de regreso a casa, pensando que -después de todo- este día, que empezó siendo sin pena ni gloria, terminaba con más gloria que pena (no olvides, lector, la estrellita en la frente, los regalitos, el mensajito y esas cosas imperceptiblemente hermosas que se colaron entre los párrafos).

Así que, cuando el seis de enero empezaba, decidió que era tiempo de dejar de escribir con mayúscula inicial el nombre de su más dulce pesadilla; exilió de su exilio reinventado la sórdida esperanza de que algún día, por un motivo más sórdido aún, La Manifestación, La Aparición le dijera bajito al oído: "no me esperes más, ya estoy aquí"... pero eso sí, con las primeras horas de ese seis de enero, se dijo que en su actual vida, en su Iglesia, tendría que existir, por qué no, una festividad qué celebrar. Así que muy tranquilo, terminó de fumar el cigarro y se fue a dormir...


Vale pues. Salud y que La Epifanía sea más que un regalo, menos que una compra.

El U., diciéndole al del espejo: "mañana no te vas a levantar, cabrón!"